Cine y Fútbol: Segunda Parte

Este Mundial increíble que ya casi termina, nos deja una serie de cortometrajes realizados dentro del proyecto “Pepsi: Beats of the Beautiful Game”, dirigidos por Spike Lee, Diego Luna, Idris Elba, entre otros. En una entrada previa prometí compartir el listado completo de dichos cortos pero debo confesarlo: no logré conseguirlos todos, descubrí que algunos no están disponibles para latinoamérica. Sin embargo, aquí dejo dos videoclips que sí están publicados (y que recomiendo particularmente):

Kicking Down Doors, de Santigold. Cortometraje de Andy Morahan.

http://www.youtube.com/watch?v=DV8TSSiZa2E

Whoever we are, de Timbaland y Rachel Assil. Cortometraje de The Kolton Brothers.

http://www.youtube.com/watch?v=i4UFU3bvJ5Q

Gracias, amigos de Mundo Pelota. Que la fiesta del fútbol nunca se acabe.

Tener en casa a tu papá

Yo soy 2% argentino por el lado del esposo de una prima. Además de eso, siento un cariño arbitrario por los argentinos desde que Boca se ganó con Bianchi como tres Copas Libertadores seguidas, desde que anda por ahí Messi, ese futbolista  imposible, desde que me resultó un gusto por los tangos y desde que conocí uno o dos argentinos calurosos y gentiles. Pura arbitrariedad. Pude haberle cogido cariño a los mexicanos o a los chilenos, o ya que estamos en estas a los holandeses, que todos también tienen lo suyo.

Futbolísticamente hablando, este equipo argentino no es que sea de esos que ganan sin discusión y aplastando, pero vean ustedes que llegaron a la final siempre con una chispa de fútbol que sacó alguno de sus magos, como ese golazo de Di María contra Suiza a último minuto; y con algún (mentiras, varios) golpe de arepa, como ese cabezazo suizo que pegó en el palo también a último minuto (de qué tan justa es la así llamada “arepa” podemos escribir sendos tratados). Siempre fútbol, en todo caso. A cuentagotas, pero fútbol al fin y al cabo, sin grandes críticas conspiratorias por la compra de los partidos o juegos sucios en los que salieran a partir a algún rival.

Si de merecimientos se trata, “qué se yo”, hasta depronto merecía más pasar Holanda porque sí, por su historia, porque ya era hora y habían goleado a España, y porque jugaban a matarte. Holanda salió a oler el juego de Argentina metido en la defensa, a temerle, quizá de más, a Messi, y cuando atacó apareció el talento discreto pero mágico de la defensa y la marca argentinas. El Holanda goleador no apareció. Parte del juego también es proponer táctica de desgaste defensivo y sacrificio, aguantar el cero y apostarle a los penales. Se puede perder así o salir a jugar con imprudencia y perder en los 90: se corren riesgos jugando contra un poderoso. En el partido contra Costa Rica Holanda lo supo hacer y ganó ahí, ahora lo hizo Argentina y ganó con su criticado arquero. Los holandeses salieron impasibles, como si no hubieran perdido el paso a la final de la Copa del Mundo. Los jugadores de Argentina celebraron de manera casi extática al dejar de ser jugadores de fútbol y volverse hinchas de sí mismos.

Me gusta el estilo de la hinchada argentina, me gusta verlos cantar y llorar de la alegría, me alegra verlos alegres. Me reflejo en su pasión parcializada por su Selección, que excedida en triunfalismo vende la casa para ir al Mundial y se amanece en una calle brasileña quedándose sin voz con el “decíme, Brasil: qué se siente tener en casa a tu papá”. Estos hermanos argentinos, como los hermanos alemanes, también merecen la copa y el domingo van a ir a que esa decisión sea guerreada en la final. Como dijo un aforista anónimo: “Qué bonito que es el fútbol”.

Cabeza caliente

Yo sí es que no sé nada de fútbol. Hubiera apostado una pelota a que Brasil ganaba contra Alemania. Siquiera no apuesto. Debería tatuame o raparme o algo en penitencia, aunque qué pereza. De todas formas creo que la tarea del aficionado no es saber, sino esa cosa que llamamos “hacer fuerza”. Le voy incondicionalmente al Deportivo Pereira y al Cali y cuando juegan entre sí tiro una monedita, en partidos internacionales le voy al vaya ganando o al que tenga un jugador que me caiga bien, así bien arbitrario. Si pierden, volteo la arepa y le empiezo a ir a otro. Basta de confesiones, ese no es el tema. El tema es que Alemania le ganó a Brasil estripándolo contra el piso y que ya se hizo justicia por esas victorias milimétricas inmerecidas que ostentaba un Brasil que jugaba a ver qué, cuándo te lo meto y cuándo el árbitro nos favorece y así vamos de partido a partido hasta que se nos atraviese alguien que de verdad nos deje tirados sin ganas de levantarnos.

Los alemanes celebraron y si hubieran perdido hubieran llorado. Nada de juego robótico y frío, como muchos afirmaron, y más bien mucha valentía al seguir encima todo el partido sin meterse atrás nunca y un juego muy bonito de toque toque preciso, como debe ser. Es un ejemplo para Colombia, que siempre quiere jugar así. Y una lección para Brasil, que nunca debió dejar de jugar así. Los jugadores alemanes me emocionaron: Podolski llenando de elogios al fútbol brasilero y Özil consolando a sus rivales después del partido. Desde que Schweinsteiger lloró después de perder contra España en el mundial pasado quería verlos celebrando y, bueno, la tercera semifinal fue la vencida. Ganó bien y bonito Alemania, qué bacano eso. Y después salió el video de los hinchas alemanes bailando el Ras Tas Tas de salsa choke, con la cabeza caliente por el triunfo y haciendo el trencito y tal: esta hinchada me cae muy bien y merece la copa. Que no se nos olvide que también hay victorias de las que no solamente queda el resultado, sino de las que podemos también rescatar los porqués. Y esta tarde este hogar le va a Argentina.

 

Los que tienen que ganar

“Que ganen los que tienen que ganar y no esos equipitos aparecidos y que llegan por pura casualidad o buena suerte a las instancias definitivas”, fue una de las frases que se escucharon antes de que se jugaran los octavos. Por ejemplo, un comentarista deportivo de nacionalidad colombiana dijo que era una afrenta que Costa Rica pasara siquiera de la fase de grupos, que eso perjudicaba al buen fútbol, al espectáculo y sería evidencia de que este mundial no es normal. Bueno, no en esas palabras, pero más o menos eso dijo él y repiten muchos.

Estos reclamos invocan como una “esencia histórica” (?), una tradición que tienen ciertos equipos en virtud de la cual se convierten en los que tienen que ganar. Acá los méritos históricos previos al  partido que se juega dotan a aquellos con historia de una autoridad mayor para ganar. Aquellos que tienen que ganar porque ya han ganado son: Brasil, Italia, Alemania, Argentina, Uruguay, Inglaterra, Francia y España; y Holanda es otro que tiene que ganar porque revolucionó el fútbol en táctica y estrategia y ya ha estado en muchas finales y, bueno, ya es hora de que gane porque pobrecito; y otro que tiene que ganar porque sí es el anfitrión. Y de ahí para abajo que entre el diablo y escoja.

Lo que hicieron Croacia, Turquía, Corea del Sur y Portugal en los mundiales pasados fue una afrenta, así las cosas. Y, bueno, también España hasta hace cuatro años y Francia y cualquier otro hasta que ganó su primer título y entró por lo tanto a la lista arbitraria de quienes se han ganado una copa. “Tienes que ganar una copa del mundo desde que ganas una copa del mundo” es un corolario del llamado a que ganen los que tienen que ganar y a que pierdan los que tienen que perder. Es un principio que, reducido a su forma más simple, se convierte en la siguiente trivialidad vacía, aunque incontestable: “Ganan los que ganan y pierden los que pierden”.

Este fútbol como axiomático decide antes de que se jueguen los partidos, redacta documentos oficiales que presentan los que tienen que ganar e intimidan de paso a los que tienen que perder para que pase lo que tiene que pasar. Este fútbol elimina eso que llaman “pero qué bonito que es el fútbol” y elimina las evidencias de la globalización del deporte que hacen que la competencia sea tan pareja como hemos visto. Pero los cofrades del fútbol axiomático no miran este tipo de cosas y prefieren ostentar el conocimiento del pasado para favorecer conclusiones vestiditas con la seda de la tradición.

