Tener en casa a tu papá

Yo soy 2% argentino por el lado del esposo de una prima. Además de eso, siento un cariño arbitrario por los argentinos desde que Boca se ganó con Bianchi como tres Copas Libertadores seguidas, desde que anda por ahí Messi, ese futbolista  imposible, desde que me resultó un gusto por los tangos y desde que conocí uno o dos argentinos calurosos y gentiles. Pura arbitrariedad. Pude haberle cogido cariño a los mexicanos o a los chilenos, o ya que estamos en estas a los holandeses, que todos también tienen lo suyo.

Futbolísticamente hablando, este equipo argentino no es que sea de esos que ganan sin discusión y aplastando, pero vean ustedes que llegaron a la final siempre con una chispa de fútbol que sacó alguno de sus magos, como ese golazo de Di María contra Suiza a último minuto; y con algún (mentiras, varios) golpe de arepa, como ese cabezazo suizo que pegó en el palo también a último minuto (de qué tan justa es la así llamada “arepa” podemos escribir sendos tratados). Siempre fútbol, en todo caso. A cuentagotas, pero fútbol al fin y al cabo, sin grandes críticas conspiratorias por la compra de los partidos o juegos sucios en los que salieran a partir a algún rival.

Si de merecimientos se trata, “qué se yo”, hasta depronto merecía más pasar Holanda porque sí, por su historia, porque ya era hora y habían goleado a España, y porque jugaban a matarte. Holanda salió a oler el juego de Argentina metido en la defensa, a temerle, quizá de más, a Messi, y cuando atacó apareció el talento discreto pero mágico de la defensa y la marca argentinas. El Holanda goleador no apareció. Parte del juego también es proponer táctica de desgaste defensivo y sacrificio, aguantar el cero y apostarle a los penales. Se puede perder así o salir a jugar con imprudencia y perder en los 90: se corren riesgos jugando contra un poderoso. En el partido contra Costa Rica Holanda lo supo hacer y ganó ahí, ahora lo hizo Argentina y ganó con su criticado arquero. Los holandeses salieron impasibles, como si no hubieran perdido el paso a la final de la Copa del Mundo. Los jugadores de Argentina celebraron de manera casi extática al dejar de ser jugadores de fútbol y volverse hinchas de sí mismos.

Me gusta el estilo de la hinchada argentina, me gusta verlos cantar y llorar de la alegría, me alegra verlos alegres. Me reflejo en su pasión parcializada por su Selección, que excedida en triunfalismo vende la casa para ir al Mundial y se amanece en una calle brasileña quedándose sin voz con el “decíme, Brasil: qué se siente tener en casa a tu papá”. Estos hermanos argentinos, como los hermanos alemanes, también merecen la copa y el domingo van a ir a que esa decisión sea guerreada en la final. Como dijo un aforista anónimo: “Qué bonito que es el fútbol”.

Cabeza caliente

Yo sí es que no sé nada de fútbol. Hubiera apostado una pelota a que Brasil ganaba contra Alemania. Siquiera no apuesto. Debería tatuame o raparme o algo en penitencia, aunque qué pereza. De todas formas creo que la tarea del aficionado no es saber, sino esa cosa que llamamos “hacer fuerza”. Le voy incondicionalmente al Deportivo Pereira y al Cali y cuando juegan entre sí tiro una monedita, en partidos internacionales le voy al vaya ganando o al que tenga un jugador que me caiga bien, así bien arbitrario. Si pierden, volteo la arepa y le empiezo a ir a otro. Basta de confesiones, ese no es el tema. El tema es que Alemania le ganó a Brasil estripándolo contra el piso y que ya se hizo justicia por esas victorias milimétricas inmerecidas que ostentaba un Brasil que jugaba a ver qué, cuándo te lo meto y cuándo el árbitro nos favorece y así vamos de partido a partido hasta que se nos atraviese alguien que de verdad nos deje tirados sin ganas de levantarnos.

Los alemanes celebraron y si hubieran perdido hubieran llorado. Nada de juego robótico y frío, como muchos afirmaron, y más bien mucha valentía al seguir encima todo el partido sin meterse atrás nunca y un juego muy bonito de toque toque preciso, como debe ser. Es un ejemplo para Colombia, que siempre quiere jugar así. Y una lección para Brasil, que nunca debió dejar de jugar así. Los jugadores alemanes me emocionaron: Podolski llenando de elogios al fútbol brasilero y Özil consolando a sus rivales después del partido. Desde que Schweinsteiger lloró después de perder contra España en el mundial pasado quería verlos celebrando y, bueno, la tercera semifinal fue la vencida. Ganó bien y bonito Alemania, qué bacano eso. Y después salió el video de los hinchas alemanes bailando el Ras Tas Tas de salsa choke, con la cabeza caliente por el triunfo y haciendo el trencito y tal: esta hinchada me cae muy bien y merece la copa. Que no se nos olvide que también hay victorias de las que no solamente queda el resultado, sino de las que podemos también rescatar los porqués. Y esta tarde este hogar le va a Argentina.

