Se le dan dos tazas

Hoy Dios se volvió a exceder y castigó a los brasileños con una final mundialista en su propia casa con Argentina como contendiente y ellos mientras tanto en la cancha auxiliar luchando el tercer lugar más triste de la historia tras recibir la apaleada de sus vidas.

Argentina jugó más que nada a repeler los ataques de los monstruos goleadores holandeses y a respaldar a Messi en asaltos al arco opuesto, fallidos todos por falta de un clon de Messi que convirtiera en gol las oportunidades (algunas muy buenas) que logró generar (o en su defecto un James Rodríguez). El gran héroe fue mi tocayo Javier Mascherano, que destruyó con una barrida perfecta (desvió la pelota con apenas la punta del pie) la mejor oportunidad que el temible Robben tuvo para anotar en todo el partido. La precisión del movimiento de Mascherano merecería una entrada entera (¡una oda!) sobre el prodigio físico de estos futbolistas profesionales que por desgracia ahora no me puedo permitir.

Otro gran héroe fue el arquero argentino, el barbado Sergio Romero. La estocada final es toda suya.

Holanda, mientras tanto, se vio opaca, incapaz de meterse con propiedad dentro del área argentina. De cierta forma la suya fue una reproducción del estilo de juego muy estructurado pero tal vez demasiado metódico (demasiado cauto) que ya había mostrado con Costa Rica. La conclusión fue similar, salvo que en esta ocasión los penales no los favorecieron. El arquero intimidante entrenado para penales se quedó en la banca: el calculador van Gaal había gastado todos los cambios. Calculó mal.

Aunque suene a obviedad, los holandeses perdieron porque no supieron cómo ganar. Los argentinos, en cambio, ganaron porque resistieron hasta el final. A veces no se necesita mucho más.

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Toni

Matías Manna escribiendo en Paradigma Guardiola

A Kroos no lo quieren. A lo quieren pocos. Por momentos es apático, no es visible en la presión, no mide en un ningún test más que los otros mediocampistas y no es veloz…En medio del Mundial de la negación del centrocampista, puede haber esperanzas. Toni Kroos logró subsistir en el mediocampo alemán. Equipo histórico que siempre prefirió el músculo, ahora tiene a Kroos que no salta, no corre más rápido que nadie, no cabecea, ni defiende alocado pero interpreta el juego como nadie y genera un orden jugando, dando pases y haciendo mejores a sus compañeros.

Los futbolistas de élite empiezan el camino en la niñez. En ese momento no hay nada decidido, solo el afán por jugar. Ser delantero, defensa, mediocampista, arquero, es algo que vendrá después. Antes hay que machacar el juego. Qué sé yo. El destino ya llegará. A veces llega equivocado, el delantero mediocre que fue reinventado como defensor de poder. Cosas así. Me gusta esa descripción de Kroos porque imagino la situación rondándole la cabeza a algún DT alemán resolviendo el dilema. Tenemos este mediocampista acá, no se parece a nada de lo que tenemos, no es mejor que nadie pero él nos hará mejores a nosotros. El lugar común es que el fútbol es como la vida. El destino nos encuentra y encontramos el destino, y a veces la mejor manera de encajar es ser diferente. Quién lo creyera, que íbamos a estar un día en julio defendiendo el rodillo alemán frente a los inventores del fútbol lírico. Pero en eso vamos.

Chile y Brasil

Mi abuelo nació en 1919. En la práctica, pudo ver todos los mundiales de fútbol de la era moderna. Tenía treinta y uno para el Maracanazo, sesenta y tres para cuando Carlos Caszely pierde el penal contra Austria, setenta y dos para la inolvidable noche del 5 de junio de 1991 y setenta y nueve cuando Marcelo Salas jubiló al viejo estadio de Wembley con una zurda inmortal preparándose para el Mundial de Francia, cita a la que volvíamos después de dieciséis terribles y dolorosos años. Noventa y cinco cuando Charles Aránguiz metió el puntazo que mandó de vuelta a casa, en primera ronda, al todavía campeón del mundo.

En Chile son pocas las ocasiones cuando podemos de verdad celebrar. Tanto es así que durante mucho tiempo se ha acuñado el maldito concepto de ‘victoria moral’, que intenta encontrar una forma de celebración desde la derrota cuando ella es injusta, fortuita o derechamente solo respuesta a un destino que pocas veces nos tiene reservadas sonrisas deportivas. Victoria moral es perder por poco, hacernos expulsar un par de minutos antes de conseguir un empate salvador. Victoria moral es jugar bien, como nunca, para perder como siempre.