El fútbol axiomático es un antídoto (no siempre efectivo) contra la decepción y el fracaso, protege al espectador de convertirse en un aficionado, tranquiliza. Con estas semifinales que nos tocan (Brasil-Alemania y Argentina-Holanda) los creyentes están tranquilos: “la historia pesó y la historia ganó”, me imagino que dirán. Sin la posibilidad de sorpresas no hay emoción y ahora que ganó la tradición, esa cosa arbitraria que le gusta tanto a los melancólicos, que entre el diablo y escoja.

El uruguay del maracanazo.

Ilusión pero tristeza pero ilusión

La derrota de ayer fue de esas que duelen. No hablemos del arbitraje. Los jugadores colombianos podrían haber entrado desde el primer minuto con la convicción con la que entraron los chilenos a jugarle a Brasil. Carlos Sánchez podría haber estado despierto en ese tiro de esquina para interceptar el balón que en el minuto 7 terminó en gol de Thiago Silva. David Ospina podría haber estado un par de pasos a su izquierda para desviar ese balón que en el minuto 69 terminó siendo un golazo de David Luiz. ¡Casi se lo tapa, hermano! Yo vivo en dos mundos: en un mundo posible en el que se dieron, por lo menos, esas tres posibilidades; y en el mundo real, en el que todo pasó como sabemos que pasó. Me cuento la historia del mundo tal y como fue, pero en esos minutos clave el mundo real se ramifica y se convierte en el mundo posible en el que quiero vivir, con el que soñé los días que pasaron entre el partido contra Uruguay y el de ayer contra Brasil. En ese mundo posible somos hasta campeones mundiales.

Es el problema con el mundo real con respecto al otro posible: no siempre es como uno quiere que sea, sino como una cantidad de eventos ajenos al deseo y control de uno hace que sea. Mientras, repitiéndome la historia que cuentan las estadísticas oficiales, acepto el curso de este mundo que me tiene triste por la derrota y dejo la inestabilidad existencial, vale la pena hacer memoria de varias cosas. Por ejemplo que, aunque en 5 partidos Colombia tuvo 12 goles a favor y apenas 4 en contra, en el partido contra Brasil esa efectividad no apareció: algo tácticamente correcto, así fuera sucio o feo, hizo Brasil; que Colombia supo ganar y perder jugando (casi) siempre bien y limpio; que la generación actual es prometedora; que el equipo ya había hecho más que cualquier equipo colombiano en la historia de los mundiales; que James Rodríguez sigue siendo el goleador del Mundial, con dos goles más que quienes le siguen en la estadística: Müller, Messi y Neymar (¡!); que eventualmente más ilusión borrará esta tristeza, este dolor de hincha, y que en cualquier caso lo importante es que hay salud.

Esta derrota es de esas que duelen porque teníamos con qué, porque unos ajustes (tardíos) bastaron para que Brasil armara esa táctica miedosa conocida como “mete a todo tu equipo atrás”, que es consuelo de tontos, pero consuelo de todas maneras, y consuelo es lo que los tristes necesitamos. Estuvimos muy cerca de la semifinal, aunque las estadísticas digan otra cosa. Nos dieron muy duro porque ya estábamos alto. En este hogar teníamos la celebración preparada y la tuvimos que convertir en rondas alternadas de comentarios justificatorios que evitan con algo de pudor hablar de los errores del equipo. No lo aceptamos explícitamente, pero en medio de ese pudor añoramos el mundo en el que no vivimos: nuestra victoria contra Brasil, contra Alemania, contra cualquier otro y nuestra primera copa del mundo. No lo queremos publicar, pero cada que recordamos ese tiro de esquina del primer gol, esa que Cuadrado casi mete, esa que anularon, esa que casi tapa David Ospina, cada que recordamos una así mordisqueamos con rabia y decimos que estuvimos cerca, que por un pelo podríamos habitar otro mundo.

Dijo James memorablemente luego del partido, con las lágrimas en la cara: “Los hombres también lloran, y más cuando sentís esto como un hijuemadre”. A los tristes nos calma un poco saber que no estamos solos. Y vamos a seguir ilusionados, así eso nos haga caer duro otra vez, porque eso es el compromiso con la Selección y porque si no cómo salimos de esta nosotros que no somos profesionales.

Brasile Colombia

Así que esto es perder

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1. Lo que no me gusta del perder es ganar un poco es que niega la derrota, y si la derrota no existe, si es presentada como una forma velada de victoria estética o moral, entonces de paso por ahí mismo se van los errores y defectos que tal vez valdría reconocer si se quiere avanzar hacia mejores resultados y, por qué no, grandes triunfos. La máxima que se convirtió a punta de fracasos de todo tipo en el lema de la selección colombiana de los noventa explicita una mediocridad cómoda: si ganamos así perdamos que para qué ganar.

2. Hace unos meses mi mamá me envió del pueblo una caja que contenía, entre otras cosas, tres camisetas de la selección compradas en algún puesto callejero del mercado. Cuando las recibí le reclamé el regalo porque soy malagradecido y no sé apreciar gestos. Le dije que para qué nos enviaba eso si sabía que nosotros no las íbamos a usar. Ella me apostó que cuando llegara el mundial las usaríamos. Le respondí que lo dudaba mucho.

3. Mi infancia entera fue una larga evasión activa de todo lo relacionado al fútbol. Nunca demostré mayor interés por mundiales o equipos. Nunca intenté llenar un álbum Panini. Los juegos, seré franco, me aburren. Todavía hoy. De viejo, sin embargo, aprendí a fingir para no desencajar. Los tolero como distracción de fondo. Me cuesta sostener la atención. Nunca había logrado desarrollar un vínculo sustancioso con lo que pasaba en la cancha. A veces me emocionaba brevemente con algún partido pero jamás (incluso en los estadios) había sentido esa conexión de los que realmente se sumergen, lloran, gritan y lo viven. A veces envidiaba eso.

4. Lo envidiaba porque en esa conexión había un compromiso: quienes viven el juego disfrutan las victorias pero también aceptan el riesgo de derrumbarse con la derrota. El compromiso requiere aceptar la posibilidad de un golpe duro en el orgullo: caer cuando el equipo cae, no sólo verlo caer.

5. Durante los noventa vi partidos. Una vez en San Andrés le pedí un autógrafo al Chicho Serna que atesoraba en mi billetera hasta hace poco como uno de mis chistes favoritos. Recuerdo el 5-0 y el caos subsiguiente. Recuerdo jugadores y tragedias. Eran héroes naturales: berracos, ambiciosos, enloquecidos por glorias falsas, malditos, perdidos en un campo verde imposible de franquear, de rodillas ante destinos (a veces) horriblemente crueles. Recuerdo goles. También recuerdo el fervor colectivo que aunque no compartía podía percibir, así como el sentimiento de desazón que aumentaba progresivamente con los partidos. Cada mundial era un trauma, a veces con muertos, y arriba de todo eso siempre estaba la frase reiterativa de que no importaba perder porque nuestro juego era fantástico. Éramos unos artistas incomprendidos que en un mundo ideal ganaríamos todos los partidos. Con interés por el fútbol o sin él, sospecho que todo aquel que vivió Colombia entre el 90 y el 99 desarrolló una cautela natural, un cinismo preventivo, ante cualquier aspiración a la grandeza futbolística. Eso no nos correspondía. Ese exceso de entusiasmo era bruto y vulgar, indigno de perdedores refinados, de casta, como nosotros.

6. Así que cuando este mundial empezó, con Colombia de regreso, desempolvé mi cautela y me dispuse a ver los partidos irónicamente, convencido de que el equipo naufragaría en sus inseguridades y finalmente, si acaso, lograría una victoria agónica sobre Japón cuando ya igual la eliminación era un hecho. Jugamos como nunca y perdimos como siempre, diría en broma en Twitter, y me desentendería de la vaina. Ese era el plan.

7. Entonces los vi jugar.

8. Y podría aquí extenderme e intentar explicar, pero yo no sé de fútbol, de verdad no sé, y lo único que alcanzaría a decir sonaría a sentimentalismo vacío mezclado con nostalgia de la tierra distante y cada vez menos mía. De pronto me entusiasmaron su juventud y alegría (la paternidad me ha vuelto sensible). También pudo ser la garra que le metían a cada partido, esa determinación de ganar en equipo inclaudicable. Era inspiradora. Me tocaba hondo. Eran los herederos de los titanes de hace veinte años: una generación nueva que tenía lo que quiera que a esos otros no habían logrado nunca concretar. Empecé, casi sin darme cuenta, a sentir cariño por esos muchachos. Los admiraba, agradecía lo que hacían por mí y me consideraba parte de ellos. Sin querer, sin desearlo, me comprometí. Su juego me hizo creer. La curtida cautela parecía de repente como un irrespeto a su dedicación y entrega.