 

Los que tienen que ganar

“Que ganen los que tienen que ganar y no esos equipitos aparecidos y que llegan por pura casualidad o buena suerte a las instancias definitivas”, fue una de las frases que se escucharon antes de que se jugaran los octavos. Por ejemplo, un comentarista deportivo de nacionalidad colombiana dijo que era una afrenta que Costa Rica pasara siquiera de la fase de grupos, que eso perjudicaba al buen fútbol, al espectáculo y sería evidencia de que este mundial no es normal. Bueno, no en esas palabras, pero más o menos eso dijo él y repiten muchos.

Estos reclamos invocan como una “esencia histórica” (?), una tradición que tienen ciertos equipos en virtud de la cual se convierten en los que tienen que ganar. Acá los méritos históricos previos al  partido que se juega dotan a aquellos con historia de una autoridad mayor para ganar. Aquellos que tienen que ganar porque ya han ganado son: Brasil, Italia, Alemania, Argentina, Uruguay, Inglaterra, Francia y España; y Holanda es otro que tiene que ganar porque revolucionó el fútbol en táctica y estrategia y ya ha estado en muchas finales y, bueno, ya es hora de que gane porque pobrecito; y otro que tiene que ganar porque sí es el anfitrión. Y de ahí para abajo que entre el diablo y escoja.

Lo que hicieron Croacia, Turquía, Corea del Sur y Portugal en los mundiales pasados fue una afrenta, así las cosas. Y, bueno, también España hasta hace cuatro años y Francia y cualquier otro hasta que ganó su primer título y entró por lo tanto a la lista arbitraria de quienes se han ganado una copa. “Tienes que ganar una copa del mundo desde que ganas una copa del mundo” es un corolario del llamado a que ganen los que tienen que ganar y a que pierdan los que tienen que perder. Es un principio que, reducido a su forma más simple, se convierte en la siguiente trivialidad vacía, aunque incontestable: “Ganan los que ganan y pierden los que pierden”.

Este fútbol como axiomático decide antes de que se jueguen los partidos, redacta documentos oficiales que presentan los que tienen que ganar e intimidan de paso a los que tienen que perder para que pase lo que tiene que pasar. Este fútbol elimina eso que llaman “pero qué bonito que es el fútbol” y elimina las evidencias de la globalización del deporte que hacen que la competencia sea tan pareja como hemos visto. Pero los cofrades del fútbol axiomático no miran este tipo de cosas y prefieren ostentar el conocimiento del pasado para favorecer conclusiones vestiditas con la seda de la tradición.

El fútbol axiomático es un antídoto (no siempre efectivo) contra la decepción y el fracaso, protege al espectador de convertirse en un aficionado, tranquiliza. Con estas semifinales que nos tocan (Brasil-Alemania y Argentina-Holanda) los creyentes están tranquilos: “la historia pesó y la historia ganó”, me imagino que dirán. Sin la posibilidad de sorpresas no hay emoción y ahora que ganó la tradición, esa cosa arbitraria que le gusta tanto a los melancólicos, que entre el diablo y escoja.

El uruguay del maracanazo.

Ilusión pero tristeza pero ilusión

La derrota de ayer fue de esas que duelen. No hablemos del arbitraje. Los jugadores colombianos podrían haber entrado desde el primer minuto con la convicción con la que entraron los chilenos a jugarle a Brasil. Carlos Sánchez podría haber estado despierto en ese tiro de esquina para interceptar el balón que en el minuto 7 terminó en gol de Thiago Silva. David Ospina podría haber estado un par de pasos a su izquierda para desviar ese balón que en el minuto 69 terminó siendo un golazo de David Luiz. ¡Casi se lo tapa, hermano! Yo vivo en dos mundos: en un mundo posible en el que se dieron, por lo menos, esas tres posibilidades; y en el mundo real, en el que todo pasó como sabemos que pasó. Me cuento la historia del mundo tal y como fue, pero en esos minutos clave el mundo real se ramifica y se convierte en el mundo posible en el que quiero vivir, con el que soñé los días que pasaron entre el partido contra Uruguay y el de ayer contra Brasil. En ese mundo posible somos hasta campeones mundiales.

