Lo poco que queda

Los clasificados a semifinales son cuatro equipos que parecen representar muy bien la tradición del deporte pero no tienen mayor encanto para ofrecer.

Los hay que hablan bellezas de Alemania y Holanda pero yo no las veo. Veo equipos que ganan con desgano, como por cumplir una obligación, a punta de fuerza bruta. No me emocionan ni me sorprenden.

Argentina y Brasil, por su parte, languidecen bajo sus respectivas famas, con Argentina sobreviviendo de milagro a cada partido con el apoyo del gran Messi y Brasil, convertido en escuadra mafiosa, empeñado en ganar este torneo cueste lo que cueste, a las malas o a las peores si hace falta.

Quedan cuatro partidos. No es fútbol que me muera por ver.

Para este punto creo que lo único que me importa es que Brasil no gane. De resto todo me da medio igual.

Así que esto es perder

Bru8ymVIcAAsjOg

1. Lo que no me gusta del perder es ganar un poco es que niega la derrota, y si la derrota no existe, si es presentada como una forma velada de victoria estética o moral, entonces de paso por ahí mismo se van los errores y defectos que tal vez valdría reconocer si se quiere avanzar hacia mejores resultados y, por qué no, grandes triunfos. La máxima que se convirtió a punta de fracasos de todo tipo en el lema de la selección colombiana de los noventa explicita una mediocridad cómoda: si ganamos así perdamos que para qué ganar.

2. Hace unos meses mi mamá me envió del pueblo una caja que contenía, entre otras cosas, tres camisetas de la selección compradas en algún puesto callejero del mercado. Cuando las recibí le reclamé el regalo porque soy malagradecido y no sé apreciar gestos. Le dije que para qué nos enviaba eso si sabía que nosotros no las íbamos a usar. Ella me apostó que cuando llegara el mundial las usaríamos. Le respondí que lo dudaba mucho.

3. Mi infancia entera fue una larga evasión activa de todo lo relacionado al fútbol. Nunca demostré mayor interés por mundiales o equipos. Nunca intenté llenar un álbum Panini. Los juegos, seré franco, me aburren. Todavía hoy. De viejo, sin embargo, aprendí a fingir para no desencajar. Los tolero como distracción de fondo. Me cuesta sostener la atención. Nunca había logrado desarrollar un vínculo sustancioso con lo que pasaba en la cancha. A veces me emocionaba brevemente con algún partido pero jamás (incluso en los estadios) había sentido esa conexión de los que realmente se sumergen, lloran, gritan y lo viven. A veces envidiaba eso.

4. Lo envidiaba porque en esa conexión había un compromiso: quienes viven el juego disfrutan las victorias pero también aceptan el riesgo de derrumbarse con la derrota. El compromiso requiere aceptar la posibilidad de un golpe duro en el orgullo: caer cuando el equipo cae, no sólo verlo caer.

5. Durante los noventa vi partidos. Una vez en San Andrés le pedí un autógrafo al Chicho Serna que atesoraba en mi billetera hasta hace poco como uno de mis chistes favoritos. Recuerdo el 5-0 y el caos subsiguiente. Recuerdo jugadores y tragedias. Eran héroes naturales: berracos, ambiciosos, enloquecidos por glorias falsas, malditos, perdidos en un campo verde imposible de franquear, de rodillas ante destinos (a veces) horriblemente crueles. Recuerdo goles. También recuerdo el fervor colectivo que aunque no compartía podía percibir, así como el sentimiento de desazón que aumentaba progresivamente con los partidos. Cada mundial era un trauma, a veces con muertos, y arriba de todo eso siempre estaba la frase reiterativa de que no importaba perder porque nuestro juego era fantástico. Éramos unos artistas incomprendidos que en un mundo ideal ganaríamos todos los partidos. Con interés por el fútbol o sin él, sospecho que todo aquel que vivió Colombia entre el 90 y el 99 desarrolló una cautela natural, un cinismo preventivo, ante cualquier aspiración a la grandeza futbolística. Eso no nos correspondía. Ese exceso de entusiasmo era bruto y vulgar, indigno de perdedores refinados, de casta, como nosotros.

6. Así que cuando este mundial empezó, con Colombia de regreso, desempolvé mi cautela y me dispuse a ver los partidos irónicamente, convencido de que el equipo naufragaría en sus inseguridades y finalmente, si acaso, lograría una victoria agónica sobre Japón cuando ya igual la eliminación era un hecho. Jugamos como nunca y perdimos como siempre, diría en broma en Twitter, y me desentendería de la vaina. Ese era el plan.