9. Vi el partido contra Uruguay con la camiseta puesta. Apagué el computador y me concentré. Tenían toda mi atención. Cuando Rodríguez extendió los brazos para celebrar el gol me dieron ganas de saltar a través del televisor, abrazarlo y darle las gracias por toda esa grandeza feliz que nos regalaba. Ganar era ganar y perder era perder, pensé, y eso era ganar. Eso sí.

10. El de hoy también quería ganarlo. Eso es lo que quería. Quería ganar y celebrar con ellos. Ganarlos todos. Contar a detalle otro gran gol. Me senté en el sofá a verlos ganar y lagrimié con el himno nacional. Pensé: hoy vamos a hacer algo inmenso, nos corresponde, es nuestro turno.

11. El primer gol de Brasil me abrió un vacío en la panza. El gol anulado me dolió. Era el gol de Yepes, mi contemporáneo, el del primer y último mundial de su vida. Sufrí cada falta. Odié la prepotencia agresiva de los brasileños. Compartí la indignación ante las decisiones discutibles del árbitro. Celebré el penalti. Todavía había tiempo. Vi los últimos minutos del partido de pie ante el televisor, frustrado, confundido, angustiado, molesto, con ilusión fluctuante. Hasta el pitazo de cierre mantuve la confianza en que el marcador podía cambiar y podíamos ganar, en que íbamos a encontrar la sincronización perdida y remontar. No pudimos. El equipo no funcionó, hoy no. Los muchachos estaban nerviosos. Se dejaron intimidar. Eso pasa. La presión debe ser brutal. Quise abrazarlos de nuevo a todos al final.

12. Entré a este mundial con cinismo y salí muy afectado. No estoy realmente triste, creo que no, pero sí estoy conmovido. Soy un nerd de treinta y siete años, tuve un Naranjito colgante que llevaba al cuello en 1982, y de todos modos siento como si este fuera mi primer mundial. Me siento pequeño y maravillado. Este equipo de niños felices y extraordinarios motivados por el señor Pékerman me ayudó a entender lo que significa disfrutar el fútbol de verdad. Llegué al partido ante Brasil triunfalista y no puedo decir que ese triunfalismo se haya diluido o que esté desengañado. Esta selección me cautivó y pese a la derrota sigo creyendo en ellos, en lo que pueden lograr. El miedo que evidenciaron hoy me hace quererlos todavía más porque me recuerda que apenas arrancan y con la experiencia sólo crecerán.

13. Después del partido, para despejar la cabeza fuimos al parque a ver qué había en el festival de música que organizan en la ciudad cada año por esta época. En la tarima principal encontramos un conjunto vallenato. Todos los músicos llevaban la camiseta roja. Muchísimos colombianos también uniformados esperaban entre el público. Algunos llevaban banderas como capas. Llegamos en el momento justo en que empezaron a tocar. El presentador advirtió que tocarían desde la pena de la derrota fresca, pero esa música que tocaron no sonaba a desolación ni vergüenza sino al canto orgulloso del vencido que sabe que pronto volverá con más. Le daban duro a ese acordeón. Me entraron ganas de bailar. La verdad no me arrepiento un ápice de haberme ilusionado y haber creído que estos pelaos podían llegar hasta el final. Sigo creyéndolo. Este era el mejor equipo del mundial. En cuatro años no nos vamos a dejar.

Baile colombiano

Que la fortaleza se mantenga en Fortaleza

Una vaina bien jodida con esto del mundial es que cuanto más se avanza (cuanto más avanza la selección local, mi selección quiero decir) más grande es el riesgo emocional, más fuerte se sentirá el totazo en el momento en que nos eliminen.

Todas las relaciones, las amorosas, tienen un punto de no retorno, un umbral que una vez atravesado nos deja, sin reversa, expuestos al dolor y al derrumbe emocional. Uno suele saber cuando pasó esa raya o cuando está a salvo todavía, listo para correr en la dirección contraria y así hacerle el quite al dolor.

Es momento de aceptar que ese punto de no retorno lo pasamos hace rato, quizás muy exactamente en el partido del sábado anterior ante Uruguay, es momento también de admitir que La Selección Colombia nos tiene enamorados a todos y que de aquí para allá solo nos espera un corazón roto sin remedio o  un “y fueron felices para siempre”.

Si como dijo mi hermano “el mundo empieza a girar al contrario”, si ganamos este viernes (como de verdad espero que pase), luego la cosa será todavía más difícil de llevar o quien sabe, porque todo ha sido muy bello hasta ahora.  Y no pretendo decir que ya hicimos mucho porque este corazón, como no, quiere más, quiere cantar más goles, ver más bailes, este corazón no quiere dejar de sentirse así: porque la felicidad es el deseo de repetir, dijo Kundera alguna vez.

Me gusta, sobre todo, ver cómo todo esto ha empezado a cambiarnos un poco la cara, el ánimo; hasta en las casas más perdidas de veredas en La Calera, en donde jamás, durante tres años, he visto agitarse una bandera de Colombia, ahora las veo, como si nuestro corazón colombiano acostumbrado a puras porquerías dejara escapar una tímida sonrisa.

Esta tarde en el edificio grande que veo desde la ventana en que trabajo, colgaron dos banderas de Colombia enormes, las veo agitarse con la brisa de la tarde bogotana y ya son para mí un hermoso recuerdo del futuro y hasta me imagino cómo les contaré a otros que viví esto.

Pase lo que pase, venga lo que venga, hay que ponerse mañana la camiseta, alistar el corazón y la garganta, pa’ lo que sea. Es lo más bello que nos ha pasado en mucho tiempo.

Que la fortaleza se mantenga en Fortaleza y que el Castelão nos vea ganar, ante la mirada incrédula de los vaticinadores de tristezas.

Para conjurar agüeros

Cuando llegué al parqueadero del supermercado más o menos reconocí una cara familiar en el tipo que guardaba sus paquetes en la maleta del carro, así que lo saludé con un “quiaaaay… quémaaaas” y una sonrisita, esperando que no quisiera extenderse en una conversación, porque no recordaba muy bien de dónde lo conocía. Él me respondió el saludo con otra sonrisa y un gesto de la cabeza, y siguió en lo suyo mientras yo escudriñaba con insistencia en mi cabeza cuál era la conexión con este conocido. No tardé mucho en caer en cuenta de que había saludado, sintiéndome casi obligada, a Juan Pablo Ángel, un futbolista que nunca en su vida me había visto. Esa anécdota ilustra de forma cercana mi relación con el fútbol. Particularmente con los mundiales de fútbol. A diferencia de cualquier miembro de mi familia, por ejemplo, que cada cuatro años los recibe como al hijo adorado que regresa desde un lugar del mundo diferente cada vez, yo en cambio saludo por cortesía a ese viejo conocido que no me conoce.

Varios factores determinaron esa relación, pero me voy a ocupar de una en particular que me tiene hoy en una encrucijada. A partir de mi ignorancia absoluta sobre el funcionamiento del fútbol como deporte, y ante la imposibilidad de ocuparse de cualquier materia distinta durante las cuatro o cinco semanas que dura un mundial cada cuatro años, abocada sin remedio a ver fútbol, mi único criterio de selección para ver un partido fue siempre la presencia de uno o más guapos en juego. (Excepto, pues, en caso de ser la selección Colombia, que nunca ha tenido mucho para ofrecer en ese terreno, pero en estas circunstancias, valido esa forma de nacionalismo). Y paulatinamente empecé a notar que yo jamás podía celebrar una victoria después de haber visto un partido. Sin excepción, cada vez que le iba a un equipo, este irremediablemente perdía. Los más guapos solo ganaban cuando yo no los veía jugar. Así fue que con harto fundamento se me colgó el agüero de ser “bulto’esal”. Creo que la confirmación definitiva fue la eliminación de Italia en el mundial del 90. La selección italiana de ese año era como el equivalente de un desfile de Victoria’s Secret para chicas, y en especial Roberto Baggio, que encabeza mi listado personal de futbolistas guapos de todos los tiempos. Yo no me quería perder el show, pero por supuesto, los vi perder. Los últimos partidos que recuerdo haber visto en mi vida fueron los dos primeros que jugó Colombia en USA 94, y ya se sabe cómo nos fue.