He buscado estadísticas que muestren a otra selección que en sus tres últimas participaciones en Copas del Mundo le haya tocado jugar contra Brasil en octavos de final. En 1998 implicó un 4-1 inapelable; en 2010 la selección de Bielsa tuvo que rendirse ante un 3-0 irresoluble firmado por Robinho, Luis Fabiano y el ignoto defensa central Juan. Y no es sólo eso. Incluso la multinacional Nike, tan asidua a registrar creativos spots para la tv para los mundiales, ha utilizado a Chile como chivo expiatorio para hacer lucir a los astros brasileños. En alguna parte del mundo, algún creativo publicitario espera con ansias otra vez que la verde amarilla se enfrente a ese país de rojo para poder grabar a ocho cámaras y en 4D las peripecias de los pentacampeones sobre la cancha. Pero desde ahora, no más.

El partido del sábado fue motivo de una tristeza amarga que a muchos nos ha impedido incluso comentar lo que pasó ese mediodía en Belo Horizonte. El resultado es sabido, Brasil está en cuartos de final de la copa que organizaron para ganarla. Pero la diferencia es que Chile tuvo rezando en la cancha a los mismos que graban spots, de rodillas esperando que dios -que, como se ve, a veces es brasileño- se manifieste en forma de penal, golpe en el palo, ceguera arbitral repentina o afortunado rebote en la rodilla. Minutos después, rogando al altísimo algo de favor desde los doce pasos. Los tuvimos de rodillas y durante 120 minutos rezando porque el tiempo pasara rápido, que la pesadilla se termine. Brasil ganó, pero hubo jugadores chilenos que no se equivocaron jamás y fueron figuras jugando con un desgarro de 8 milímetros (Gary Medel) o a tres semanas de ser operados del ligamento de la rodilla (Arturo Vidal). Brasil hoy prepara su partido de cuartos contra Colombia, pero yo jamás me olvidaré de Gary Medel, saliendo del área con balón dominado en el minuto 115 mostrando la pelota en tres cuartos de cancha haciendo evidente la miseria y pobreza del equipo local, que renunció a atacar a este equipo que, donde no tenía más talento que el rival, puso corazón.

En estos días, sobre todo en estos días, he pensado mucho en mi abuelo. Tuvo que escuchar el partido contra España en el hospital del pueblo a través de la radio, teniendo inmovilizado el sector izquierdo de su cuerpo después de un ataque cardiovascular ocurrido justo después de la inauguración del mundial, mientras escuchaba los himnos. Una de sus primeras preguntas estando en recuperación fue que cómo había salido Brasil, lo que llenó de esperanzas a los familiares pese a las contundentes conclusiones del equipo médico. Comenzó a tener sólo intervalos lúcidos a partir del jueves y fue cada vez más evidente su incapacidad para comunicarse. Mi abuelo murió finalmente en la madrugada del domingo, en una noche que recuerdo con imposibilidad de dormir, en parte porque mi corazón estaba pensando en él, en parte con pena, y en parte porque repasé una y otra vez el derechazo de Pinilla que estremeció el horizontal en el último minuto del tiempo suplementario y que nos daba pase a cuartos. Una parte de mi le gustaría pensar que cerró los ojos con una sonrisa, justo centésimas de segundos antes que Alexis le devolviera la pared al nueve. Que murió pensando que después de noventa y cinco años esta vez sí fue posible, que se acabó el tiempo del destino funesto, que se terminaron las victorias morales para siempre.

Ayer estuve un rato en la que era su pieza, llena de fotos de sus hijos y nietos. Cuando cerré la puerta vi que bajo la percha, donde guardaba su bata de levantar, tenía pegado un afiche de la Selección, de esos que regalan en los diarios.

El equipo maravilla

Lo que más me gusta de ese primer gol colombiano es que James y la pelota se mueven en sincronía, primero se encuentran en el pecho de él y luego se mudan a la izquierda, se mueven los dos, contentos, como dos novios, diría Guardiola. Es un enorme recurso técnico de James, por supuesto, pero la pelota lo entiende, cómplice, como queriendo decir sé lo que tienes en mente y no para de gustarme.

Qué cosa maravillosa este partido y este equipo y este momento.

Lo comentábamos acá que había una incógnita colombiana en estos octavos. Lo sale a ganar o sale preocupado por el contragolpe de un rival más curtido en estos niveles. Que si esa vuelta colombiana al 4-4-2 era un poco tener la cabeza en lo que hace Uruguay, y menos en el talento propio. Pero qué absurda se ve ahora esa duda. Impecable Colombia, incuestionable, feliz, haciendo de un segundo gol una declaración de intenciones, una pequeña sonata para esa pueril garra charrúa.

