Patrón

Mario Albeiro

Quería ser delantero, quería hacer goles, soy un 9, decía. Pero terminó de 3, evitando los goles de los otros, organizando la defensa, barriéndose con dos piernas como un kamikaze de precisión milimétrica, preparando las salidas, anticipando, imponiéndose en los aires, con el brazalete de capitán en el brazo.

En 1975, Jorge Ben le cantaba, con un cariño memorable, al que nadie le canta: Mas para ser um bom zagueiroNão pode ser muito sentimentalTem que ser sutil e eleganteTer sangue frioAcreditar em siE ser leal. 

La seguridad que nos da Yepes permite que los muchachos que están de la mitad de cancha para arriba hagan su trabajo, hagan lo que saben hacer, se diviertan.

Treinta y nueve años después (uno más que Yepes), sigue cantando Jorge Ben, pidiéndole al defensa central que limpie el área, primero, y que, salga jugando después.

Este tema para Don Mario Alberto Yepes, patrón de la zaga, nuestro Zagueiro. Con sentimiento.

 

 

Algo asombroso

 

Leo Cómo no te voy a querer y me emociono. Leo Esto se puso serio y me emociono.  Tengo que decir que igual me levanté esta mañana todavía borracho, de goles y hasta de esperanza. Y de trago.

Salí a desayunar a un bar y recordé la mañana del 12 de junio, cuando todo esto arrancó:

En La Timbale, un bar cercano a mi casa me tomé no uno sino dos vasos de jugo de naranja recién exprimido. El precio, exorbitante. Mi actitud, hubiera pagado veinte veces más caro. Sin problema. El sol me pegaba en la cara. No me gusta el sol en la cara. Me gustó. Fui feliz. Leí L’Equipe y discrepé violentamente, en silencio, con ciertas alineaciones. Leí la entrevista a Miralem Pjanic. Su padre, jugador de la tercera división de fútbol yugoeslava, abandonó lo que sería Bosnia pocos meses antes de la guerra, a los 24 años, gracias a un contrato del FC Schifflange 95, club luxemburgués, donde Miralem comenzaría jugar como cadete. Hoy Pjanic tiene 24 años y juega el Mundial para un país que no existía cuando él nació. El fútbol, me dije.

Esa mañana temí las zancadas maravillosas de Yaya Touré.  Ayer ni siquiera tuve pesadillas con el hambre desaforada de ese entrañable loco que es Luis Suarez. Esa mañana, a mi izquierda, en la terraza de La Timbale, en la mesa de al lado, un travesti, ecuatoriano, apuesto, con un chihuahua, peludo, peludísimo. A mi derecha, un viejito que tomaba apuntes en una hoja A4 doblada por la mitad. Apoyaba la hoja en un libro. El lomo del libro me decía el título. Traduzco: Manual del nuevo evangelizador. Editorial Salvador, en mayúsculas. Las notas las tomaba mirando al horizonte (que era una lavandería al otro lado de la calle). Esto debe significar algo, intuí.

Pensé en Xuxa, Xuxa cantando y bailando, Xuxa mirando con ojos brillantes de deseo a Ayrton Senna, Xuxa viviendo durante seis años con Pelé, Xuxa rechazando la proposición de matrimonio de Michael Jackson, Xuxa diciéndonos, con una sonrisota y botas de cuero rojo hasta las rodillas, “Es la hora, es la hora, es la hora de jugar.” Y sí, estamos jugando. Y de qué manera.

Sin transición, pensé que James no había nacido cuando Colombia llegó a octavos por primera vez.

Veinticuatro años, nos decimos. Yo tenía seis años y me acuerdo de ver el partido contra Camerún sentado en la cama con mis papás, los tres en piyama, tomando jugo de mango en leche.

Que veinticuatro años no es nada, qué febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra. Canto. Y sí, sentir, que es un soplo la vida. Un soplo de vida. Como el cuento que Clarice Lispector le contaba a sus hijos y que comenzaba por “Érase una vez un pájaro” y que nunca terminaba porque, Clarice, abrumada por tanta belleza, debía detenerse tras pronunciar esa sola frase.