Es el problema con el mundo real con respecto al otro posible: no siempre es como uno quiere que sea, sino como una cantidad de eventos ajenos al deseo y control de uno hace que sea. Mientras, repitiéndome la historia que cuentan las estadísticas oficiales, acepto el curso de este mundo que me tiene triste por la derrota y dejo la inestabilidad existencial, vale la pena hacer memoria de varias cosas. Por ejemplo que, aunque en 5 partidos Colombia tuvo 12 goles a favor y apenas 4 en contra, en el partido contra Brasil esa efectividad no apareció: algo tácticamente correcto, así fuera sucio o feo, hizo Brasil; que Colombia supo ganar y perder jugando (casi) siempre bien y limpio; que la generación actual es prometedora; que el equipo ya había hecho más que cualquier equipo colombiano en la historia de los mundiales; que James Rodríguez sigue siendo el goleador del Mundial, con dos goles más que quienes le siguen en la estadística: Müller, Messi y Neymar (¡!); que eventualmente más ilusión borrará esta tristeza, este dolor de hincha, y que en cualquier caso lo importante es que hay salud.

Esta derrota es de esas que duelen porque teníamos con qué, porque unos ajustes (tardíos) bastaron para que Brasil armara esa táctica miedosa conocida como “mete a todo tu equipo atrás”, que es consuelo de tontos, pero consuelo de todas maneras, y consuelo es lo que los tristes necesitamos. Estuvimos muy cerca de la semifinal, aunque las estadísticas digan otra cosa. Nos dieron muy duro porque ya estábamos alto. En este hogar teníamos la celebración preparada y la tuvimos que convertir en rondas alternadas de comentarios justificatorios que evitan con algo de pudor hablar de los errores del equipo. No lo aceptamos explícitamente, pero en medio de ese pudor añoramos el mundo en el que no vivimos: nuestra victoria contra Brasil, contra Alemania, contra cualquier otro y nuestra primera copa del mundo. No lo queremos publicar, pero cada que recordamos ese tiro de esquina del primer gol, esa que Cuadrado casi mete, esa que anularon, esa que casi tapa David Ospina, cada que recordamos una así mordisqueamos con rabia y decimos que estuvimos cerca, que por un pelo podríamos habitar otro mundo.

Dijo James memorablemente luego del partido, con las lágrimas en la cara: “Los hombres también lloran, y más cuando sentís esto como un hijuemadre”. A los tristes nos calma un poco saber que no estamos solos. Y vamos a seguir ilusionados, así eso nos haga caer duro otra vez, porque eso es el compromiso con la Selección y porque si no cómo salimos de esta nosotros que no somos profesionales.

Brasile Colombia

El antes y el después

José Pekerman

“Después de la guerra, todos somos generales”, escribió Albert Camus en sus interesantes notas sobre fútbol, refiriéndose claramente a que después de un partido es muy fácil contarle a los parceros cómo quedó el partido o a quién expulsaron o quién se lesionó o qué sistema de juego fue superior al otro. La gracia es ser general antes de la guerra o, más bien, acertar decidiendo cómo hacer para que Colombia gane mañana, sin todavía saber cómo va a salir a jugar Brasil, con qué formación, con qué jugadores, si van a salir a desgastarte por las bandas o te van a marear tocándote la pelota en el medio.

También está implícito en la cita de Camus que después de la guerra todos podemos ser generales porque podemos jugar a ser el que dirigió el batallón, pero antes solo Pékerman puede ser el general, porque si las decisiones de dirección de una escuadra fueran colectivas no serían eficaces o algo así. Camus fue un hombre profundo, ciertamente. Entonces, como todos sabemos que en lo que los argentinos llaman “la previa” muchos están jugando a adivinar y solo uno, el general, el profe Pékerman, es quien está tomando la decisión de cómo alinear a sus hombres, se deberían tratar de ajustar a los parámetros mentales de ese profe. El juego es tratar de escrutar la mente del general. “¿Qué está pasando por tu mente, profe?”, es La Pregunta de la previa. Pero nosotros, los hinchas colombianos, debemos abandonar la pretensión que se esconde en La Pregunta y debemos dejarles esa tarea a los argentinos, que así como Camus, son expertos en telepatía, psicoquinesis y precognición y son los que tienen la obligación de responder qué está pasando por la mente de los profes a estas alturas de la previa.

Ellos, además, tienen la obvia empatía ventajosa de tener la misma nacionalidad del profe Pékerman. De hecho, están en un programa hablando de eso en este mismo momento. La sugerencia mía (que no compromete la opinión oficial de mundopelota.com) es que esperemos hasta mañana pensando con el deseo, como nos corresponde a nosotros, los fanáticos, que no somos generales o precogs. Que esperemos nerviosos y triunfalistas o nerviosos y derrotistas, lo mismo da, y que dejemos la corrección, la objetividad y la compostura. Que no durmamos esta noche pensando en qué irá a pasar mañana, si iremos a ganar o a perder, y que nos comamos las uñas y nos desconcentremos del trabajo y descuidemos nuestros deberes y miremos para arriba repensando qué irá a pasar mañana contra Brasil, con ilusión o con miedo, mordiendo el lápiz a destrozarlo, que repasemos mentalmente cómo vamos a celebrar nuestro paso a semifinales, porque vamos a ganar.