Para conjurar agüeros

Cuando llegué al parqueadero del supermercado más o menos reconocí una cara familiar en el tipo que guardaba sus paquetes en la maleta del carro, así que lo saludé con un “quiaaaay… quémaaaas” y una sonrisita, esperando que no quisiera extenderse en una conversación, porque no recordaba muy bien de dónde lo conocía. Él me respondió el saludo con otra sonrisa y un gesto de la cabeza, y siguió en lo suyo mientras yo escudriñaba con insistencia en mi cabeza cuál era la conexión con este conocido. No tardé mucho en caer en cuenta de que había saludado, sintiéndome casi obligada, a Juan Pablo Ángel, un futbolista que nunca en su vida me había visto. Esa anécdota ilustra de forma cercana mi relación con el fútbol. Particularmente con los mundiales de fútbol. A diferencia de cualquier miembro de mi familia, por ejemplo, que cada cuatro años los recibe como al hijo adorado que regresa desde un lugar del mundo diferente cada vez, yo en cambio saludo por cortesía a ese viejo conocido que no me conoce.

Varios factores determinaron esa relación, pero me voy a ocupar de una en particular que me tiene hoy en una encrucijada. A partir de mi ignorancia absoluta sobre el funcionamiento del fútbol como deporte, y ante la imposibilidad de ocuparse de cualquier materia distinta durante las cuatro o cinco semanas que dura un mundial cada cuatro años, abocada sin remedio a ver fútbol, mi único criterio de selección para ver un partido fue siempre la presencia de uno o más guapos en juego. (Excepto, pues, en caso de ser la selección Colombia, que nunca ha tenido mucho para ofrecer en ese terreno, pero en estas circunstancias, valido esa forma de nacionalismo). Y paulatinamente empecé a notar que yo jamás podía celebrar una victoria después de haber visto un partido. Sin excepción, cada vez que le iba a un equipo, este irremediablemente perdía. Los más guapos solo ganaban cuando yo no los veía jugar. Así fue que con harto fundamento se me colgó el agüero de ser “bulto’esal”. Creo que la confirmación definitiva fue la eliminación de Italia en el mundial del 90. La selección italiana de ese año era como el equivalente de un desfile de Victoria’s Secret para chicas, y en especial Roberto Baggio, que encabeza mi listado personal de futbolistas guapos de todos los tiempos. Yo no me quería perder el show, pero por supuesto, los vi perder. Los últimos partidos que recuerdo haber visto en mi vida fueron los dos primeros que jugó Colombia en USA 94, y ya se sabe cómo nos fue.

Ahora, la encrucijada de hoy es que tengo la convicción de que la selección nacional ha podido ganar todos los partidos que ha jugado en Brasil 2014 solo porque yo no los he podido ver. La transmisión en Australia es a unas horas criminales, como las 3:00 a.m., por ejemplo, que no da ni para trasnochar, ni para madrugar. Pero ahora, en un gesto que ellos consideran de solidaridad, mi esposo y algunos amigos, han organizado una mañana colombiana para el próximo sábado a las ¡6:00 a.m.! Quieren que tengamos un desayuno colombiano (!?) mientras vemos el partido. Yo he tratado con insistencia de explicarles los fundamentos de la ciencia agorera y de las terribles consecuencias que puede acarrear este despropósito, pero ellos creen que es simple folclor. Incluso me proponen como solución que esté ahí, aunque no vea el partido –como si fuera posible–, pero ahora, además, estoy segura de que no es suficiente con que no lo vea; también es necesario que yo esté dormida para que ganen.

Como no le veo salida alguna a este compromiso, solo quise dejar constancia por escrito de las disculpas que de antemano tengo que ofrecer a la selección colombiana de fútbol si llego a interrumpir su espectacular ascenso. En lo profundo conservo la esperanza de que manifestando por anticipado mis reservas se logre conjurar ese sino, aunque a quién pretendo engañar; los que sabemos de agüeros entendemos que hace falta mucho más para lavar un bulto de sal.