Cábalas

No sé si es algo tan común en otros países, pero en Argentina la cosa con las cábalas es universal.

La gente repite el orden en que se sentaron para ver el partido si Argentina gana y lo cambia si pierde. La ropa, lo que se come, lo que se bebe, si las cortinas están cerradas, entornadas, todo puede convertirse en una cábala. La función de la cábala es permitir la sensación de que hay algo que podemos hacer para contribuir con el resultado deseado. Existe gente que desconoce o desprecia esta noble función de la cábala y elige cosas como que bostece el gato, o que llueva (hoy llovió en Buenos Aires y Argentina pasó a semifinales), con lo cual se instalan voluntariamente en ese universo caótico e insensato del que desesperadamente buscamos escapar los seres humanos desde nuestros principios como especie. Mi estrategia al respecto es más idiota todavía. En lugar de la valentía de despreciar las cábalas como intentos pueriles de contrarrestrar nuestra esencial falta de control sobre lo que sucede en el universo, rehuyo cualquier patrón repetitivo de comportamiento que pueda llegar a ser considerado una cábala. Al punto que siento que si estoy sentándome siempre en el mismo lugar, o con la misma gente, o comiendo lo mismo durante los partidos (es un decir, soy incapaz de comer durante los partidos), eso podría perjudicar seriamente las chances de Argentina de ganar el partido.

Triunfalismo

Sean triunfalistas si quieren: no se dejen inhibir por los esotéricos que creen que la ilusión intensa es castigada. La gracia de esto es disfrutar. Igual si pierde el equipo van a ponerse tristes no importa lo moderados que hayan sido con sus deseos y aspiraciones. Ciertos llamados a la moderación son comprensibles y hasta necesarios (por ejemplo cuando los políticos anuncian guerras civiles si no son ellos los elegidos), pero exigirle al hincha deportivo moderación en sus ilusiones es pura mezquindad: la gracia de ser hinchas radica en esa desproporción que es posible permitirse en lo que concierne al juego. Quedan muy pocos lugares de la vida social donde sea tolerado el desmadre emocional. No dejen que el fútbol sea tomado por los morrongos muertos-en-vida que sólo aceptan, con mucha racionalidad orgullosa, flojos optimismos cautos.

kowalski

El antes y el después

José Pekerman

“Después de la guerra, todos somos generales”, escribió Albert Camus en sus interesantes notas sobre fútbol, refiriéndose claramente a que después de un partido es muy fácil contarle a los parceros cómo quedó el partido o a quién expulsaron o quién se lesionó o qué sistema de juego fue superior al otro. La gracia es ser general antes de la guerra o, más bien, acertar decidiendo cómo hacer para que Colombia gane mañana, sin todavía saber cómo va a salir a jugar Brasil, con qué formación, con qué jugadores, si van a salir a desgastarte por las bandas o te van a marear tocándote la pelota en el medio.

También está implícito en la cita de Camus que después de la guerra todos podemos ser generales porque podemos jugar a ser el que dirigió el batallón, pero antes solo Pékerman puede ser el general, porque si las decisiones de dirección de una escuadra fueran colectivas no serían eficaces o algo así. Camus fue un hombre profundo, ciertamente. Entonces, como todos sabemos que en lo que los argentinos llaman “la previa” muchos están jugando a adivinar y solo uno, el general, el profe Pékerman, es quien está tomando la decisión de cómo alinear a sus hombres, se deberían tratar de ajustar a los parámetros mentales de ese profe. El juego es tratar de escrutar la mente del general. “¿Qué está pasando por tu mente, profe?”, es La Pregunta de la previa. Pero nosotros, los hinchas colombianos, debemos abandonar la pretensión que se esconde en La Pregunta y debemos dejarles esa tarea a los argentinos, que así como Camus, son expertos en telepatía, psicoquinesis y precognición y son los que tienen la obligación de responder qué está pasando por la mente de los profes a estas alturas de la previa.

Ellos, además, tienen la obvia empatía ventajosa de tener la misma nacionalidad del profe Pékerman. De hecho, están en un programa hablando de eso en este mismo momento. La sugerencia mía (que no compromete la opinión oficial de mundopelota.com) es que esperemos hasta mañana pensando con el deseo, como nos corresponde a nosotros, los fanáticos, que no somos generales o precogs. Que esperemos nerviosos y triunfalistas o nerviosos y derrotistas, lo mismo da, y que dejemos la corrección, la objetividad y la compostura. Que no durmamos esta noche pensando en qué irá a pasar mañana, si iremos a ganar o a perder, y que nos comamos las uñas y nos desconcentremos del trabajo y descuidemos nuestros deberes y miremos para arriba repensando qué irá a pasar mañana contra Brasil, con ilusión o con miedo, mordiendo el lápiz a destrozarlo, que repasemos mentalmente cómo vamos a celebrar nuestro paso a semifinales, porque vamos a ganar.