7. Entonces los vi jugar.

8. Y podría aquí extenderme e intentar explicar, pero yo no sé de fútbol, de verdad no sé, y lo único que alcanzaría a decir sonaría a sentimentalismo vacío mezclado con nostalgia de la tierra distante y cada vez menos mía. De pronto me entusiasmaron su juventud y alegría (la paternidad me ha vuelto sensible). También pudo ser la garra que le metían a cada partido, esa determinación de ganar en equipo inclaudicable. Era inspiradora. Me tocaba hondo. Eran los herederos de los titanes de hace veinte años: una generación nueva que tenía lo que quiera que a esos otros no habían logrado nunca concretar. Empecé, casi sin darme cuenta, a sentir cariño por esos muchachos. Los admiraba, agradecía lo que hacían por mí y me consideraba parte de ellos. Sin querer, sin desearlo, me comprometí. Su juego me hizo creer. La curtida cautela parecía de repente como un irrespeto a su dedicación y entrega.

9. Vi el partido contra Uruguay con la camiseta puesta. Apagué el computador y me concentré. Tenían toda mi atención. Cuando Rodríguez extendió los brazos para celebrar el gol me dieron ganas de saltar a través del televisor, abrazarlo y darle las gracias por toda esa grandeza feliz que nos regalaba. Ganar era ganar y perder era perder, pensé, y eso era ganar. Eso sí.

10. El de hoy también quería ganarlo. Eso es lo que quería. Quería ganar y celebrar con ellos. Ganarlos todos. Contar a detalle otro gran gol. Me senté en el sofá a verlos ganar y lagrimié con el himno nacional. Pensé: hoy vamos a hacer algo inmenso, nos corresponde, es nuestro turno.

11. El primer gol de Brasil me abrió un vacío en la panza. El gol anulado me dolió. Era el gol de Yepes, mi contemporáneo, el del primer y último mundial de su vida. Sufrí cada falta. Odié la prepotencia agresiva de los brasileños. Compartí la indignación ante las decisiones discutibles del árbitro. Celebré el penalti. Todavía había tiempo. Vi los últimos minutos del partido de pie ante el televisor, frustrado, confundido, angustiado, molesto, con ilusión fluctuante. Hasta el pitazo de cierre mantuve la confianza en que el marcador podía cambiar y podíamos ganar, en que íbamos a encontrar la sincronización perdida y remontar. No pudimos. El equipo no funcionó, hoy no. Los muchachos estaban nerviosos. Se dejaron intimidar. Eso pasa. La presión debe ser brutal. Quise abrazarlos de nuevo a todos al final.

12. Entré a este mundial con cinismo y salí muy afectado. No estoy realmente triste, creo que no, pero sí estoy conmovido. Soy un nerd de treinta y siete años, tuve un Naranjito colgante que llevaba al cuello en 1982, y de todos modos siento como si este fuera mi primer mundial. Me siento pequeño y maravillado. Este equipo de niños felices y extraordinarios motivados por el señor Pékerman me ayudó a entender lo que significa disfrutar el fútbol de verdad. Llegué al partido ante Brasil triunfalista y no puedo decir que ese triunfalismo se haya diluido o que esté desengañado. Esta selección me cautivó y pese a la derrota sigo creyendo en ellos, en lo que pueden lograr. El miedo que evidenciaron hoy me hace quererlos todavía más porque me recuerda que apenas arrancan y con la experiencia sólo crecerán.

13. Después del partido, para despejar la cabeza fuimos al parque a ver qué había en el festival de música que organizan en la ciudad cada año por esta época. En la tarima principal encontramos un conjunto vallenato. Todos los músicos llevaban la camiseta roja. Muchísimos colombianos también uniformados esperaban entre el público. Algunos llevaban banderas como capas. Llegamos en el momento justo en que empezaron a tocar. El presentador advirtió que tocarían desde la pena de la derrota fresca, pero esa música que tocaron no sonaba a desolación ni vergüenza sino al canto orgulloso del vencido que sabe que pronto volverá con más. Le daban duro a ese acordeón. Me entraron ganas de bailar. La verdad no me arrepiento un ápice de haberme ilusionado y haber creído que estos pelaos podían llegar hasta el final. Sigo creyéndolo. Este era el mejor equipo del mundial. En cuatro años no nos vamos a dejar.

Baile colombiano

Chile y Brasil

Mi abuelo nació en 1919. En la práctica, pudo ver todos los mundiales de fútbol de la era moderna. Tenía treinta y uno para el Maracanazo, sesenta y tres para cuando Carlos Caszely pierde el penal contra Austria, setenta y dos para la inolvidable noche del 5 de junio de 1991 y setenta y nueve cuando Marcelo Salas jubiló al viejo estadio de Wembley con una zurda inmortal preparándose para el Mundial de Francia, cita a la que volvíamos después de dieciséis terribles y dolorosos años. Noventa y cinco cuando Charles Aránguiz metió el puntazo que mandó de vuelta a casa, en primera ronda, al todavía campeón del mundo.

