Que la fortaleza se mantenga en Fortaleza

Una vaina bien jodida con esto del mundial es que cuanto más se avanza (cuanto más avanza la selección local, mi selección quiero decir) más grande es el riesgo emocional, más fuerte se sentirá el totazo en el momento en que nos eliminen.

Todas las relaciones, las amorosas, tienen un punto de no retorno, un umbral que una vez atravesado nos deja, sin reversa, expuestos al dolor y al derrumbe emocional. Uno suele saber cuando pasó esa raya o cuando está a salvo todavía, listo para correr en la dirección contraria y así hacerle el quite al dolor.

Es momento de aceptar que ese punto de no retorno lo pasamos hace rato, quizás muy exactamente en el partido del sábado anterior ante Uruguay, es momento también de admitir que La Selección Colombia nos tiene enamorados a todos y que de aquí para allá solo nos espera un corazón roto sin remedio o  un “y fueron felices para siempre”.

Si como dijo mi hermano “el mundo empieza a girar al contrario”, si ganamos este viernes (como de verdad espero que pase), luego la cosa será todavía más difícil de llevar o quien sabe, porque todo ha sido muy bello hasta ahora.  Y no pretendo decir que ya hicimos mucho porque este corazón, como no, quiere más, quiere cantar más goles, ver más bailes, este corazón no quiere dejar de sentirse así: porque la felicidad es el deseo de repetir, dijo Kundera alguna vez.

Me gusta, sobre todo, ver cómo todo esto ha empezado a cambiarnos un poco la cara, el ánimo; hasta en las casas más perdidas de veredas en La Calera, en donde jamás, durante tres años, he visto agitarse una bandera de Colombia, ahora las veo, como si nuestro corazón colombiano acostumbrado a puras porquerías dejara escapar una tímida sonrisa.

Esta tarde en el edificio grande que veo desde la ventana en que trabajo, colgaron dos banderas de Colombia enormes, las veo agitarse con la brisa de la tarde bogotana y ya son para mí un hermoso recuerdo del futuro y hasta me imagino cómo les contaré a otros que viví esto.

Pase lo que pase, venga lo que venga, hay que ponerse mañana la camiseta, alistar el corazón y la garganta, pa’ lo que sea. Es lo más bello que nos ha pasado en mucho tiempo.

Que la fortaleza se mantenga en Fortaleza y que el Castelão nos vea ganar, ante la mirada incrédula de los vaticinadores de tristezas.