Fútbol cuántico

En el minuto 65 de los cuartos de final entre Brasil y Colombia, James cobra para los colombianos una falta desde el lado derecho. La pelota caerá en el centro del área brasileña. Justo en el momento del impacto al balón, dos jugadores colombianos estarán en fuera de lugar. Guarín, quien previo al lanzamiento ha intentado distraer a la defensa rival exagerando una posición adelantada. Ese plan no funcionará. Y Yepes, nuestro héroe en cuestión. La pelota cae y todo es tensión. Desesperados los brasileños tratan de negociar algún despeje urgente. Desesperados tres colombianos tratan de sacar un tiro al arco entre tanta confusión. Al suelo muy pronto ha ido Zapata, el otro defensor colombiano, complicando las circunstancias. Tres segundos o una eternidad después, es Yepes el que le da un final al asunto.

Es gol.

Y luego deja de serlo.

El juez de línea dice que ha visto una violación a la regla del fuera de juego. Un jugador no está cometiendo una infracción simplemente por estar en posición de fuera de juego. Pero hay algunas cosas que no puede hacer. Ésta dualidad hombre en fuera de juego hombre que no ha hecho nada es análoga a la dualidad onda partícula de las vainas elementales. Es y no es pero seguramente es algo. Nadie entiende la mecánica cuántica o el fútbol. La infracción ocurre cuando el jugador en fuera de juego se involucra en la jugada, es lo que dice la regla. Lo uno y lo otro están sujetos a la interpretación de un observador, en este caso el árbitro, y bueno, digamos que las cosas no estuvieron muy bien por ese lado.

Si usted encuentra una máquina del tiempo y puede volver a este momento, éstas son algunas cosas que puede hacer para ayudar: Sugerir a Yepes no intervenir en las circunstancias y ceder el honor a Ramos que de todas maneras está ahí al lado. Proponer al juez de línea que el balón ha tocado a un brasileño primero, antes, mucho antes de todo este drama, invitando a la re-evaluación de lo que es lo que ha sido y lo que será.

Por último, preste atención a la cara de Armero al final, justo antes de ser empujado por el reclamo de un Yepes enardecido. Cómo queremos a Armero.

Euforia Colectiva

Tal vez lo que más dice de la semifinal de hoy es que tras el gol brasileño que dejaba las cosas 7-1, Boateng, el último hombre alemán se da la vuelta protestando, exigiendo más atención, más presión. De ese tamaño estuvieron las cosas. El consenso es que este Brasil era menos fútbol y más un sobreviviente corazón. Lo pareció en los primeros minutos, con el impulso del himno logro empujar a Alemania a su campo. Alemania aguantaba cómodo, a decir verdad, con Schweinsteiger haciendo de Makelele en ese 4-1-4-1 que a los suramericanos tanto nos ofende pero que resulta bien pragmático a la hora de plantarse en el juego. Ya luego Brasil empezó a mostrar las fallas, era cuestión de tiempo. Primero Marcelo pierde el balón en campo contrario y tras una frenética carrera hacia atrás logra negociar el tiro de esquina. Luego Luiz, hiperactivo pero muy desamparado sin Silva, pierde de vista a Mueller por medio segundo y con eso bastó para el primer gol. La estadística no recomienda esto de empezar perdiendo. Diez minutos después Alemania atacó tres veces y marcó tres goles. Y, pues, ni modo.

Le preguntaron a Scolari que por qué no hizo algo, cualquier cosa, para detener el desmadre. Y el man, incrédulo, como si la explicación estuviera demás dijo que lo pensó pero que en realidad no hubo tiempo. Íbamos 0-1 y luego entramos en shock, y así. A veces le pide uno demasiado a los técnicos. Alemania ha vuelto a la formación que usó en Surafrica, los experimentos de la fase inicial se presumen atrás. No será invencible, pero lo parece. También parecen saberlo.

Muy emocional todo este asunto hoy. Sigo creyendo que Colombia debió jugar esta semifinal y cada vez me sirven menos las razones que me dan para que no haya sido así. Que el árbitro, que el gol anulado, que la rudeza brasileña, y esa madre de todas las explicaciones: es que no nos dejaron jugar. Qué diablos quiere decir que este Brasil de mentiritas nos haya eliminado. Qué lección hay acá. Dice Hornby que el estado natural del hincha es el de la amarga decepción, qué importa el resultado. Hoy al caer los goles alemanes qué amargo se me volvió todo. Te cambio toda esa justicia divina, el bailecito, el campeonato moral y el diagnóstico féliz por lo que viene y todas estas razones hechas y no hechas en nombre de nuestra social bacanería por esta determinación alemana. Y haber jugado hoy. Ganar no lo es todo: es lo único, dicen acá. Si tan solo.