En Chile son pocas las ocasiones cuando podemos de verdad celebrar. Tanto es así que durante mucho tiempo se ha acuñado el maldito concepto de ‘victoria moral’, que intenta encontrar una forma de celebración desde la derrota cuando ella es injusta, fortuita o derechamente solo respuesta a un destino que pocas veces nos tiene reservadas sonrisas deportivas. Victoria moral es perder por poco, hacernos expulsar un par de minutos antes de conseguir un empate salvador. Victoria moral es jugar bien, como nunca, para perder como siempre.

He buscado estadísticas que muestren a otra selección que en sus tres últimas participaciones en Copas del Mundo le haya tocado jugar contra Brasil en octavos de final. En 1998 implicó un 4-1 inapelable; en 2010 la selección de Bielsa tuvo que rendirse ante un 3-0 irresoluble firmado por Robinho, Luis Fabiano y el ignoto defensa central Juan. Y no es sólo eso. Incluso la multinacional Nike, tan asidua a registrar creativos spots para la tv para los mundiales, ha utilizado a Chile como chivo expiatorio para hacer lucir a los astros brasileños. En alguna parte del mundo, algún creativo publicitario espera con ansias otra vez que la verde amarilla se enfrente a ese país de rojo para poder grabar a ocho cámaras y en 4D las peripecias de los pentacampeones sobre la cancha. Pero desde ahora, no más.

El partido del sábado fue motivo de una tristeza amarga que a muchos nos ha impedido incluso comentar lo que pasó ese mediodía en Belo Horizonte. El resultado es sabido, Brasil está en cuartos de final de la copa que organizaron para ganarla. Pero la diferencia es que Chile tuvo rezando en la cancha a los mismos que graban spots, de rodillas esperando que dios -que, como se ve, a veces es brasileño- se manifieste en forma de penal, golpe en el palo, ceguera arbitral repentina o afortunado rebote en la rodilla. Minutos después, rogando al altísimo algo de favor desde los doce pasos. Los tuvimos de rodillas y durante 120 minutos rezando porque el tiempo pasara rápido, que la pesadilla se termine. Brasil ganó, pero hubo jugadores chilenos que no se equivocaron jamás y fueron figuras jugando con un desgarro de 8 milímetros (Gary Medel) o a tres semanas de ser operados del ligamento de la rodilla (Arturo Vidal). Brasil hoy prepara su partido de cuartos contra Colombia, pero yo jamás me olvidaré de Gary Medel, saliendo del área con balón dominado en el minuto 115 mostrando la pelota en tres cuartos de cancha haciendo evidente la miseria y pobreza del equipo local, que renunció a atacar a este equipo que, donde no tenía más talento que el rival, puso corazón.

En estos días, sobre todo en estos días, he pensado mucho en mi abuelo. Tuvo que escuchar el partido contra España en el hospital del pueblo a través de la radio, teniendo inmovilizado el sector izquierdo de su cuerpo después de un ataque cardiovascular ocurrido justo después de la inauguración del mundial, mientras escuchaba los himnos. Una de sus primeras preguntas estando en recuperación fue que cómo había salido Brasil, lo que llenó de esperanzas a los familiares pese a las contundentes conclusiones del equipo médico. Comenzó a tener sólo intervalos lúcidos a partir del jueves y fue cada vez más evidente su incapacidad para comunicarse. Mi abuelo murió finalmente en la madrugada del domingo, en una noche que recuerdo con imposibilidad de dormir, en parte porque mi corazón estaba pensando en él, en parte con pena, y en parte porque repasé una y otra vez el derechazo de Pinilla que estremeció el horizontal en el último minuto del tiempo suplementario y que nos daba pase a cuartos. Una parte de mi le gustaría pensar que cerró los ojos con una sonrisa, justo centésimas de segundos antes que Alexis le devolviera la pared al nueve. Que murió pensando que después de noventa y cinco años esta vez sí fue posible, que se acabó el tiempo del destino funesto, que se terminaron las victorias morales para siempre.

Ayer estuve un rato en la que era su pieza, llena de fotos de sus hijos y nietos. Cuando cerré la puerta vi que bajo la percha, donde guardaba su bata de levantar, tenía pegado un afiche de la Selección, de esos que regalan en los diarios.

El hambre de ganar

Vicente Del Bosque, un mes atrás, antes del drama, con ese estilo paternal con que a veces los técnicos ven el juego, pareció admitir las dudas.

