Así que esto es ganar

James Rodríguez ad infinitum

Y ahora qué se hace con esto. Ahora que sabemos lo que se siente ganar y se empiezan a acumular partidos en la etapa seria de este torneo al que esta vez entramos con timidez excepcional, cómo se supone que debemos procesar lo que está pasando.

De pronto ya llegamos al punto en el que necesitamos dejar de excusarnos en la suerte y pasar a reconocer que este equipo funciona genuinamente y se comporta a la altura de sus gigantescos jugadores. Es todo lo que pensábamos/soñábamos que eran los equipos fallidos de los noventa y más. Tienen el tipo de genialidades que reverenciábamos (Cuadrado, por ejemplo, es un estratega finísimo) pero también tiene una fuerza ofensiva salvaje, que nos pasma todavía como si fuera imposible de aceptar proviniendo de un muchacho nacido en Cúcuta y criado en Ibagué, y la disciplina que se suponía incompatible con nuestro estilo sabrosón y tropical.

El chiste de que somos favoritos para ganar (o al menos llegar lejos) empieza a transformarse en un augurio serio que asusta e intimida. El siguiente rival es un monstruo de verdad.

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Esto se puso serio

A veces pienso, y no sé si es por prudencia, realismo, catastrofismo o simple estupidez, que esto ya es más que suficiente. Tres partidos ganados en serie en un mundial. Nueve goles a favor. Apenas dos en contra. Faryd Mondragón de cuarenta y tres años (el vínculo motivador entre esta dimensión y la otra, la que nos llenó de ilusiones que no pudieron concretar) entrando a la cancha a los ochenta y tantos minutos del partido contra Japón, la tribuna en pie, gol de Rodríguez (cuarto del partido; tercero de su mundial) en el minuto noventa y su sonrisa iluminada, tan joven, parado en la esquina de la cancha, rodeado por sus amigos, recibiendo con los brazos abiertos el júbilo del público que todavía no digiere que el señor Pékerman haya armado con este país de supuestos conformistas resignados a un equipo tan bien empecinado en atacar no importa el marcador.

Y se supone, eso se supone, que jugamos sin nuestro mejor hombre.

Mi prudencia, que es una señora de noventa años que nunca sale de su casa y le tiene un miedo terrible a cualquier tipo de fluctuación extraordinaria en su rutina estática, piensa que tal vez perdamos con Uruguay y que incluso convenga. Puede pasar. Tal vez Suárez nos revienta la defensa a diente y pata. O terminamos en uno de esos empates tristes donde el complejo de inferioridad, más que el oponente, nos derrota. Se acabó la fase de los experimentos, pasamos (permítanme, por favor, este insolente plural en el que me incluyo) con honores, y ahora todo costará más. La presión de esos partidos de todo o nada debe ser horrible.

Pero Colombia tiene con qué. Por qué resignarse. Por qué parar y contener el entusiasmo cuando estos muchachos de amarillo parecen estar tan llenos de más. Mejor me permito ignorar mi prudencia, y temo, y dudo, y contemplo por primera vez ponerme la camiseta de un equipo de fútbol y aguantar lo que venga, respaldando desde mi distancia su determinación y su compromiso, con un pie acá y el corazón, expuesto, allá.

El sábado vamos a ganar.

James Rodríguez

Blog Mundialista

Cada cuatro años desde hace ya un tiempo comparto con amigos y conocidos un texto que leí en El País en 1998. “El Mundial me saca de quicio” empieza, como si el título aún dejara dudas, con una declaración de sentimientos: “No me gusta el fútbol.” A mí, que en condiciones normales el fútbol es lo único que logra conmoverme, por estos días me pasa lo mismo. No soporto este nacionalismo irracional. O aquel optimismo sin fundamento. O esa pretensión por hablar sin esencia y más de la cuenta de estrategias tácticas y oportunidades sin aprovechar y de lo que hizo y de lo que no hizo y de lo que debió hacer el técnico de turno en el momento de mayor tensión. El Mundial me saca de quicio de la misma manera en que los habitantes locales de una ciudad pierden la calma cuando el verano trae las cantidades industriales de turistas que vienen a tomarse fotos y a poco más.

Pero entonces me acuerdo de Tardelli camino al suelo y pateando hacia un gol de victoria y luego corriendo enloquecido con esa emoción que no se acaba nunca contándole a todo el que quiera oír que lo que aquí nos concierne es solo un juego, pero mira todo lo que nos hace sentir.

Esto es un blog mundialista de parte de quienes vivimos el fútbol con urgencia y quienes vemos el juego de la selección local como la hora ideal para ir a hacer mercado. Se me ocurrió esto el otro día y ellos me siguieron la corriente, la alineación titular, si lo suyo son los clichés: Javier Moreno, Aleyda Rodríguez, Mónica Sánchez, María Camila Vera, Olavia Kite, Nadia Bautista, y, dios mediante, Renato Pollagrande y doña Marina Diazgranados, “Marinita”, que me conoce desde que tenía dos años y que entiende el fútbol como entiende su casa: sin regueros. Y yo, Maximiliano Vega, un servidor.