Bah. Mejor paro ahí. ¿Será la rabia el último paso en el duelo o falta todavía más?

Gol en tres actos

1.

La Furia Roja, acostumbrada a ponerle músculo a la cosa, llena todo el tiempo de un favoritismo que rompía corazones una vez el asunto marcaba ilusión o los cuartos de final, lo que sea que llegara primero, se encontró eliminada en el mundial del 2006 por un gol en tiempo de descuento y la sensación de haberlo intentado todo y no saber qué hacer.

Buscando qué más había, Josep Guardiola vio en la selección mexicana un qué tal si de pronto:

Ricardo Lavolpe, argentino él y seleccionador mexicano, ha escogido que su defensa salga jugando. No que empiece jugando, que es otra cosa. Para Ricardo Lavolpe, empezar jugando es pasarse la pelota entre los defensas, sin mucha intención, para pasar la pelota algunas veces y lanzarla, la mayoría de las veces. Pero Lavolpe obliga a otra cosa. Obliga a salir jugando, que no es otra cosa que jugadores y pelota avancen juntos, al mismo tiempo. Si lo hace uno solo no hay premio, no vale. Han de hacerlo juntos. Como lo hacen los novios cuando salen juntos.

En el principio, entonces, fue una pirámide invertida y una idea: salir jugando. Como lo hacen los novios. Luis Aragonés, el seleccionador para el 2006, había dicho que se iba si nada iba, y aunque nada fue, al fin se quedó porque qué tal si de pronto.

2.

Para clasificar al mundial del 2006, España había tenido que jugar la repesca. Su juego no los convencía ni a ellos mismos. Los comentaristas se debatían entre confiarle el mediocampo a la rigidez defensiva o al talento creativo. El mismo Aragonés se preguntaba si era buena idea mantener en el equipo a su delantero histórico, ya en su ocaso, todavía más polarizador.

Los dos años que siguieron, sin embargo, aclararon las dudas. El Barcelona dirigido por Guardiola empezó a ganar con la idea catalana y, o fortuna, holandesa, del juego de posesión. Cruyff, el eterno, en su altar de obi wan futbolístico catalán, promovía la tenencia de la pelota como única vía al equilibrio. Tener la pelota, jugar en el campo contrario, presionar al rival en su propia área, perderla poco, recuperarla pronto. Y así todo se irá dando.

3.

A los rivales les tomó tiempo resolver el enigma. En el camino lo intentaron todo. Una simulación propia del juego de posesión, la defensa cínica, regalar las bandas, regalar el centro, la suerte y la cábala. Ha sido el Real Madrid de Mourinho el que ha dado con la formula, pragmática y sencilla. Esperar primero en esa zona extraña que los comentaristas llaman tres cuartos de cancha, las líneas juntas primero y luego en un instante separadas a toda velocidad, como un pequeño inflatón balompédico. Nada ofendió más al Barcelona de Guardiola que su defensa corriendo hacia atrás.

Ahora en este mundial, Holanda ha ganado a España con una versión de esa estrategia, ejecutada a la perfección. España tocó y tocó y tocó hasta quitarle los dibujos al balón. Pero hasta poco antes del final del primer tiempo apenas ganaba uno a cero. El empate, una respuesta posmoderna y un tanto cínica al aspaviento rococó del rival vino en tres toques que cubrieron toda la cancha hasta alcanzar a un Van Persie suspendido en el aire.

Samurai

¿Se han fijado que en un partido de fútbol serio nadie nunca juega así?

Ayer en el partido de Brasil contra Croácia hubo un momento en el segundo tiempo (ni siquiera intenté buscarlo en YouTube) en el que uno de los mediocampistas croatas (¿o de pronto un delantero?) intenta zafarse de la defensa brasilera con uno de esos trucos, dando dos giros sobre sí mismo mientras mueve el balón (ni siquiera sé cómo describirlo), y cuando cierra el truco Neymar (¿sí sería Neymar?) está esperándolo casi quieto y le quita el balón con un movimiento suave de esa mano que tiene por pie. El croata tarda un segundo largo en notar que se quedó sin balón y le toma otro segundo descubrir dónde está el balón: muy lejos. Pura magia.