Ilusión pero tristeza pero ilusión

La derrota de ayer fue de esas que duelen. No hablemos del arbitraje. Los jugadores colombianos podrían haber entrado desde el primer minuto con la convicción con la que entraron los chilenos a jugarle a Brasil. Carlos Sánchez podría haber estado despierto en ese tiro de esquina para interceptar el balón que en el minuto 7 terminó en gol de Thiago Silva. David Ospina podría haber estado un par de pasos a su izquierda para desviar ese balón que en el minuto 69 terminó siendo un golazo de David Luiz. ¡Casi se lo tapa, hermano! Yo vivo en dos mundos: en un mundo posible en el que se dieron, por lo menos, esas tres posibilidades; y en el mundo real, en el que todo pasó como sabemos que pasó. Me cuento la historia del mundo tal y como fue, pero en esos minutos clave el mundo real se ramifica y se convierte en el mundo posible en el que quiero vivir, con el que soñé los días que pasaron entre el partido contra Uruguay y el de ayer contra Brasil. En ese mundo posible somos hasta campeones mundiales.

Es el problema con el mundo real con respecto al otro posible: no siempre es como uno quiere que sea, sino como una cantidad de eventos ajenos al deseo y control de uno hace que sea. Mientras, repitiéndome la historia que cuentan las estadísticas oficiales, acepto el curso de este mundo que me tiene triste por la derrota y dejo la inestabilidad existencial, vale la pena hacer memoria de varias cosas. Por ejemplo que, aunque en 5 partidos Colombia tuvo 12 goles a favor y apenas 4 en contra, en el partido contra Brasil esa efectividad no apareció: algo tácticamente correcto, así fuera sucio o feo, hizo Brasil; que Colombia supo ganar y perder jugando (casi) siempre bien y limpio; que la generación actual es prometedora; que el equipo ya había hecho más que cualquier equipo colombiano en la historia de los mundiales; que James Rodríguez sigue siendo el goleador del Mundial, con dos goles más que quienes le siguen en la estadística: Müller, Messi y Neymar (¡!); que eventualmente más ilusión borrará esta tristeza, este dolor de hincha, y que en cualquier caso lo importante es que hay salud.

Esta derrota es de esas que duelen porque teníamos con qué, porque unos ajustes (tardíos) bastaron para que Brasil armara esa táctica miedosa conocida como “mete a todo tu equipo atrás”, que es consuelo de tontos, pero consuelo de todas maneras, y consuelo es lo que los tristes necesitamos. Estuvimos muy cerca de la semifinal, aunque las estadísticas digan otra cosa. Nos dieron muy duro porque ya estábamos alto. En este hogar teníamos la celebración preparada y la tuvimos que convertir en rondas alternadas de comentarios justificatorios que evitan con algo de pudor hablar de los errores del equipo. No lo aceptamos explícitamente, pero en medio de ese pudor añoramos el mundo en el que no vivimos: nuestra victoria contra Brasil, contra Alemania, contra cualquier otro y nuestra primera copa del mundo. No lo queremos publicar, pero cada que recordamos ese tiro de esquina del primer gol, esa que Cuadrado casi mete, esa que anularon, esa que casi tapa David Ospina, cada que recordamos una así mordisqueamos con rabia y decimos que estuvimos cerca, que por un pelo podríamos habitar otro mundo.

Dijo James memorablemente luego del partido, con las lágrimas en la cara: “Los hombres también lloran, y más cuando sentís esto como un hijuemadre”. A los tristes nos calma un poco saber que no estamos solos. Y vamos a seguir ilusionados, así eso nos haga caer duro otra vez, porque eso es el compromiso con la Selección y porque si no cómo salimos de esta nosotros que no somos profesionales.

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