Fingir

Es como con el autismo. Hay que aprender a fingir que uno siente lo que para todo el mundo parece ser instinto. Para encajar. Me tomó años de estudio atento de mis conocidos y mi entorno encontrar mi ruta dentro de fútbol, una que al menos pareciera sincera. Con este propósito asistí a partidos (en estadio y en bares, con amigos y solitario, muchos más de los que jamás imaginé que vería a mis doce o quince años, cuando mi resistencia a ser asimilado por esa barbarie alcanzó su cúspide) y me forcé a aprender las gramáticas del juego, tanto la de la cancha como la lingüística, para intentar establecer una conexión y hacer parte así fuera desde la distancia de la incomprensión.

No sé bien qué pasó, no siento que entienda nada de verdad, de pronto es sólo el hábito, pero al final, en algún momento que ahora no tengo claro pero que pudo ser perfectamente hace cuatro u ocho años (o tal vez ayer), descubrí que la inminencia de ciertos partidos (no todos, nunca todos, no tengo eso en mí) me despertaba el mismo vértigo/cosquilleo previo a los mejores paseos: el ansia que precede el encuentro con lo fascinante, con la proeza y el portento; ese aquí va a pasar algo realmente grande que dificulta pensar.

Ahora disfruto del fútbol. Puedo entrar y me siento a gusto. Me desconcierta para bien. Admiro y sufro. Ya no estoy seguro de cuándo finjo y cuándo no. Leo sobre el Brasil-Croácia de esta tarde, planeo dónde lo veré y pienso con absoluta naturalidad: “Ojalá que los croatas quemen a pata esos hijueputas”.

Es una guerra.

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