Ahora, la encrucijada de hoy es que tengo la convicción de que la selección nacional ha podido ganar todos los partidos que ha jugado en Brasil 2014 solo porque yo no los he podido ver. La transmisión en Australia es a unas horas criminales, como las 3:00 a.m., por ejemplo, que no da ni para trasnochar, ni para madrugar. Pero ahora, en un gesto que ellos consideran de solidaridad, mi esposo y algunos amigos, han organizado una mañana colombiana para el próximo sábado a las ¡6:00 a.m.! Quieren que tengamos un desayuno colombiano (!?) mientras vemos el partido. Yo he tratado con insistencia de explicarles los fundamentos de la ciencia agorera y de las terribles consecuencias que puede acarrear este despropósito, pero ellos creen que es simple folclor. Incluso me proponen como solución que esté ahí, aunque no vea el partido –como si fuera posible–, pero ahora, además, estoy segura de que no es suficiente con que no lo vea; también es necesario que yo esté dormida para que ganen.

Como no le veo salida alguna a este compromiso, solo quise dejar constancia por escrito de las disculpas que de antemano tengo que ofrecer a la selección colombiana de fútbol si llego a interrumpir su espectacular ascenso. En lo profundo conservo la esperanza de que manifestando por anticipado mis reservas se logre conjurar ese sino, aunque a quién pretendo engañar; los que sabemos de agüeros entendemos que hace falta mucho más para lavar un bulto de sal.

Patrón

Mario Albeiro

Quería ser delantero, quería hacer goles, soy un 9, decía. Pero terminó de 3, evitando los goles de los otros, organizando la defensa, barriéndose con dos piernas como un kamikaze de precisión milimétrica, preparando las salidas, anticipando, imponiéndose en los aires, con el brazalete de capitán en el brazo.

En 1975, Jorge Ben le cantaba, con un cariño memorable, al que nadie le canta: Mas para ser um bom zagueiroNão pode ser muito sentimentalTem que ser sutil e eleganteTer sangue frioAcreditar em siE ser leal. 

La seguridad que nos da Yepes permite que los muchachos que están de la mitad de cancha para arriba hagan su trabajo, hagan lo que saben hacer, se diviertan.

Treinta y nueve años después (uno más que Yepes), sigue cantando Jorge Ben, pidiéndole al defensa central que limpie el área, primero, y que, salga jugando después.

Este tema para Don Mario Alberto Yepes, patrón de la zaga, nuestro Zagueiro. Con sentimiento.

 

 

La llave

Tiene algo de poético, supongo, jugar un mundial en Brasil, nación del fútbol poético, y que después de una primera ronda llena de goles y emoción y súper potencias eliminadas, estemos hablando de que es de lo mejor que hemos visto en mucho tiempo. Que la gane cualquiera, igual este mundial será nuestra Winnie Cooper.

Exagero. Estaba mirando la llave y lo que hay y lo que queda.

La llave del lado izquierdo se ve terrible. Todo un juego de tronos. Ganando los (bueno, “mis”) favoritos tendríamos en cuartos de final a Brasil, Colombia, Francia y Alemania y que sea lo que dios quiera. Si uno de estos se queda atrás el envalentonado que ocupe el lugar vendrá con el impulso del de aquí en adelante todo es ganancia. Brasil la anfitriona no te vayas tan ligero quedate para que el resto podamos mirar con suspiro y desdén al infinito anhelando el jogo-bonito del que tanto nos hablaron nuestros padres. Francia la de los uniformes bonitos por la que no tengo nada que decir porque francamente no pensé que llegarían hasta aquí, vaya sorpresa. Alemania el Mannschaft de la tierra del casi pero nunca jamás que no gana serio desde que éramos jóvenes de otra vida seguirá un poquito más para darnos tiempo de por fin entender qué diablos hace Lahm jugando de mediocentro. Y Colombia, que si a ustedes no les choca, a mí en lo personal me gustaría que se quedara por estos lados digamos hasta mediados de Julio.

La llave del lado derecho se ve terrible. Todo un juego de tronos. Holanda la que nunca gana renunció al balón a cambio de defensa y vértigo de parte del velocista Robben y hasta Cruyff se ofendió porque hágame el favor pero la vaina funciona así que cómo le hacemos. Costa Rica que qué diablos hace acá renunció a la idea de defender el cero por una urgencia más schopenhaueriana, adelante que la vida es corta y llena de frustraciones y lo único que nos queda es el arte y la irreverencia. (Exagero.) Argentina que si por favor me dejan seguir creciendo seguro que lo van a agradecer pero por favor tengan paciencia no tendrá mayores problemas con Suiza. O de pronto al contrario. Todo dependerá de Messi, en lo que será la búsqueda introspectiva del yo más seria que el mundo haya visto desde aquella vez que mi mamá pidió que si iba a ser gay que le avisara con tiempo. Y Bélgica y Estados Unidos seguirán preguntándose qué hacen ahí y nosotros también.

Algo asombroso

 

Leo Cómo no te voy a querer y me emociono. Leo Esto se puso serio y me emociono.  Tengo que decir que igual me levanté esta mañana todavía borracho, de goles y hasta de esperanza. Y de trago.

Salí a desayunar a un bar y recordé la mañana del 12 de junio, cuando todo esto arrancó:

En La Timbale, un bar cercano a mi casa me tomé no uno sino dos vasos de jugo de naranja recién exprimido. El precio, exorbitante. Mi actitud, hubiera pagado veinte veces más caro. Sin problema. El sol me pegaba en la cara. No me gusta el sol en la cara. Me gustó. Fui feliz. Leí L’Equipe y discrepé violentamente, en silencio, con ciertas alineaciones. Leí la entrevista a Miralem Pjanic. Su padre, jugador de la tercera división de fútbol yugoeslava, abandonó lo que sería Bosnia pocos meses antes de la guerra, a los 24 años, gracias a un contrato del FC Schifflange 95, club luxemburgués, donde Miralem comenzaría jugar como cadete. Hoy Pjanic tiene 24 años y juega el Mundial para un país que no existía cuando él nació. El fútbol, me dije.

Esa mañana temí las zancadas maravillosas de Yaya Touré.  Ayer ni siquiera tuve pesadillas con el hambre desaforada de ese entrañable loco que es Luis Suarez. Esa mañana, a mi izquierda, en la terraza de La Timbale, en la mesa de al lado, un travesti, ecuatoriano, apuesto, con un chihuahua, peludo, peludísimo. A mi derecha, un viejito que tomaba apuntes en una hoja A4 doblada por la mitad. Apoyaba la hoja en un libro. El lomo del libro me decía el título. Traduzco: Manual del nuevo evangelizador. Editorial Salvador, en mayúsculas. Las notas las tomaba mirando al horizonte (que era una lavandería al otro lado de la calle). Esto debe significar algo, intuí.

Pensé en Xuxa, Xuxa cantando y bailando, Xuxa mirando con ojos brillantes de deseo a Ayrton Senna, Xuxa viviendo durante seis años con Pelé, Xuxa rechazando la proposición de matrimonio de Michael Jackson, Xuxa diciéndonos, con una sonrisota y botas de cuero rojo hasta las rodillas, “Es la hora, es la hora, es la hora de jugar.” Y sí, estamos jugando. Y de qué manera.

Sin transición, pensé que James no había nacido cuando Colombia llegó a octavos por primera vez.

Veinticuatro años, nos decimos. Yo tenía seis años y me acuerdo de ver el partido contra Camerún sentado en la cama con mis papás, los tres en piyama, tomando jugo de mango en leche.

Que veinticuatro años no es nada, qué febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra. Canto. Y sí, sentir, que es un soplo la vida. Un soplo de vida. Como el cuento que Clarice Lispector le contaba a sus hijos y que comenzaba por “Érase una vez un pájaro” y que nunca terminaba porque, Clarice, abrumada por tanta belleza, debía detenerse tras pronunciar esa sola frase.

Le escribí entonces, desbordante de alegre cursilería asumida (que sigue intacta), a unos cuatro o nueve amigos, desperdigados, I believe it is the beginning of a beautiful month, y, a otros tantos, sucederá algo realmente asombroso.

Esa mañana, no paraba de pensar en la celebración de Marco Tardelli en el 82. Pensaba en esa celebración como si fuera el último gesto humano que debiera quedar antes del fin del mundo.