Cada día les vamos dando un toque a los jugadores para que nos sintamos inseguros ante los próximos retos. Eso es importante, que no creamos que porque hayamos ganado antes, vamos a ganar ahora. Aunque también tengo que decir que los ojos de ellos, después de haber ganado tanto, no son los mismos que cuando empezaron. Estoy seguro. Pero sí también estoy seguro de que ellos tienen muy buenas intenciones de cara a los próximos campeonatos. (…) eso nos pasa a todos. No somos los mismos cuando tenemos 18 o 30 años (…) Como un asunto personal, viendo que sólo un entrenador pudo ganar la Copa del Mundo dos veces seguidas, en un buen servicio a la selección española tendría que haber dejado venir a otro.

Ahora que España ha perdido su segundo partido en el Mundial los jugadores parecen darle la razón. Tal vez lo que faltó es el qué sé yo. El hambre de ganar. Dicen acá en este valle del silicio que si no puedes conseguir que alguien haga algo por dinero, tú otra alternativa es convencerlo de que lo haga por la gloria. De tener ambas cosas, en realidad no te queda nada. Si acaso la nostalgia.

Tal vez.

Perdimos porque nos ganaron debería ser una explicación plausible como las otras. De pronto es que ya no eres tan bueno. Que el tiempo pasa. Que es difícil ser lo que fuiste. Alvaro Arbeloa, el defensor campeón hace cuatro años y que no fue convocado en este, lo puso en términos menos complejos: “A veces estas mierdas pasan.” Y sí, a veces. Este asunto de creer que para poder basta con querer ha ido demasiado lejos.

Prudencia

La euforia trágica de los noventa y las derrotas desde el noventa y ocho nos afiliaron a la iglesia de la cautela supersticiosa. Vemos el triunfo, lo vemos, es real, lo vivimos de esa forma extraña como el fútbol se vive, tres goles a cero, y preferimos callar. Cualquier augurio de victoria es recibido con prevención, con miedo, como si llevara amenaza: cuidado, es una trampa. Cuando Pékerman dice que no hemos ganado nada representa como pocos al país confundido y culpable que todavía no sabe si puede volver a confiar en su entusiasmo (o controlarlo). La incredulidad es más segura.

Andres Escobar

Sube y baja

Aparte particularmente escalofriante de una entrada en el blog mundialista de Daniel Alarcón sobre este fin de semana vertiginoso que se inicia en Colombia:

I only bring up the presidential election on a soccer blog because of how starkly different the moods of this weekend promise to be. On Saturday, Colombia will dress up in yellow and pretend to be united behind its national team. The country will stop en masse to watch, to cheer, to support and suffer along with its players. And the following day, these same people will, in all likelihood, go to the polls and vote to continue tearing each other to pieces, as they have for five decades.

Y una posible traducción:

Sólo menciono la elección presidencial en un blog de fútbol por el contraste rotundo de ánimos que este fin de semana promete. El sábado, Colombia vestirá de amarillo y fingirá unidad en respaldo de su equipo. El país se detendrá masivamente para mirar, animar, apoyar y sufrir con sus jugadores. Y al día siguiente, estas mismas personas, con alta probabilidad, irán a las urnas y votarán para continuar destrozándose unos a otros, como lo llevan haciendo por cinco décadas.

El texto dice “pretend” y yo traduzco “fingirá”, pero tal vez ambos sentimientos, por más opuestos, son igualmente sinceros.

(Me avisa Daniel que aquí hay una versíon completa en español.)

Léanlo todo, vale la pena.

Autogoles

Roberto Bolaño trataba de explicar lo inexplicable:

Mi experiencia como jugador de fútbol nunca fue del todo comprendida ni por los espectadores ni por mis compañeros de equipo. A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol salvo si uno se llama Pelé o Didí o Garrincha, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia. Aclaras ante tus compañeros y ante el público, que tu juego es otro.

Pero qué va. Eso solo le sirve a los poetas. El autogol es el mismo acto vulgar y descortés cometido contra uno mismo. Es perder los pantalones justo cuando habías perdido el miedo a hablarle al público al que imaginabas desnudo. Es caminar por toda la oficina con un terco pedazo de papel higiénico en los pies que se pegó desde que usaste el baño esta mañana. Es un te quiero pero cómo amigo seguido de un incrédulo ¿qué tal?. Es tratar de hacer esta lista de clichés y seguir fallando. Es un gesto de independencia solo si la opresora ha sido la felicidad.

Feo partido de Brasil que lleva lo que lleva jugando al fútbol decepcionando a todos los que esperan ese “jogo-bonito” de leyenda y que nadie sabe definir del todo pero que ocurrió hace mucho tiempo. Lo más seguro, antes de que hubieras nacido, justo después del ocaso de la naranja mecánica.