Se le dan dos tazas

Hoy Dios se volvió a exceder y castigó a los brasileños con una final mundialista en su propia casa con Argentina como contendiente y ellos mientras tanto en la cancha auxiliar luchando el tercer lugar más triste de la historia tras recibir la apaleada de sus vidas.

Argentina jugó más que nada a repeler los ataques de los monstruos goleadores holandeses y a respaldar a Messi en asaltos al arco opuesto, fallidos todos por falta de un clon de Messi que convirtiera en gol las oportunidades (algunas muy buenas) que logró generar (o en su defecto un James Rodríguez). El gran héroe fue mi tocayo Javier Mascherano, que destruyó con una barrida perfecta (desvió la pelota con apenas la punta del pie) la mejor oportunidad que el temible Robben tuvo para anotar en todo el partido. La precisión del movimiento de Mascherano merecería una entrada entera (¡una oda!) sobre el prodigio físico de estos futbolistas profesionales que por desgracia ahora no me puedo permitir.

Otro gran héroe fue el arquero argentino, el barbado Sergio Romero. La estocada final es toda suya.

Holanda, mientras tanto, se vio opaca, incapaz de meterse con propiedad dentro del área argentina. De cierta forma la suya fue una reproducción del estilo de juego muy estructurado pero tal vez demasiado metódico (demasiado cauto) que ya había mostrado con Costa Rica. La conclusión fue similar, salvo que en esta ocasión los penales no los favorecieron. El arquero intimidante entrenado para penales se quedó en la banca: el calculador van Gaal había gastado todos los cambios. Calculó mal.

Aunque suene a obviedad, los holandeses perdieron porque no supieron cómo ganar. Los argentinos, en cambio, ganaron porque resistieron hasta el final. A veces no se necesita mucho más.

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