Esta mañana pienso, ahora que empieza la hora de la verdad, que un gesto tan conmovedor también puede ser nuestro. Y hasta con más swing.

Me siento terriblemente humano.

Tres frases de Bielsa y una eliminación

Iniesta y Bigotón

“En el fútbol eso es muy significativo: se trate del estilo de que se trate, saber actuar de acuerdo a lo pretendido no es sencillo.” Eso lo dice Marcelo Bielsa.

Estos dos hombres, Iniesta y el bigotón que esconde este abrazo, nos hicieron pensar que lo que propusieron durante un Mundial y una Eurocopa era no sólo posible, sino sencillo, tan estético y eficaz. Como un pase al vacio de Iniesta.

“El fútbol es el primer deporte del mundo, es el deporte más atractivo para todos los continentes. Si yo tuviera que decir por qué sucede eso, es porque no siempre ganan los poderosos.” Eso también lo dice Marcelo Bielsa.

El reino de España duró seis largos años. Cuando Chile lo derrumbó, incluso los que disfrutamos de él, celebramos. The times they are a-changin’, cantamos brindando, llenos de regenerada incertidumbre.

“Les voy a leer lo que para mí es el fútbol: éramos todos muy amigos, nos gustaba jugar juntos, la pasábamos bien reunidos, intentábamos hacerlo lo mejor posible. Atacar mucho y luego recuperarla con la ilusión de volver a atacar, y esperábamos la compañía de la suerte. Ése es el fútbol, muchachos.” Sí, Marcelo Bielsa, una vez más.

Recordar las ganas intensas de querer salir a la calle a gambetear postes de luz y peatones después de ciertas victorias llenas de triangulación, posesión y asombro. Con los amigos del barrio.

Abrazos no hay sólo de gol. Por suerte.

 

Llegar a octavos

 

Los mexicanos se clasificaron al Mundial de Brasil la noche en que Panamá se inundó de lágrimas. Su archirrival del norte de la frontera fue, además, su salvador. En un partido inverosímil (y por ende siempre tan probable en la dinámica de lo impensado que es el fútbol), un equipo de Estados Unidos  sin sus principales estrellas privó a Panamá de su primera alegría mundial.

Por un lado, México perdía 2-1 contra Costa Rica. Por el otro, Panamá empataba a un gol con Estados Unidos. Era el minuto 64 de ambos partidos. Era el 15 de octubre del 2013. En el minuto 83, México pierde todavía, después de unas eliminatorias desastrosas, y un tal Luis Tejada marca el 2 – 1 para Panamá, que nunca ha estado tan cerca, que tiene en sus manos, por primera vez, la opción de pelear por ese ansiado cupo contra Nueva Zelanda en el repechaje, que está eliminando a México y haciendo sufrir a cuanto agente de viajes azteca que había planeado hacer fortuna con sus packages todo incluido dirección Rio de Janeiro, que está destrozando la última esperanza de un país que siempre ha sido asiduo al fiestón del fútbol desde 1994. Pero llega ese despiadado tiempo después del tiempo que comienza después del 90. Y aparecen dos apellidos que todos nosotros olvidaremos, seguro, nunca oiremos, tal vez, pero que quedarán grabados en las pesadillas y en el remordimiento de todo panameño que vea con ojos brillantes un balón rodar: Zusi y Johansson. Zusi el empate en el 91 y Johansson la derrota, porque estamos hablando de la derrota de un país y no de la victoria de otro, faltando veinte segundos para el 93.

La noche en que Panamá se desploma, México revive. Despachan sin problema a los neo zelandeses y llegan a Brasil. Ayer, en el 3-1 contra Croacia, los mexicanos demostraron, una vez más, que saben luchar y que pulmones y huevos tienen de sobra.  Tienen también, por suerte, una oferta de pases verticalizada que llega después de haber ido para la derecha, para la izquierda, para atrás, creando triángulos con ángulos imposibles que se cuelan entre las piernas rivales mientras Guardado y Herrera corren como pájaros por las bandas. Los mexicanos, parece ser, no se han olvidado por completo de ese tal Lavolpe que hacía escribir a un Guardiola enamorado sobre novios y salir jugando. El gol  y la presencia, sobretodo, de Rafa Márquez nos ayuda a no olvidarlo.

Pero con tanto ímpetu México también, claro, se equivoca y es ahí donde el riesgo inunda aún más sus partidos y cualquier tipo sentado en un sofá que tenga un mínimo de interés por la épica o la tragedia absoluta decide cambiar de canal para dejar que Brasil siga su camino solo, por su lado. Y México camina en la cuerda floja, yendo y viniendo, mirando hacia abajo, saludando al público, con una sonrisa, lleno de confianza en medio del aire, siempre a punto de caer, pero flotando.

Y México gana y vemos a Miguel Herrera al borde de una explosión, literal, de alegría. Y se califica a octavos de final.

Herrera

Y ahí recordamos: 1994, México pierde en octavos contra Bulgaria. 1998, México pierde en octavos contra Alemania. 2002, México pierde en octavos contra, sí, Estados Unidos. 2006, México pierde en octavos contra Argentina. 2010, México pierde en octavos contra Argentina de nuevo.

A Cruyff le gusta preguntarle a la gente cuando viaja por el mundo quién perdió la final del ’74. El 90% de la gente responde sin hesitar Holanda, dice. Somos los únicos perdedores de los que se acuerda la gente, desde hace cuarenta años, dice. Hemos establecido un record único, dice. Pero México no es Holanda, esa Holanda, ni su sombra, pero algo hay de hermoso y terrible y único en esos cinco octavos de final perdidos. México tiene la extraña (iba a decir admirable) cualidad de siempre perder con la frente en alto. Por ahora todos sabemos que México sabe perder y con una sonrisa ladeada y adjetivos enfáticos nos acordamos con alegría de ellos. Algún día también sabrán ganar, pero como fútbol no rima ni rimará nunca con justicia, el momento de ganar deberá ser en unos pocos días contra Holanda (esta Holanda, no esa), llenándonos de vértigo, ojalá, sino podemos pasar una vida entera esperando a clasificar a un Mundial, a pasar de ronda, escribiendo ese libro que no avanza, queriendo cambiar de trabajo, esperando a que ella dé el primer paso.

Esperando ese partido vuelvo a los 17 años, pensando en todo esto y en quién sabe qué más, igual da, y gozo, todavía, con Die With Your Boots On, de Maiden.

Cine y Fútbol: “Beats of the Beautiful Game”

Siguiéndole la pista al proyecto “Pepsi: Beats of the Beautiful Game”, una muestra de once cortometrajes realizados a propósito del Mundial Brasil 2014, les presento los videoclips lanzados en Latinoamérica hasta el momento:

–          The Game, de Kelly Rowland. Cortometraje de Spike Lee.

http://www.youtube.com/watch?v=59aUxXn-BO4

–          I Will Never Let You Down, de Rita Ora. Cortometraje de Diego Luna.

http://www.youtube.com/watch?v=Z3R7BQ_hdnI

–          Heroes, de Janelle Monáe. Cortometraje de The Young Astronauts.

http://www.youtube.com/watch?v=3HS6Jh3O6r4

–          Pura Vida, de Don Omar. Cortometraje de Jessy Terrero.

http://www.youtube.com/watch?v=5xieljfBC5g

–          Unstoppable, de R3hab y Eva Simons. Cortometraje de Idris Elba.

http://www.youtube.com/watch?v=kng5E-ITyyU

Me reportaré próximamente con los seis restantes. Segunda parte.

Sonroja

Hace un rato en el centro vi una estampa que nos resume: un anciano indigente y alcoholizado cargando a la espalda una mochila llena a rebosar de banderines de España. Somos la roja, decía con cierto énfasis pero con la voz rota. Inmediatamente pensé que algún mayorista chino le había regalado al hombre una porción de banderas para que tratara de venderlas y se ganara la vida. Pero tan improbable es que el hombre venda esas banderas ahora como que un chino de Madrid le regale algo a alguien. Ahora todas esas marquesinas que muestran a Ramos victorioso en actitud de ataque son el fiasco de espónsores y publicistas y el bochorno de los aficionados. Peor no se pudo jugar.

La proclamación del nuevo rey ha coincidido con la derrota de España en el mundial y en cierto modo es bueno que así sea. No necesitamos esa clase de euforia. Nos han colado al nuevo Borbón sin preguntarnos, como era previsible, y la Gran Vía está llena de banderas de España de grandes dimensiones, lo que resulta muy grotesco para los españoles de varias generaciones. Me repugnan las banderas en general pero especialmente la del país en que nací. Mucha gente aquí no puede agitar la bandera nacional sin sentir que lo que está agitando en realidad es el fascismo de Franco.

