Los mexicanos se clasificaron al Mundial de Brasil la noche en que Panamá se inundó de lágrimas. Su archirrival del norte de la frontera fue, además, su salvador. En un partido inverosímil (y por ende siempre tan probable en la dinámica de lo impensado que es el fútbol), un equipo de Estados Unidos  sin sus principales estrellas privó a Panamá de su primera alegría mundial.

Por un lado, México perdía 2-1 contra Costa Rica. Por el otro, Panamá empataba a un gol con Estados Unidos. Era el minuto 64 de ambos partidos. Era el 15 de octubre del 2013. En el minuto 83, México pierde todavía, después de unas eliminatorias desastrosas, y un tal Luis Tejada marca el 2 – 1 para Panamá, que nunca ha estado tan cerca, que tiene en sus manos, por primera vez, la opción de pelear por ese ansiado cupo contra Nueva Zelanda en el repechaje, que está eliminando a México y haciendo sufrir a cuanto agente de viajes azteca que había planeado hacer fortuna con sus packages todo incluido dirección Rio de Janeiro, que está destrozando la última esperanza de un país que siempre ha sido asiduo al fiestón del fútbol desde 1994. Pero llega ese despiadado tiempo después del tiempo que comienza después del 90. Y aparecen dos apellidos que todos nosotros olvidaremos, seguro, nunca oiremos, tal vez, pero que quedarán grabados en las pesadillas y en el remordimiento de todo panameño que vea con ojos brillantes un balón rodar: Zusi y Johansson. Zusi el empate en el 91 y Johansson la derrota, porque estamos hablando de la derrota de un país y no de la victoria de otro, faltando veinte segundos para el 93.

La noche en que Panamá se desploma, México revive. Despachan sin problema a los neo zelandeses y llegan a Brasil. Ayer, en el 3-1 contra Croacia, los mexicanos demostraron, una vez más, que saben luchar y que pulmones y huevos tienen de sobra.  Tienen también, por suerte, una oferta de pases verticalizada que llega después de haber ido para la derecha, para la izquierda, para atrás, creando triángulos con ángulos imposibles que se cuelan entre las piernas rivales mientras Guardado y Herrera corren como pájaros por las bandas. Los mexicanos, parece ser, no se han olvidado por completo de ese tal Lavolpe que hacía escribir a un Guardiola enamorado sobre novios y salir jugando. El gol  y la presencia, sobretodo, de Rafa Márquez nos ayuda a no olvidarlo.

Pero con tanto ímpetu México también, claro, se equivoca y es ahí donde el riesgo inunda aún más sus partidos y cualquier tipo sentado en un sofá que tenga un mínimo de interés por la épica o la tragedia absoluta decide cambiar de canal para dejar que Brasil siga su camino solo, por su lado. Y México camina en la cuerda floja, yendo y viniendo, mirando hacia abajo, saludando al público, con una sonrisa, lleno de confianza en medio del aire, siempre a punto de caer, pero flotando.

Y México gana y vemos a Miguel Herrera al borde de una explosión, literal, de alegría. Y se califica a octavos de final.

Herrera

Y ahí recordamos: 1994, México pierde en octavos contra Bulgaria. 1998, México pierde en octavos contra Alemania. 2002, México pierde en octavos contra, sí, Estados Unidos. 2006, México pierde en octavos contra Argentina. 2010, México pierde en octavos contra Argentina de nuevo.

A Cruyff le gusta preguntarle a la gente cuando viaja por el mundo quién perdió la final del ’74. El 90% de la gente responde sin hesitar Holanda, dice. Somos los únicos perdedores de los que se acuerda la gente, desde hace cuarenta años, dice. Hemos establecido un record único, dice. Pero México no es Holanda, esa Holanda, ni su sombra, pero algo hay de hermoso y terrible y único en esos cinco octavos de final perdidos. México tiene la extraña (iba a decir admirable) cualidad de siempre perder con la frente en alto. Por ahora todos sabemos que México sabe perder y con una sonrisa ladeada y adjetivos enfáticos nos acordamos con alegría de ellos. Algún día también sabrán ganar, pero como fútbol no rima ni rimará nunca con justicia, el momento de ganar deberá ser en unos pocos días contra Holanda (esta Holanda, no esa), llenándonos de vértigo, ojalá, sino podemos pasar una vida entera esperando a clasificar a un Mundial, a pasar de ronda, escribiendo ese libro que no avanza, queriendo cambiar de trabajo, esperando a que ella dé el primer paso.

Esperando ese partido vuelvo a los 17 años, pensando en todo esto y en quién sabe qué más, igual da, y gozo, todavía, con Die With Your Boots On, de Maiden.