Irracional

El fútbol es irracional. Los jugadores persiguen al árbitro y reclaman aunque saben, lo tienen que saber, que la única posible consecuencia es una tarjeta adicional o una expulsión. ¿Cuántas reconsideraciones por reclamo airado de jugadores sudorosos habrá en la historia del fútbol profesional de alto nivel? Los espectadores desalojan las regiones más concurridas de su lóbulo frontal y odian con rabia desaforada (desean la muerte o al menos la castración o la pérdida de piernas o hijos) a quien jamás han conocido ni conocerán porque impidió con esa terquedad característica de su gremio (o porque le correspondía si es un defensa providencial) que ese otro desconocido que los hace felices lograra hacerlos todavía más felices por un momento efímero, sin consecuencia alguna a futuro para sus vidas ni las de sus conocidos cercanos. Las reglas sostienen el juego porque lo limitan y también porque son el tirano indolente que alimenta la red de pasiones que lo envuelve. Sin reglas el fútbol existe en la calle, en canchas improvisadas, en parques, en la ausencia de cualquier figura de autoridad, pero qué sería del juego sin la posibilidad de hundirse en el desafuero que confunde el drama de la pelota con la trascendencia de la vida.

Autogoles

Roberto Bolaño trataba de explicar lo inexplicable:

Mi experiencia como jugador de fútbol nunca fue del todo comprendida ni por los espectadores ni por mis compañeros de equipo. A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol salvo si uno se llama Pelé o Didí o Garrincha, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia. Aclaras ante tus compañeros y ante el público, que tu juego es otro.

Pero qué va. Eso solo le sirve a los poetas. El autogol es el mismo acto vulgar y descortés cometido contra uno mismo. Es perder los pantalones justo cuando habías perdido el miedo a hablarle al público al que imaginabas desnudo. Es caminar por toda la oficina con un terco pedazo de papel higiénico en los pies que se pegó desde que usaste el baño esta mañana. Es un te quiero pero cómo amigo seguido de un incrédulo ¿qué tal?. Es tratar de hacer esta lista de clichés y seguir fallando. Es un gesto de independencia solo si la opresora ha sido la felicidad.

Feo partido de Brasil que lleva lo que lleva jugando al fútbol decepcionando a todos los que esperan ese “jogo-bonito” de leyenda y que nadie sabe definir del todo pero que ocurrió hace mucho tiempo. Lo más seguro, antes de que hubieras nacido, justo después del ocaso de la naranja mecánica.

Fingir

Es como con el autismo. Hay que aprender a fingir que uno siente lo que para todo el mundo parece ser instinto. Para encajar. Me tomó años de estudio atento de mis conocidos y mi entorno encontrar mi ruta dentro de fútbol, una que al menos pareciera sincera. Con este propósito asistí a partidos (en estadio y en bares, con amigos y solitario, muchos más de los que jamás imaginé que vería a mis doce o quince años, cuando mi resistencia a ser asimilado por esa barbarie alcanzó su cúspide) y me forcé a aprender las gramáticas del juego, tanto la de la cancha como la lingüística, para intentar establecer una conexión y hacer parte así fuera desde la distancia de la incomprensión.

No sé bien qué pasó, no siento que entienda nada de verdad, de pronto es sólo el hábito, pero al final, en algún momento que ahora no tengo claro pero que pudo ser perfectamente hace cuatro u ocho años (o tal vez ayer), descubrí que la inminencia de ciertos partidos (no todos, nunca todos, no tengo eso en mí) me despertaba el mismo vértigo/cosquilleo previo a los mejores paseos: el ansia que precede el encuentro con lo fascinante, con la proeza y el portento; ese aquí va a pasar algo realmente grande que dificulta pensar.

Ahora disfruto del fútbol. Puedo entrar y me siento a gusto. Me desconcierta para bien. Admiro y sufro. Ya no estoy seguro de cuándo finjo y cuándo no. Leo sobre el Brasil-Croácia de esta tarde, planeo dónde lo veré y pienso con absoluta naturalidad: “Ojalá que los croatas quemen a pata esos hijueputas”.

Es una guerra.

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