Y por otra parte Maradona tienen razón: el bigotón se equivocó. No hubo ni equipo ni juego. En casa dicen que como el Barça acabó la selección acabó. Dejo ahí esa polémica.

La alegría no es solo brasilera

Hoy hace exactamente 24 años grité el primer gol de mi vida con verdadera emoción, fue este:

 Mi abuela todavía estaba viva, la casa no estaba remodelada y yo era una niña cerca de la adolescencia, mi hermano quizás ya iba a la universidad, no lo recuerdo ese día en la casa.

El gol de Alemania se sintió como una puñalada en el corazón pero el gol del empate de Rincón fue de pronto el momento más bello de toda esa década, un gol que era la única alegría que, como país, sentíamos en muchos años.

Un empate con sabor a triunfo brutal, un gol que nos aliviaba la tristeza, que desdibujaba por un momento el aura de enorme dolor que rodeaba al país en esos durísimos años entre estallidos de bombas y asesinatos promovidos por los narcos. Solamente el año anterior habían matado a Luis Carlos Galán e hicieron estallar la bomba del DAS que alcanzó a mover las tejas y los cimientos de mi casa, a unos 8 km. del lugar. Solo por hablar de un par de asuntitos que marcaron a toda una generación de colombianos.

Crecí acostumbrada a creer que éramos una generación condenada a puras mierdas malas, a que en los deportes siempre cada pequeño triunfo nos costara mucho, a que cada diminuta cosa buena que nos pasara tuviéramos que celebrarla y sentirla hasta la médula porque todo lo que pasaba en nuestro diario vivir era suficientemente malo. Que siempre nos faltaban cinco para el peso, que todo lo del pobre era robado, que la alegría era solo brasilera, que no teníamos motivos para reír. Que sí los teníamos ya matarían a alguien, ya estallaría una bomba en algún lugar.

Vi el gol de Rincón ese 19 de junio una y otra y otra y otra vez. No me cansé, lo vi en todos los noticieros, en todas las repeticiones, por tres y cuatro días. La emoción y el grito de Fredy Rincón, que era la emoción de todo un país, me impresionaron profundamente, emoción que reencontré hace apenas un par de años en una exposición el Museo Nacional, en donde estaba esa emblemática foto en gran formato.

fredyrincon

Acerca de la expo decía el Museo Nacional:

Después de 28 años de no participar en un Mundial, el 30 de octubre de 1989 la Selección Nacional dirigida por Francisco Maturana logró clasificar tras dos partidos de repechaje contra la Selección de Israel. Esto ocurría durante uno de los periodos más violentos vividos en Colombia: tres candidatos a la presidencia fueron asesinados entre 1989 y 1990, se produjeron varios atentados contra instituciones como El Espectador y al DAS, además de masacres, secuestros, extorsiones y amenazas a la población civil. El mundo del fútbol nacional no estuvo exento de esta coyuntura. El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado el árbitro Álvaro Ortega después de haber pitado un partido en Medellín, hecho que -sumado a la violencia vivida entonces en el país- condujo a la suspensión del campeonato colombiano de fútbol durante ese año. Con ello, la participación de Colombia en el Mundial de Italia 90 se constituyó en mucho más que un campeonato deportivo para los aficionados, se transformó en el símbolo nacional por excelencia, un símbolo que muchos quisieron vincular con la esperanza, la alegría y la paz.

Un país hecho de fútbol – Museo Nacional de Colombia

Nunca me voy a cansar de ver ese gol, porque sin duda debe haber sido el momento más feliz esos tempranos años de mi vida. La primera vez que sentí la verdadera emoción del fútbol y de un gol de mi selección.

Hoy, 24 años después, el día del aniversario de ese gol, otra vez canto los goles de Colombia, mi grito sigue siendo tan genuino como ese primero y nuestra alegría (la de todo un país) parece otra, una más madura y menos contenida, parece que pese a todo no nos resignamos a la tristeza. El aire parece otro, algo huele muy parecido al tímido renacer de la esperanza.

Todavía nos cuesta ganar pero ya no parece tan imposible como antes. Ya hasta le mostramos al mundo entero cómo es que se baila en esta esquina del continente. La alegría no es solo brasilera.

 

 

El peor enemigo del hincha es la sal: siete tips para vencerla

Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir la suerte de los dánaos y de Troya.

Urdiéronla los dioses, que hilaron su perdición, para que los venideros tuvieran asuntos que cantar

La Ilíada

El hincha se define por su irracionalidad.

Pese a que sabe mucho sobre estrategias, acumula una incansable cantidad de datos de cotejos pasados, sabe las alineaciones perfectas e identifica exactamente cuál fue la falla de ese cabrón del técnico que en suma fue la causa de la debacle, sabe en lo más hondo de su ser que el juego depende en gran medida de la suerte y que una gran dosis de esta es necesaria para triunfar.

Por eso el enemigo supremo del hincha no es el árbitro, no es el mejor jugador del otro equipo ni el que más pata da, no, el enemigo supremo, el que hay que vencer a toda costa es “la sal”.

Nuestro corresponsal en Brasilia, desde el estadio Mané Garrincha, hincha redomado, hincha de muchas batallas (ganadas y perdidas) en una breve entrevista concedida esta mañana nos ha confiado algunos de sus secretos para espantar la sal:

1. No ir estrenando, ni siquiera un cordón. Es de comprobada pésima suerte.

2. Si alguien canta un gol antes de que pase la línea de gol, este no sucede.

3. Hay que odiar al árbitro siempre.

4. Es necesario usar la misma ropa del partido anterior que se ganó. Debe entenderse como un mandato radical: hay que usar las mismas medias, la misma ropa interior, sobre todo eso.

5. Si algún amigo dentro de su grupo está identificado como “la sal” no hay que dejarlo ni escuchar el partido. Ahora bien ¿cómo saber si alguien es la sal? eso se sabe y todos empiezan a decirlo (cuando el río suena piedras trae).

6. No se reza, pero se invoca a dios en situaciones complicadas con un ¡dios mío, por favor! seguido de lo que uno necesita (solo se piden cosas positivas).

Sobre todo cuando Drogba corra solo hacia el arco de Colombia, ahí hay que pedirle a dios que se abra un hueco en la cancha y desaparezca, algo así de positivo.

7. No desear lesiones, porque los que juegan, así sea en un potrero, siempre piden por la salud de todos.

Entonces: ¡dios mío, por favor, que en esta cancha ganemos hoy!

mané garrincha

Zancadas de marfil

 

Francesco debería haber sido hincha de la Sampdoria (nació en las cercanías de Génova, de padres genoveses) pero es hincha del AC Milan. ¿Por qué?, le pregunto. Mi papá  no miraba mucho fútbol, a mi hermano no le gustaba, y yo me encontré de frente, un día, de repente, con Van Basten, Rijkaard y Gullit. La decisión fue fácil, la tentación de querer querer a ese trío de holandeses era muy alta.

Yo entiendo a Francesco porque soy hincha del América de Cali. Papá costeño, mamá  bogotana con familia ocañera, infancia en una isla y vuelta a Bogotá para empezar el colegio. Mi Pa no me heredó ningún equipo y, así hayamos disfrutado docenas de partidos juntos delante de la tele, él siempre prefirió que saliéramos al parque con el frisbi o con nuestros guantes de béisbol, Spalding el suyo, Wilson el mío, que con el balón de fútbol.

Escoger ser hincha del América, a los 7 u 8 años fue, creo, a pesar de que América era en esa época un equipo lleno de brillo y de victorias y de Freddy Eusebio Rincón, un primer acto de disidencia consciente que me valió rotundos reproches de la parte de primos y tíos fervientes del Junior e incomprensión y ceños fruncidos de la parte de amigos de la primaria que eran fieles a alguno de los dos clanes de la capital. Pero ya no había vuelta atrás, yo cantaría los goles de ese gigante que es Antony El Pitufo de  Ávila.

Con el América perdimos entonces cuatro finales de la Copa Libertadores, tres de las que no me acuerdo y una, que me hizo llorar desconsolado solo en mi cuarto, con 12 años, cuando Crespo crucificó a Oscar Córdoba. También ganamos, antes y después.

