Hoy hace exactamente 24 años grité el primer gol de mi vida con verdadera emoción, fue este:

 Mi abuela todavía estaba viva, la casa no estaba remodelada y yo era una niña cerca de la adolescencia, mi hermano quizás ya iba a la universidad, no lo recuerdo ese día en la casa.

El gol de Alemania se sintió como una puñalada en el corazón pero el gol del empate de Rincón fue de pronto el momento más bello de toda esa década, un gol que era la única alegría que, como país, sentíamos en muchos años.

Un empate con sabor a triunfo brutal, un gol que nos aliviaba la tristeza, que desdibujaba por un momento el aura de enorme dolor que rodeaba al país en esos durísimos años entre estallidos de bombas y asesinatos promovidos por los narcos. Solamente el año anterior habían matado a Luis Carlos Galán e hicieron estallar la bomba del DAS que alcanzó a mover las tejas y los cimientos de mi casa, a unos 8 km. del lugar. Solo por hablar de un par de asuntitos que marcaron a toda una generación de colombianos.

Crecí acostumbrada a creer que éramos una generación condenada a puras mierdas malas, a que en los deportes siempre cada pequeño triunfo nos costara mucho, a que cada diminuta cosa buena que nos pasara tuviéramos que celebrarla y sentirla hasta la médula porque todo lo que pasaba en nuestro diario vivir era suficientemente malo. Que siempre nos faltaban cinco para el peso, que todo lo del pobre era robado, que la alegría era solo brasilera, que no teníamos motivos para reír. Que sí los teníamos ya matarían a alguien, ya estallaría una bomba en algún lugar.

Vi el gol de Rincón ese 19 de junio una y otra y otra y otra vez. No me cansé, lo vi en todos los noticieros, en todas las repeticiones, por tres y cuatro días. La emoción y el grito de Fredy Rincón, que era la emoción de todo un país, me impresionaron profundamente, emoción que reencontré hace apenas un par de años en una exposición el Museo Nacional, en donde estaba esa emblemática foto en gran formato.

fredyrincon

Acerca de la expo decía el Museo Nacional:

Después de 28 años de no participar en un Mundial, el 30 de octubre de 1989 la Selección Nacional dirigida por Francisco Maturana logró clasificar tras dos partidos de repechaje contra la Selección de Israel. Esto ocurría durante uno de los periodos más violentos vividos en Colombia: tres candidatos a la presidencia fueron asesinados entre 1989 y 1990, se produjeron varios atentados contra instituciones como El Espectador y al DAS, además de masacres, secuestros, extorsiones y amenazas a la población civil. El mundo del fútbol nacional no estuvo exento de esta coyuntura. El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado el árbitro Álvaro Ortega después de haber pitado un partido en Medellín, hecho que -sumado a la violencia vivida entonces en el país- condujo a la suspensión del campeonato colombiano de fútbol durante ese año. Con ello, la participación de Colombia en el Mundial de Italia 90 se constituyó en mucho más que un campeonato deportivo para los aficionados, se transformó en el símbolo nacional por excelencia, un símbolo que muchos quisieron vincular con la esperanza, la alegría y la paz.

Un país hecho de fútbol – Museo Nacional de Colombia

Nunca me voy a cansar de ver ese gol, porque sin duda debe haber sido el momento más feliz esos tempranos años de mi vida. La primera vez que sentí la verdadera emoción del fútbol y de un gol de mi selección.

Hoy, 24 años después, el día del aniversario de ese gol, otra vez canto los goles de Colombia, mi grito sigue siendo tan genuino como ese primero y nuestra alegría (la de todo un país) parece otra, una más madura y menos contenida, parece que pese a todo no nos resignamos a la tristeza. El aire parece otro, algo huele muy parecido al tímido renacer de la esperanza.

Todavía nos cuesta ganar pero ya no parece tan imposible como antes. Ya hasta le mostramos al mundo entero cómo es que se baila en esta esquina del continente. La alegría no es solo brasilera.