El demonio de Uruguay

Es un viejo decir, un lugar común, que el fútbol es un juego de caballeros jugado por rufianes. Es un decir muy viejo para estos tiempos.

En lo que va de su carrera de futbolista profesional, Luis Suárez, héroe nacional en Uruguay, demonio en todas las otras partes, agredió a tres rivales via, bueno, mordisco. El primer incidente fue en Holanda y por ello su club de entonces, Ajax, lo sancionó con dos partidos y una multa. El segundo incidente fue en Inglaterra, por el que fue sancionado con diez partidos sin jugar y una multa. El tercer incidente, por supuesto, acaba de ocurrir y la FIFA lo castiga con nueve juegos sin poder jugar con su selección y cuatro meses sin poder contacto alguno con el fútbol, ni visitar estadios, ni jugar.

Lo ominoso en los tres casos es la arbitrariedad de la agresión. Un momento todo anda normal, y de repente Suárez agrede. No hay agresión mutua, no hay altercado previo, si acaso alguna discusión, pero la cosa no se ve venir. Las víctimas reaccionan acorde, con más sorpresa que dolor. Ciertamente peores cosas se han visto en un campo de fútbol, con consecuencias más serias, con algún jugador gravemente lesionado, y que se descartan como gajes del oficio, cosas del juego, es que es un juego de contacto ¿recuerda?, esto es para hombres ¿no le decíamos?.

El castigo es ejemplar, por supuesto. Y la FIFA entiende que el comportamiento antideportivo hay que sancionarlo por el bien del juego, por el ejemplo a los que apenas empiezan, por el ejemplo para los que lo ven. O quién sabe. Tal vez hay un tono de persecución en este asunto, algo falso en las explicaciones hechas desde ese tercer piso moral de las autoridades, que parece un castigo por lo que pudo ser, por lo amplio que se pone el panorama cuando alguien pierde el control.

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