Y el recuerdo de ir al estadio, al Campín, para ir a ver a La Mechita jugar de visitante en Bogotá, con miedo de que nos pegaran a la salida, orgullosos de estar, vestidos de rojo varios amigos del colegio, ninguno de Cali, cada uno convencido y fiel a nuestro escudo endiablado por alguna razón misteriosa que nunca discutimos, para celebrar todos juntos esa tarde de aguacero ese golazo de tiro libre de Jersson González en ese partido intrascendente, que terminaría en empate, pero que fue festejo memorable, con el delincuente que llegaba de Cali con el Barón Rojo, con el mono que cantaba y alentaba como nadie, con cada uno de mis amigos, con el calvo que olía a sudor rancio, con el mechudo que estaba tan fumado que no podía ni tenerse en pie, con el gordito que cargaba su hijo en los hombros, con el que no pudo contener dos lagrimones, ese festejo que fue un abrazo total con todos esos desconocidos que queríamos la misma cosa, algo tan simple y tan complicado como ver el balón de Jersson acariciar la red que estaba enfrente nuestro.

Francesco me dice que ya no siente al Milan como antes, que le cuesta Berlusconi, que la euforia sin timón del grito de gol, de cualquier horroroso gol de Pippo Inzaghi le hace falta. Yo le confieso que veo a la Mechita cada vez más desde la lejanía, cada día, desde hace años, de forma más diluida. La siento como mi primera novia, fue la primera a la que le dije te amo y tal vez por eso todavía la sigo queriendo tanto, pero ya nos escribimos poco, nos vemos menos, nos seguimos queriendo tan solo en la importancia del pasado compartido. Tal vez ya diez años fuera de Colombia no ayudaron tampoco mucho a la relación. Quién sabe.

Pero ahora pienso en otro abrazo, aún más grande, casi 15 años después de ese día en el Campín vestido de rojo, otro abrazo que queda, que fue hace tan sólo cinco días, ese 14 de junio que sigue tan cerca y parece tan lejos, pero ahora vestido de amarillo, un amarillo que me tocó, que no escogí, un amarillo que no es novia sino madre y que me emociona y que me conmueve y que me hace sufrir, tanto, y que es, tal vez, el único tipo de nacionalismo que no me asusta ni me molesta ni me aburre y en el que me tiro irremediablemente de cabeza. Ese abrazo fue con otros nuevos desconocidos y otros viejos amigos en un bar de París, Le Bootleg, cuando Pablito Armero salió corriendo hacia la esquina diciéndoles a todos por acá, muchachos, por acá es la fiesta.

En el alboroto de la celebración del tercer gol, el de James, alguien me reventó la nariz de un codazo y manché de sangre el top rojo clarito de la novia alemana de un tipo. También se me cayó al piso una pinta de cerveza recién comprada que le mojó los pies a los que andaban en chanclas. Mi nariz va bien, gracias. El vaso se rompió.

Hoy, desde que me levanté, pienso en la fiesta en potencia pero siento que las tan, pero tan espeluznantemente bellas zancadas de Yaya Touré no están muy lejos. Expectante, tiemblo.

¡No me importa en que lío se meta Maradona!

Maradona no es una persona cualquiera

es un hombre pegado a una pelota de cuero

tiene el don celestial de tratar muy bien al balón

¡es un guerrero!

De una canción popular.

 

Grecia es la cuna de casi todas las cosas bellas que occidente conoce, entre ellas y según yo (parece que el aburrido de Hegel también lo pensó así alguna vez) su mejor invento: el individuo, entendido como el ser humano que es algo más que carne y  un soplo de aire que es su alma, el ser capaz de crear y brillar, de destacar por su talento.

En la era del llamado pensamiento prefilosófico, ese en el que los atenienses y espartanos todavía creían en el influjo de los dioses olímpicos en sus vidas, las jerarquías estaban establecidas de una forma muy sencilla: ariba, en el Olimpo,  Zeus y todos sus amigos; abajo, los simples mortales; en el medio la raza heróica o de los semidioses, una suerte de híbrido, una instancia a medio camino entre la vil materia sujeta a corrupción de la raza humana y el néctar y la ambrosía, alimento de los dioses.

Sin ir muy lejos en etimologías (que son buenísimas para explicar cosas) esos héroes acometían hazañas fantásticas, como robar manzanas de oro del jardín de las hespérides o arrancar la cabeza de la medusa y como recompensa a tanta maravilla los dioses les regalaban la inmortalidad.

Después los griegos, en teoría, dejaron de creer en dioses y semidioses, en mitologías, y se inventaron a los individuos: los grandes poetas, los grandes sofistas, los grandes filósofos que hicieron casi todo lo que hoy en día es occidente.

Mi interpretación del mundo es parecida, aunque engloba muchas más jerarquías en lo que al talento se refiere:

 

MORTALES

1. Yo

2. Gente talentosa

3. Gente brillante

4. Gente maravillosa

5. Gente genial

SEMIDIOSES (de menor a mayor en orden de importancia)

6. Michael Jackson

7. García Márquez

8. Héctor Lavoe

9. Los Beatles

10. Maradona (casi dios)

EL OLIMPO

Zeus y sus amigos

Sí, Maradona es para mí el iluminado supremo, el único 10 que conoció la humanidad. El 10 arquetípico, el 10 de la tetractys (número perfecto de los pitagóricos pues es el resultado del  uno más el dos más el tres más el cuatro).

Se preguntarán ustedes ¿de dónde tanta admiración?

 

Cosa que uno no entiende es que haya gente, que no individuos como es individuo Maradona, que crea que García Márquez tiene que hacer acueductos y que  EL 10 tiene que ser un modelo de virtud.

¿En serio además de ser el más genial entre mucha gente genial hay que ser una gran persona?

¿En serio además de anotar ese gol tocaba hacer algo más en esta vida?

Barrilete cósmico ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés? ¿Cuál diosa te engendró?

Cantemos.

El equipo de todos

El vecino de acá al lado me dice que en este mundial sigue a Estados Unidos, cómo no, pero la fuerza lo que se dice la fuerza la hace cuando juega Inglaterra. “Es que de allá es mi papá”, me aclara. Un amigo brasileño y su esposa colombiana, me cuentan, han encontrado en el equipo estadounidense un breve territorio neutral entre tantas diferencias de sentir el fútbol. Hay un hijo de por medio, nacido acá y para efectos prácticos criado también acá, que ahora tiene que balancear su gusto futbolístico entre tres equipos. Nadie sabe cómo manejar esa situación. En la fila del almuerzo una doña comentaba que había celebrado el gol del triunfo del otro día ante Ghana casi pero no tal cual como celebra los de su natal Mexico. “El tri es otra cosa” explicaba. Con ese tono en que de ser necesario uno explicaría una infidelidad. Fue una aventura nada más, un desliz, qué sé yo, pero no significó nada en realidad.

Acá en este país en donde todo el mundo viene de otra parte el equipo local es el equipo de todos. Sirve que no es muy bueno. No faltaba más. No faltaba más que el imperio de todo lo demás fuera también el dominador de lo único que nos queda. Sirve que es un equipo inofensivo, al que le podemos ganar. Supongo. Lo vemos jugar con cierta ternura. Nos da curiosidad esa actitud tan autóctona del vamos a pretender que somos los mejores a ver a cuántos podemos engañar, o ese rombo en el medio campo tan anacrónico, o ese técnico alemán, de khakis, polo y tenis, ya acostumbrado a las maneras californianas, tan relajadas ellas.

El fútbol, a veces, ignorando realidades.

Respuesta a la pregunta ¿qué es un gol?

…Por eso sin duda los ojos de los vencedores son tan luminosos y sus piernas tan ágiles y tan vitales.

Luis Tejada – Elogio de la Guerra

Dijo un amigo que hace poco, leyendo a Foucault, descubrió que vivimos en el imperio de los signos, lo que quizás quiere decir que vivimos rodeados de problemas que solo tienen importancia en un nivel de representación: la macroeconomía, la deuda externa, la inflación, el resultado de Colombia vs. Grecia.

¿Por qué la gente rompe los billetes falsos? ¿Por qué sentimos durante un partido de fútbol que  lo más importante del planeta es es que esa esfera que gira traspase una línea y haga mover una red mientras el arquero yace tendido en el piso, literalmente vencido?

Se trata de convenciones, de acuerdos públicos, de asuntos sobre los que todos nos hemos puesto de acuerdo para vivir una ficción  a la que tozudamente llamamos realidad.