Cómo no te voy a querer Pekerman si nos tienes en cuartos de final, invictos, felices, orgullosos. Orgullosos. Orgullosos de este man James, ¿sabe lo que dijo James en rueda de prensa, así todavía en el uniforme y en chancletas? que jugar un mundial era lo que soñaba desde niño. Desde niño. 22 años tiene James y se está jugando uno para la historia. Orgullosos de Zuñiga y Cuadrado que como se dice esto qué forma de inclinar el campo hacia lo que te venga en gana. Y mejor paro. Mejor paro y me emociono con esta emoción que no me dejará dormir. Mejor así, mejor estar despiertos para este grito de gol.

Y estas ganas de ganar, estas ganas de ganar no se me quitan.

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Así que esto es ganar

James Rodríguez ad infinitum

Y ahora qué se hace con esto. Ahora que sabemos lo que se siente ganar y se empiezan a acumular partidos en la etapa seria de este torneo al que esta vez entramos con timidez excepcional, cómo se supone que debemos procesar lo que está pasando.

De pronto ya llegamos al punto en el que necesitamos dejar de excusarnos en la suerte y pasar a reconocer que este equipo funciona genuinamente y se comporta a la altura de sus gigantescos jugadores. Es todo lo que pensábamos/soñábamos que eran los equipos fallidos de los noventa y más. Tienen el tipo de genialidades que reverenciábamos (Cuadrado, por ejemplo, es un estratega finísimo) pero también tiene una fuerza ofensiva salvaje, que nos pasma todavía como si fuera imposible de aceptar proviniendo de un muchacho nacido en Cúcuta y criado en Ibagué, y la disciplina que se suponía incompatible con nuestro estilo sabrosón y tropical.

El chiste de que somos favoritos para ganar (o al menos llegar lejos) empieza a transformarse en un augurio serio que asusta e intimida. El siguiente rival es un monstruo de verdad.

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Esto se puso serio

A veces pienso, y no sé si es por prudencia, realismo, catastrofismo o simple estupidez, que esto ya es más que suficiente. Tres partidos ganados en serie en un mundial. Nueve goles a favor. Apenas dos en contra. Faryd Mondragón de cuarenta y tres años (el vínculo motivador entre esta dimensión y la otra, la que nos llenó de ilusiones que no pudieron concretar) entrando a la cancha a los ochenta y tantos minutos del partido contra Japón, la tribuna en pie, gol de Rodríguez (cuarto del partido; tercero de su mundial) en el minuto noventa y su sonrisa iluminada, tan joven, parado en la esquina de la cancha, rodeado por sus amigos, recibiendo con los brazos abiertos el júbilo del público que todavía no digiere que el señor Pékerman haya armado con este país de supuestos conformistas resignados a un equipo tan bien empecinado en atacar no importa el marcador.

Y se supone, eso se supone, que jugamos sin nuestro mejor hombre.

Mi prudencia, que es una señora de noventa años que nunca sale de su casa y le tiene un miedo terrible a cualquier tipo de fluctuación extraordinaria en su rutina estática, piensa que tal vez perdamos con Uruguay y que incluso convenga. Puede pasar. Tal vez Suárez nos revienta la defensa a diente y pata. O terminamos en uno de esos empates tristes donde el complejo de inferioridad, más que el oponente, nos derrota. Se acabó la fase de los experimentos, pasamos (permítanme, por favor, este insolente plural en el que me incluyo) con honores, y ahora todo costará más. La presión de esos partidos de todo o nada debe ser horrible.

Pero Colombia tiene con qué. Por qué resignarse. Por qué parar y contener el entusiasmo cuando estos muchachos de amarillo parecen estar tan llenos de más. Mejor me permito ignorar mi prudencia, y temo, y dudo, y contemplo por primera vez ponerme la camiseta de un equipo de fútbol y aguantar lo que venga, respaldando desde mi distancia su determinación y su compromiso, con un pie acá y el corazón, expuesto, allá.

El sábado vamos a ganar.