Le escribí entonces, desbordante de alegre cursilería asumida (que sigue intacta), a unos cuatro o nueve amigos, desperdigados, I believe it is the beginning of a beautiful month, y, a otros tantos, sucederá algo realmente asombroso.

Esa mañana, no paraba de pensar en la celebración de Marco Tardelli en el 82. Pensaba en esa celebración como si fuera el último gesto humano que debiera quedar antes del fin del mundo.

Esta mañana pienso, ahora que empieza la hora de la verdad, que un gesto tan conmovedor también puede ser nuestro. Y hasta con más swing.

Me siento terriblemente humano.

Tres frases de Bielsa y una eliminación

Iniesta y Bigotón

“En el fútbol eso es muy significativo: se trate del estilo de que se trate, saber actuar de acuerdo a lo pretendido no es sencillo.” Eso lo dice Marcelo Bielsa.

Estos dos hombres, Iniesta y el bigotón que esconde este abrazo, nos hicieron pensar que lo que propusieron durante un Mundial y una Eurocopa era no sólo posible, sino sencillo, tan estético y eficaz. Como un pase al vacio de Iniesta.

“El fútbol es el primer deporte del mundo, es el deporte más atractivo para todos los continentes. Si yo tuviera que decir por qué sucede eso, es porque no siempre ganan los poderosos.” Eso también lo dice Marcelo Bielsa.

El reino de España duró seis largos años. Cuando Chile lo derrumbó, incluso los que disfrutamos de él, celebramos. The times they are a-changin’, cantamos brindando, llenos de regenerada incertidumbre.

“Les voy a leer lo que para mí es el fútbol: éramos todos muy amigos, nos gustaba jugar juntos, la pasábamos bien reunidos, intentábamos hacerlo lo mejor posible. Atacar mucho y luego recuperarla con la ilusión de volver a atacar, y esperábamos la compañía de la suerte. Ése es el fútbol, muchachos.” Sí, Marcelo Bielsa, una vez más.

Recordar las ganas intensas de querer salir a la calle a gambetear postes de luz y peatones después de ciertas victorias llenas de triangulación, posesión y asombro. Con los amigos del barrio.

Abrazos no hay sólo de gol. Por suerte.

 

Llegar a octavos

 

Los mexicanos se clasificaron al Mundial de Brasil la noche en que Panamá se inundó de lágrimas. Su archirrival del norte de la frontera fue, además, su salvador. En un partido inverosímil (y por ende siempre tan probable en la dinámica de lo impensado que es el fútbol), un equipo de Estados Unidos  sin sus principales estrellas privó a Panamá de su primera alegría mundial.

Por un lado, México perdía 2-1 contra Costa Rica. Por el otro, Panamá empataba a un gol con Estados Unidos. Era el minuto 64 de ambos partidos. Era el 15 de octubre del 2013. En el minuto 83, México pierde todavía, después de unas eliminatorias desastrosas, y un tal Luis Tejada marca el 2 – 1 para Panamá, que nunca ha estado tan cerca, que tiene en sus manos, por primera vez, la opción de pelear por ese ansiado cupo contra Nueva Zelanda en el repechaje, que está eliminando a México y haciendo sufrir a cuanto agente de viajes azteca que había planeado hacer fortuna con sus packages todo incluido dirección Rio de Janeiro, que está destrozando la última esperanza de un país que siempre ha sido asiduo al fiestón del fútbol desde 1994. Pero llega ese despiadado tiempo después del tiempo que comienza después del 90. Y aparecen dos apellidos que todos nosotros olvidaremos, seguro, nunca oiremos, tal vez, pero que quedarán grabados en las pesadillas y en el remordimiento de todo panameño que vea con ojos brillantes un balón rodar: Zusi y Johansson. Zusi el empate en el 91 y Johansson la derrota, porque estamos hablando de la derrota de un país y no de la victoria de otro, faltando veinte segundos para el 93.