Podríamos argumentar, si esto fuera un blog a bu rri dí si mo, que el fútbol es la más alegre y genial representación de la guerra, la mejor forma que encontramos los hombres para dejar fluir nuestro instinto asesino sin derramamiento de sangre, pero que siendo serios nadie debería tomárselo tan a pecho, no tanto como para llorar amargamente, ni como para decidir morir o matar o temblar o dejar que sus manos suden o que su corazón se agite o que su grito le haga doler la garganta.

Dijo Platón en un diálogo muy hermoso, llamado Timeo, que el demiurgo (el artífice del mundo) lo había creado como la más perfecta de las figuras:

 Así pues dio al mundo la forma de esfera y puso por todas partes los extremos a igual distancia del centro, prefiriendo así la más perfecta de las figuras y la más semejante a ella misma; porque pensaba que lo semejante es infinitamente más bello que lo desemejante. Y alisó con cuidado la superficie de este globo por varios motivos.

Platón, Timeo

Después de crearlo lo puso a andar, pero no de un soplo, ni mediante el verbo. La explicación de cómo empezó todo, en la cosmogonía inventada por Platón es poco clara.

Se me antoja sin embargo, para completar esa explicación oscura, que el demiurgo imprimió movimiento al universo de una simple patada, desatando eso que los científicos insisten en llamar el big bang, un movimiento que todavía no acaba y en cuya eternidad estamos suspendidos, de la misma forma en que los segundos entre la patada y el gol parecen no acabar nunca y adquieren un halo de divinidad.

Y que cada vez que la esfera pasa la línea e infla la red y gritamos GOL somos eco de ese primer momento que todavía resuena aunque no lo escuchemos, se despierta el guerrero que duerme apaciblemente dentro de nosotros, a imagen y semejanza del aburrimiento y la rabia del demiurgo.

Decía Platón, también en El Timeo, que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. ¿Quien podría negarme, dado todo lo expuesto, que la imagen móvil de la eternidad es más bien un gol? ¿Que cada grito de gol nos hace sentirnos infinitos, invencibles, vencedores, dichosos, en suma, inmortales, inmunes e impasibles frente al tiempo?

fredyrincon

 

Y al final siempre ganan los alemanes

A cuenta de un apellido alemán, en la casa de mi abuela en los mundiales se iba por Alemania. Porque éramos alemanes. Porque Alemania, sencillamente, era mejor. Mucho antes de Gary Lineker, mis tíos ya sabían que al final los alemanes siempre ganaban. Ganábamos.

Esa primera persona del plural me daba muchos problemas, para empezar porque lo de ser alemán no me parecía verosímil: no hablábamos alemán, no vivíamos en Alemania, desayunábamos con arepa. Por desgracia, nada sacaba a relucir tanto la prepotencia germanófila de mis tíos como la Copa del Mundo. Eso selló mi destino: desde el primer mundial del que tengo memoria he ido por cualquiera excepto por Alemania.

Con sigilo en España 82. Con vehemencia en México 86. Y con patriotismo, por fin, en Italia 90.

Porque para mis tíos el que Colombia después de veintiocho años volviera a un mundial era irrelevante. Ellos no estaban esperando a que Colombia fuera al mundial para tener equipo, ellos ya tenían uno, el que siempre ganaba. Así que cuando Colombia quedó en el grupo de Alemania, lo que dijeron fue:

—Les vamos a meter cinco.

Pero no nos metieron cinco: empatamos. El que Alemania después ganara el mundial, de penalti, «polémico», era irrelevante. Para mí.

Y así, a cuenta de unos tíos que se creían alemanes, terminé aficionándome a vivir los mundiales en contra de la estadística. Porque los alemanes no ganan siempre, pero suelen ganar. Alemania ha sido finalista en 2002 y semifinalista en 2006 y 2010. Mis tíos están convencidos de que ya toca. Otra vez.

Y ayer Pepe les dio la razón. No fue el único.

 

Pitonisas del Highball

Mamen y Leo_1

Mamen y Leocadia llegaron al Bar en el minuto 35 cuando España todavía iba ganando y los parroquianos celebraban dominio y recuperación de viejos reinos con reyes nuevos y cervezas viejas y cervezas van y cervezas vienen euforia y energía buenos pases casi dos cero y sin embargo ellas se abren paso como dos viejas glorias del bingo lo harían sin prisa pero sin pausa arramplando banquetas ajenas y espacio suficiente para el luto riguroso como si hubiesen leído lo que estaba escrito

Mamen y Leo casi al unísono dijeron al camarero que estaban allí de penitencia y no podían beber que les pusiera por tanto unas copitas de tinto (para los cristianos viejos el vino es alimento) de espaldas al mundial pero de frente al mundo la pantalla a ellas no les dice nada sin embargo aquellas patas negras de jamón patarriba al fondo de la barra son el gol del empate

y aquella mancha de mercurocromo en el brazo derecho de qué es marca tal vez la señora padece una suerte de lupus eritematoso y resulta que es la bandera de España pintada con carmín y llega el descanso para los jugadores y para ellas mismas que vienen de muy lejos del Valle de Baztán o de Zugarramurdi con esa resignación y esa mirada de otro tintorro gracias y otra tapita de chorizo

pero quedan 45 largos minutos para encarrilar que somos los campeones y Flandes fue nuestra no lo olviden como siempre nos recuerda el ABC y Casillas el santo pero qué le pasó a ese muchacho después de parir a un carbonero se quedó como petrificado ni patrás ni palante las malas lenguas dicen que le ha afectado mucho la calvicie prematura y que ha probado con todo tipo de pelos de animales exóticos o de mal Agüero la Mamen pues pide otro tintorro porque tiene apetito y otro para la Leo gracias gracias

pero aquella lluvia torrencial como planificada por la prefeitura de qué era señal ya se sabe que siempre llueve en las ejecuciones y Mamen y Leocadia lo sabían por experiencia y por lecturas y lo sabían los verdugos y la inquisición porque Dios se lo dijo y todo el Valle de Baztán hasta Logroño coño falla Silva tras ese pase mágico del mago bueno de Castilla y las magas malas de Zugarramurdi de espaldas al mundial ya lo sabían y se miran como ciegas y piden otro tinto y otra tapa

sí que tienen apetito las señoras comenta socarrón el camarero y ellas entre risas se justifican sólo nos tomaremos cinco ni uno más ni uno menos es lo que nos toca hoy no van cuatro ya pregunta Leo yo ya perdí la cuenta dice el camarero

y otra vez ese Blind que lo ve todo columbra a Robben y le envía un pase con el que mágica y negramente destroza a otras dos viejas glorias no del highball sino del fútbol o viceversa y Mamen mira a Leo ciega de risa y le pregunta nos pedimos el otro o esperamos

Todavía no escampa dice Mamen mientras Leo sostiene la tapita y refresca el gaznate distraída las caras españolas son ya todas la cara de Del Bosque larga y antigua como una armadura o mejor como el Yelmo de Mambrino ahora en las manos de un barbero de Ceuta

Y pudo ser peor si nuestro arte no logra que ese cañonazo del pirata Van Persie se estrellara en el palo comenta ahora Leocadia mondándose los dientes con el mismo palillo con que pincha el choricito

Pudo ser peor pero es inevitable que Casillas vuelva a carbonizarse y que el árbitro no pite falta donde la hubo una cosa compensa la otra es el destino

y las caras se siguen alargando y Mamen y Leocadia van al váter y Casillas a santo de qué intenta un control como lo haría su abuela o peor nunca se sabe pero el cuarto es ya historia

y ahora sí Mamen y Leo piden el quinto y piden la cuenta y al atar cabos caigo yo en la mía y ciega de terror veo cómo el potro de Camas no puede a la carrera con un muchacho que parece un viejo y Casillas gatea por la grama

y el quinto se lo beben las brujas de un sorbito

y eso que el camarero como buen anfitrión les invitó a un sexto que aceptaron con dudas pero no rechazaron hambrientas como son Leo y la Mamen

pero ahí estaba el santo de qué menudo paradón con las dos piernas.

El juego de Pepsi

Noche de viernes tranquila, a la expectativa (con ansiedad) del debut de Colombia frente a Grecia. Pasando el rato me encontré con este curioso video mundialista que hace parte de un proyecto “social” de Pepsi y cuyo contenido (ya se imaginarán), ha herido la susceptibilidad de más de uno en el país anfitrión del Mundial. Con ustedes: The Game, interpretada por Kelly Rowland, videoclip dirigido por Spike Lee. Con tanta polémica Pepsi se anota otro “golazo” publicitario.