Irracional

El fútbol es irracional. Los jugadores persiguen al árbitro y reclaman aunque saben, lo tienen que saber, que la única posible consecuencia es una tarjeta adicional o una expulsión. ¿Cuántas reconsideraciones por reclamo airado de jugadores sudorosos habrá en la historia del fútbol profesional de alto nivel? Los espectadores desalojan las regiones más concurridas de su lóbulo frontal y odian con rabia desaforada (desean la muerte o al menos la castración o la pérdida de piernas o hijos) a quien jamás han conocido ni conocerán porque impidió con esa terquedad característica de su gremio (o porque le correspondía si es un defensa providencial) que ese otro desconocido que los hace felices lograra hacerlos todavía más felices por un momento efímero, sin consecuencia alguna a futuro para sus vidas ni las de sus conocidos cercanos. Las reglas sostienen el juego porque lo limitan y también porque son el tirano indolente que alimenta la red de pasiones que lo envuelve. Sin reglas el fútbol existe en la calle, en canchas improvisadas, en parques, en la ausencia de cualquier figura de autoridad, pero qué sería del juego sin la posibilidad de hundirse en el desafuero que confunde el drama de la pelota con la trascendencia de la vida.