La noche en que Panamá se desploma, México revive. Despachan sin problema a los neo zelandeses y llegan a Brasil. Ayer, en el 3-1 contra Croacia, los mexicanos demostraron, una vez más, que saben luchar y que pulmones y huevos tienen de sobra.  Tienen también, por suerte, una oferta de pases verticalizada que llega después de haber ido para la derecha, para la izquierda, para atrás, creando triángulos con ángulos imposibles que se cuelan entre las piernas rivales mientras Guardado y Herrera corren como pájaros por las bandas. Los mexicanos, parece ser, no se han olvidado por completo de ese tal Lavolpe que hacía escribir a un Guardiola enamorado sobre novios y salir jugando. El gol  y la presencia, sobretodo, de Rafa Márquez nos ayuda a no olvidarlo.

Pero con tanto ímpetu México también, claro, se equivoca y es ahí donde el riesgo inunda aún más sus partidos y cualquier tipo sentado en un sofá que tenga un mínimo de interés por la épica o la tragedia absoluta decide cambiar de canal para dejar que Brasil siga su camino solo, por su lado. Y México camina en la cuerda floja, yendo y viniendo, mirando hacia abajo, saludando al público, con una sonrisa, lleno de confianza en medio del aire, siempre a punto de caer, pero flotando.

Y México gana y vemos a Miguel Herrera al borde de una explosión, literal, de alegría. Y se califica a octavos de final.

Herrera

Y ahí recordamos: 1994, México pierde en octavos contra Bulgaria. 1998, México pierde en octavos contra Alemania. 2002, México pierde en octavos contra, sí, Estados Unidos. 2006, México pierde en octavos contra Argentina. 2010, México pierde en octavos contra Argentina de nuevo.

A Cruyff le gusta preguntarle a la gente cuando viaja por el mundo quién perdió la final del ’74. El 90% de la gente responde sin hesitar Holanda, dice. Somos los únicos perdedores de los que se acuerda la gente, desde hace cuarenta años, dice. Hemos establecido un record único, dice. Pero México no es Holanda, esa Holanda, ni su sombra, pero algo hay de hermoso y terrible y único en esos cinco octavos de final perdidos. México tiene la extraña (iba a decir admirable) cualidad de siempre perder con la frente en alto. Por ahora todos sabemos que México sabe perder y con una sonrisa ladeada y adjetivos enfáticos nos acordamos con alegría de ellos. Algún día también sabrán ganar, pero como fútbol no rima ni rimará nunca con justicia, el momento de ganar deberá ser en unos pocos días contra Holanda (esta Holanda, no esa), llenándonos de vértigo, ojalá, sino podemos pasar una vida entera esperando a clasificar a un Mundial, a pasar de ronda, escribiendo ese libro que no avanza, queriendo cambiar de trabajo, esperando a que ella dé el primer paso.

Esperando ese partido vuelvo a los 17 años, pensando en todo esto y en quién sabe qué más, igual da, y gozo, todavía, con Die With Your Boots On, de Maiden.

Zancadas de marfil

 

Francesco debería haber sido hincha de la Sampdoria (nació en las cercanías de Génova, de padres genoveses) pero es hincha del AC Milan. ¿Por qué?, le pregunto. Mi papá  no miraba mucho fútbol, a mi hermano no le gustaba, y yo me encontré de frente, un día, de repente, con Van Basten, Rijkaard y Gullit. La decisión fue fácil, la tentación de querer querer a ese trío de holandeses era muy alta.

Yo entiendo a Francesco porque soy hincha del América de Cali. Papá costeño, mamá  bogotana con familia ocañera, infancia en una isla y vuelta a Bogotá para empezar el colegio. Mi Pa no me heredó ningún equipo y, así hayamos disfrutado docenas de partidos juntos delante de la tele, él siempre prefirió que saliéramos al parque con el frisbi o con nuestros guantes de béisbol, Spalding el suyo, Wilson el mío, que con el balón de fútbol.

