El equipo de todos

El vecino de acá al lado me dice que en este mundial sigue a Estados Unidos, cómo no, pero la fuerza lo que se dice la fuerza la hace cuando juega Inglaterra. “Es que de allá es mi papá”, me aclara. Un amigo brasileño y su esposa colombiana, me cuentan, han encontrado en el equipo estadounidense un breve territorio neutral entre tantas diferencias de sentir el fútbol. Hay un hijo de por medio, nacido acá y para efectos prácticos criado también acá, que ahora tiene que balancear su gusto futbolístico entre tres equipos. Nadie sabe cómo manejar esa situación. En la fila del almuerzo una doña comentaba que había celebrado el gol del triunfo del otro día ante Ghana casi pero no tal cual como celebra los de su natal Mexico. “El tri es otra cosa” explicaba. Con ese tono en que de ser necesario uno explicaría una infidelidad. Fue una aventura nada más, un desliz, qué sé yo, pero no significó nada en realidad.

Acá en este país en donde todo el mundo viene de otra parte el equipo local es el equipo de todos. Sirve que no es muy bueno. No faltaba más. No faltaba más que el imperio de todo lo demás fuera también el dominador de lo único que nos queda. Sirve que es un equipo inofensivo, al que le podemos ganar. Supongo. Lo vemos jugar con cierta ternura. Nos da curiosidad esa actitud tan autóctona del vamos a pretender que somos los mejores a ver a cuántos podemos engañar, o ese rombo en el medio campo tan anacrónico, o ese técnico alemán, de khakis, polo y tenis, ya acostumbrado a las maneras californianas, tan relajadas ellas.

El fútbol, a veces, ignorando realidades.