A cuenta de un apellido alemán, en la casa de mi abuela en los mundiales se iba por Alemania. Porque éramos alemanes. Porque Alemania, sencillamente, era mejor. Mucho antes de Gary Lineker, mis tíos ya sabían que al final los alemanes siempre ganaban. Ganábamos.

Esa primera persona del plural me daba muchos problemas, para empezar porque lo de ser alemán no me parecía verosímil: no hablábamos alemán, no vivíamos en Alemania, desayunábamos con arepa. Por desgracia, nada sacaba a relucir tanto la prepotencia germanófila de mis tíos como la Copa del Mundo. Eso selló mi destino: desde el primer mundial del que tengo memoria he ido por cualquiera excepto por Alemania.

Con sigilo en España 82. Con vehemencia en México 86. Y con patriotismo, por fin, en Italia 90.

Porque para mis tíos el que Colombia después de veintiocho años volviera a un mundial era irrelevante. Ellos no estaban esperando a que Colombia fuera al mundial para tener equipo, ellos ya tenían uno, el que siempre ganaba. Así que cuando Colombia quedó en el grupo de Alemania, lo que dijeron fue:

—Les vamos a meter cinco.

Pero no nos metieron cinco: empatamos. El que Alemania después ganara el mundial, de penalti, «polémico», era irrelevante. Para mí.

Y así, a cuenta de unos tíos que se creían alemanes, terminé aficionándome a vivir los mundiales en contra de la estadística. Porque los alemanes no ganan siempre, pero suelen ganar. Alemania ha sido finalista en 2002 y semifinalista en 2006 y 2010. Mis tíos están convencidos de que ya toca. Otra vez.

Y ayer Pepe les dio la razón. No fue el único.