Escoger ser hincha del América, a los 7 u 8 años fue, creo, a pesar de que América era en esa época un equipo lleno de brillo y de victorias y de Freddy Eusebio Rincón, un primer acto de disidencia consciente que me valió rotundos reproches de la parte de primos y tíos fervientes del Junior e incomprensión y ceños fruncidos de la parte de amigos de la primaria que eran fieles a alguno de los dos clanes de la capital. Pero ya no había vuelta atrás, yo cantaría los goles de ese gigante que es Antony El Pitufo de  Ávila.

Con el América perdimos entonces cuatro finales de la Copa Libertadores, tres de las que no me acuerdo y una, que me hizo llorar desconsolado solo en mi cuarto, con 12 años, cuando Crespo crucificó a Oscar Córdoba. También ganamos, antes y después.

Y el recuerdo de ir al estadio, al Campín, para ir a ver a La Mechita jugar de visitante en Bogotá, con miedo de que nos pegaran a la salida, orgullosos de estar, vestidos de rojo varios amigos del colegio, ninguno de Cali, cada uno convencido y fiel a nuestro escudo endiablado por alguna razón misteriosa que nunca discutimos, para celebrar todos juntos esa tarde de aguacero ese golazo de tiro libre de Jersson González en ese partido intrascendente, que terminaría en empate, pero que fue festejo memorable, con el delincuente que llegaba de Cali con el Barón Rojo, con el mono que cantaba y alentaba como nadie, con cada uno de mis amigos, con el calvo que olía a sudor rancio, con el mechudo que estaba tan fumado que no podía ni tenerse en pie, con el gordito que cargaba su hijo en los hombros, con el que no pudo contener dos lagrimones, ese festejo que fue un abrazo total con todos esos desconocidos que queríamos la misma cosa, algo tan simple y tan complicado como ver el balón de Jersson acariciar la red que estaba enfrente nuestro.

Francesco me dice que ya no siente al Milan como antes, que le cuesta Berlusconi, que la euforia sin timón del grito de gol, de cualquier horroroso gol de Pippo Inzaghi le hace falta. Yo le confieso que veo a la Mechita cada vez más desde la lejanía, cada día, desde hace años, de forma más diluida. La siento como mi primera novia, fue la primera a la que le dije te amo y tal vez por eso todavía la sigo queriendo tanto, pero ya nos escribimos poco, nos vemos menos, nos seguimos queriendo tan solo en la importancia del pasado compartido. Tal vez ya diez años fuera de Colombia no ayudaron tampoco mucho a la relación. Quién sabe.

Pero ahora pienso en otro abrazo, aún más grande, casi 15 años después de ese día en el Campín vestido de rojo, otro abrazo que queda, que fue hace tan sólo cinco días, ese 14 de junio que sigue tan cerca y parece tan lejos, pero ahora vestido de amarillo, un amarillo que me tocó, que no escogí, un amarillo que no es novia sino madre y que me emociona y que me conmueve y que me hace sufrir, tanto, y que es, tal vez, el único tipo de nacionalismo que no me asusta ni me molesta ni me aburre y en el que me tiro irremediablemente de cabeza. Ese abrazo fue con otros nuevos desconocidos y otros viejos amigos en un bar de París, Le Bootleg, cuando Pablito Armero salió corriendo hacia la esquina diciéndoles a todos por acá, muchachos, por acá es la fiesta.

En el alboroto de la celebración del tercer gol, el de James, alguien me reventó la nariz de un codazo y manché de sangre el top rojo clarito de la novia alemana de un tipo. También se me cayó al piso una pinta de cerveza recién comprada que le mojó los pies a los que andaban en chanclas. Mi nariz va bien, gracias. El vaso se rompió.

Hoy, desde que me levanté, pienso en la fiesta en potencia pero siento que las tan, pero tan espeluznantemente bellas zancadas de Yaya Touré no están muy lejos. Expectante, tiemblo.