James Rodríguez

Artilleros

Los quince mayores tiradores de las primeras dos rondas de la fase de grupos (32 partidos y 519 jugadores; 315 han intentado tiros) ordenados por número de disparos. O por qué Holanda da tanto miedo:

Nombre País Goles Tiros Tiros al arco % Tiros al arco
sobre total tiros
Karim Benzema Francia 3 15 8 53
Cristiano Ronaldo Portugal 0 14 3 21
Lionel Messi Argentina 2 10 2 20
Edin Dzeko Bosnia-Herzegovina 0 9 4 44
Xherdan Shaqiri Suiza 0 9 2 22
Robin van Persie Holanda 3 8 6 75
Daniel Sturridge Inglaterra 1 8 5 62
James Rodríguez Colombia 2 8 4 50
Ogenyi Onazi Nigeria 0 8 3 38
Asamoah Gyan Ghana 1 8 2 25
Arjen Robben Holanda 3 7 6 86
Neymar Brasil 2 7 4 57
Nani Portugal 1 7 4 57
Clint Dempsey EEUU 2 7 4 57
Tim Cahill Australia 2 7 3 43

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Asamoah Gyan

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Ochenta y cuatro mil y algo personas fueron testigos de ese momento inolvidable la noche del 2 de julio en Johannesburgo. Una semana antes, en el minuto 93 de los octavos de final ante Estados Unidos, y sobreponiéndose a un empujón de Carlos Bocanegra, una carrera imposible de Asamoah Gyan, entonces jugador del Rennes, rompió el empate y llevó por primera vez en su historia a Ghana a cuartos de final. Seis días después, bien entrado el tiempo suplementario, Luis Suárez decide rechazar con ambas manos el violento cabezazo de Appiah y trae de golpe a la discusión futbolística todas las perlas que ha cultivado por siglos la filosofía moral occidental. La historia final es sabida, desde los doce pasos Gyan le da con más corazón que fineza, la pelota da de lleno en el travesaño, los jugadores se derrumban, Suárez celebra camino al camarín, el árbitro decide finalizar el encuentro y comenzar la tanda de penales donde Gyan esta vez anotará pero no será suficiente. 

Mientras miraba el partido del sábado entre Ghana y Alemania, no pude evitar volver a pensar en Asamoah Gyan. En el minuto 88, luego del 2-2 de Klose, y con los alemanes con ganas de pasar por encima, un contragolpe de Harrison deja a Gyan perfilado para su pierna predilecta desde fuera del área para batir a los europeos y a El Destino, pero le da algo mordido aun logrando inquietar a Neuer. El cliché nos inclina a decir que el fútbol es muchas veces injusto -aunque casi siempre más injusto de este lado del atlántico que del otro-, pero una parte muy importante de mi quiere que la suerte se ponga alguna vez de lado de Asamoah Gyan. Antes que sed de revancha, hay una carga en la cara de Gyan. Quizás la misma pesadumbre que lo hizo dejar el fútbol inglés para esas vacaciones pagadas del petro-fútbol de los Emiratos, donde el hambre de triunfo se compensa a punta de dólares. Quién sabe, pero tal vez el destino tiene todavía trucos guardados para Asamoah Gyan como los tuvo en su momento para Sammy Kuffour, otro que, a puñetazos con la realidad, logró torcerla.

Nuestro dragón

Colombia le ganó un partido difícil a un equipo que bien podría habernos destrozado: unos señores gigantes que corrían como el viento. Atacó y defendió. No se dejó. Hizo lo que se supone que corresponde hacer y así se impuso, incluso con el aura de Drogba en la cancha impulsando a Costa de Marfil como una ola gigante. Diría más pero no quiero que el entusiasmo me nuble el juicio. Ya vendrá nuestro editor a hacer el comentario técnico de rigor.

Tener a Faryd Mondragón en esa banca es como tenernos ahí también. Esta sonrisa somos nosotros:

Faryd

Hay veinte años de distancia ahí.

Sí, Sí, Colombia

La celebración del primer gol de Colombia en su partido inaugural ha encantado a todos, en especial a los más acostumbrados a la formalidad celebratoria europea en donde ir más allá del grito de gol y la pila de futbolistas empieza a rozar el mal gusto. La celebración colombiana ha sido, por supuesto, encantadora, pero lo que a mí más me ha emocionado no ha sido el mapalé del asunto sino un breve instante en la carrera de Armero. El man hace el gol y sale en carrera pidiéndole a todos los compañeros que le den espacio que no se apilen todavía, que vengan con él hacia la banda que allá se encuentran todos. En medio de la carrera cae en la cuenta que no se ha persignado y entonces con gesto de disculpa de cómo se me ocurre semejante vaina que así no me criaron en la casa, lo hace, cumple su obligación y luego sigue en lo que iba, ustedes pónganse aquí, cuando les diga salten allá, y así.

(Lo de abajo es un videíto, click para verlo completo. click.)

Celebración

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