Hablemos de lo que no sabemos

Decía que antes del partido de octavos teníamos esta duda sobre la idea de Colombia. Salía a buscarlo desde el principio o salía con precauciones. Yo interpreté el 4-4-2 como lo segundo, pero eso es porque yo no sé de fútbol. La consecuencia del 4-4-2 era que James iba a un extremo de la cancha y Cuadrado al otro. Según me dice internet, James jugaba en esa posición en el Porto pero no lo hace en su club actual, ni lo había hecho con Colombia hasta ahora, en donde ha ido como diez clásico en el medio del campo. La razón de la táctica, según entiendo, era sacar a James de la maraña que Pékerman intuía que le tenían preparado los uruguayos a su hombre clave. Entonces si uno vuelve a ver el partido ve a James haciendo estas diagonales hacia dentro y hacia afuera que resultaron increíblemente desconcertadoras para los uruguayos.

Ese segundo gol es una maravilla. No he podido conseguir algo de mejor calidad pero esta es una vista desde arriba de toda la jugada. El asunto arranca en Ospina en la parte de arriba. Luego la jugada se va al lado izquierdo con Cuadrado y Teo como instigadores. Si mira al lado derecho casi pegado a la línea está James, más atrás Armero. Todo el asunto parece irse por el lado izquierdo, la defensa uruguaya se la juega hacia allá, algo que parece lógico. Preste atención a la carrera de James primero llevándose a la defensa cuando la jugada parece cambiar de lado y luego Armero para recibir de Martínez y centrar. La defensa uruguaya se mueve de un lado a otro sin mucha idea de saber qué hacer. Tremendo gol.

Hablemos de James, pero hablemos de Pékerman.

Eso sí, cuesta entender a qué jugó Uruguay, además de a espesar el juego. El viernes con Brasil el asunto es otro. Será como jugar frente al espejo. ¿Cómo diablos juegas frente a un equipo que juega como tú? ¿cómo te derrotas a ti mismo? Tenemos tres días para jugar a ser técnicos y hablar de lo que no sabemos.

Querido diario de fútbol o cosas muy malas

No sé qué escribir de fútbol porque no sé nada de fútbol. Los partidos me aburren tremendamente casi siempre. El guayabo moral de mi última borrachera (a la que llegué con la excusa de celebrar la clasificación a segunda ronda en este Mundial) todavía me pesa y duele. Tengo un chichón en la frente que vaya usted a saber cómo me hice porque mi memoria llega a la segunda botella de aguardiente. Hay un flasheo de un mojito posterior a eso pero mi acompañante también pagó sangría y cerveza.

Pero ese no es el caso: el caso es que no me gusta el fútbol hasta que vamos ganando y podemos decir vamos. Como ahora o como en el último año que reencontré mi gusto por Nacional. Solo por eso: porque vamos ganando. Le podemos decir a los otros, desde arribita, mirá ese es mi equipo.

Ya después pierden y me vuelve a aburrir: los partidos se me hacen infinitamente largos, los hombres sudan demasiado, para qué estudié periodismo si pagan más por inventar palabras mientras se narra una jugada,(para qué estudié periodismo si todos se creen periodistas), es mejor ver Grey’s Anatomy, si ganan no voy a poder dormir por la pólvora, yo qué putas hago viendo fútbol, verdad que yo una vez intenté jugar fútbol.

En Medellín se puso de moda el Juego de la Vida en Medellín y todos los colegios hicieron equipo de fútbol femenino. Fui a muchos partidos pero jugué en tres si mucho y no más de quince minutos en total. Me gritaron gorda siempre que entré a jugar. Era gorda —la más gorda—. Estorbaba. No corría. Me caía. Me aburría pero seguía yendo. Escribo esto y creo que entiendo porque así no me guste el futbol, me gusta: es una forma de encajar. Ahora puedo decir vamos y en el colegio tenía un poquito de esa adolescencia que quería mía.

Tengo un punto más a favor del fútbol: es una arma de coqueteo uno a, chicas. Por el lado que sea. Si a uno no le gusta, tiene el papel de dama en apuros que quiere saber de fútbol —oh, gran caballero, sálvame de mi ignorancia para que no me molesten más— y si a uno le gusta, tiene el papel de hincha. Una mujer como ninguna otra que además de estar buena o bonita o lo que sea que tenga, le gusta el fútbol, hábrase visto semejante milagro. Seguro sí se ha visto pero en la ligas del coqueteo todo se vale. Especialmente el fútbol.