Francesco debería haber sido hincha de la Sampdoria (nació en las cercanías de Génova, de padres genoveses) pero es hincha del AC Milan. ¿Por qué?, le pregunto. Mi papá  no miraba mucho fútbol, a mi hermano no le gustaba, y yo me encontré de frente, un día, de repente, con Van Basten, Rijkaard y Gullit. La decisión fue fácil, la tentación de querer querer a ese trío de holandeses era muy alta.

Yo entiendo a Francesco porque soy hincha del América de Cali. Papá costeño, mamá  bogotana con familia ocañera, infancia en una isla y vuelta a Bogotá para empezar el colegio. Mi Pa no me heredó ningún equipo y, así hayamos disfrutado docenas de partidos juntos delante de la tele, él siempre prefirió que saliéramos al parque con el frisbi o con nuestros guantes de béisbol, Spalding el suyo, Wilson el mío, que con el balón de fútbol.

Escoger ser hincha del América, a los 7 u 8 años fue, creo, a pesar de que América era en esa época un equipo lleno de brillo y de victorias y de Freddy Eusebio Rincón, un primer acto de disidencia consciente que me valió rotundos reproches de la parte de primos y tíos fervientes del Junior e incomprensión y ceños fruncidos de la parte de amigos de la primaria que eran fieles a alguno de los dos clanes de la capital. Pero ya no había vuelta atrás, yo cantaría los goles de ese gigante que es Antony El Pitufo de  Ávila.

Con el América perdimos entonces cuatro finales de la Copa Libertadores, tres de las que no me acuerdo y una, que me hizo llorar desconsolado solo en mi cuarto, con 12 años, cuando Crespo crucificó a Oscar Córdoba. También ganamos, antes y después.

Y el recuerdo de ir al estadio, al Campín, para ir a ver a La Mechita jugar de visitante en Bogotá, con miedo de que nos pegaran a la salida, orgullosos de estar, vestidos de rojo varios amigos del colegio, ninguno de Cali, cada uno convencido y fiel a nuestro escudo endiablado por alguna razón misteriosa que nunca discutimos, para celebrar todos juntos esa tarde de aguacero ese golazo de tiro libre de Jersson González en ese partido intrascendente, que terminaría en empate, pero que fue festejo memorable, con el delincuente que llegaba de Cali con el Barón Rojo, con el mono que cantaba y alentaba como nadie, con cada uno de mis amigos, con el calvo que olía a sudor rancio, con el mechudo que estaba tan fumado que no podía ni tenerse en pie, con el gordito que cargaba su hijo en los hombros, con el que no pudo contener dos lagrimones, ese festejo que fue un abrazo total con todos esos desconocidos que queríamos la misma cosa, algo tan simple y tan complicado como ver el balón de Jersson acariciar la red que estaba enfrente nuestro.

Francesco me dice que ya no siente al Milan como antes, que le cuesta Berlusconi, que la euforia sin timón del grito de gol, de cualquier horroroso gol de Pippo Inzaghi le hace falta. Yo le confieso que veo a la Mechita cada vez más desde la lejanía, cada día, desde hace años, de forma más diluida. La siento como mi primera novia, fue la primera a la que le dije te amo y tal vez por eso todavía la sigo queriendo tanto, pero ya nos escribimos poco, nos vemos menos, nos seguimos queriendo tan solo en la importancia del pasado compartido. Tal vez ya diez años fuera de Colombia no ayudaron tampoco mucho a la relación. Quién sabe.

Pero ahora pienso en otro abrazo, aún más grande, casi 15 años después de ese día en el Campín vestido de rojo, otro abrazo que queda, que fue hace tan sólo cinco días, ese 14 de junio que sigue tan cerca y parece tan lejos, pero ahora vestido de amarillo, un amarillo que me tocó, que no escogí, un amarillo que no es novia sino madre y que me emociona y que me conmueve y que me hace sufrir, tanto, y que es, tal vez, el único tipo de nacionalismo que no me asusta ni me molesta ni me aburre y en el que me tiro irremediablemente de cabeza. Ese abrazo fue con otros nuevos desconocidos y otros viejos amigos en un bar de París, Le Bootleg, cuando Pablito Armero salió corriendo hacia la esquina diciéndoles a todos por acá, muchachos, por acá es la fiesta.

En el alboroto de la celebración del tercer gol, el de James, alguien me reventó la nariz de un codazo y manché de sangre el top rojo clarito de la novia alemana de un tipo. También se me cayó al piso una pinta de cerveza recién comprada que le mojó los pies a los que andaban en chanclas. Mi nariz va bien, gracias. El vaso se rompió.

Hoy, desde que me levanté, pienso en la fiesta en potencia pero siento que las tan, pero tan espeluznantemente bellas zancadas de Yaya Touré no están muy lejos. Expectante, tiemblo.

Un comentario en “Zancadas de marfil

  1. Gracias panita por estos relatos… espero verte pronto y revivir con vos otros momentos de alegría que tuvimos en esas tierras. Un abrazo papá.

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