Una de las muletillas predilectas de los charlatanes que deambulan por nuestras transmisiones televisivas es esta idea queen algún momento fundacional hubo una suerte de diáspora, que separó a aquellos técnicos rocosos, esos a quienes les mueve el resultado a cualquier costo, de aquellos líricos, que pareciera que tuviesen una lectura artística o altruista de este tan hermoso deporte. Y, según ellos, hay algo que denominan escuelas. Que algunos se ubican allá, otros con sus compadres a este otro lado y así. Bullshit. Basta de mentiras.

Chile, como muchos otros países de nuestra región, ha sufrido con estas narrativas que tanto de comer le ha dado a los embusteros de turno. Pero a diferencia de otras selecciones, que cuentan a su haber o triunfos esporádicos, una cierta identidad de juego o bien momentos gloriosos que contar a las nuevas generaciones, Chile nunca gana. Puede gustar, ser sorpresa, dar un par de toques por allí, un delantero oportunista por allá y zas, zarpazo, lo que usted quiera. Pero nunca, jamás, se ha sentado en la silla de aquellos que tienen alguna copa que mostrar.

Hace algunas horas Chile le encajó tres a la selección más débil de la Copa, al menos en el papel. Era un trámite, ya se sabe. Se daba por descontado: los verdaderos rivales son ese puñado de acabados españoles y los imberbes holandeses que supuestamente vienen a foguearse antes que competir. De alguna manera, Chile es justamente eso, un país bipolar, con hinchas excesivamente entusiastas capaces de predecir resultados con soltura y analizar con detención los detalles ajenos mientras nos damos cabezazos con nuestros defectos colgados allí en la pared.

Nos espera España en el Maracaná, donde volveremos a jugar por competencias oficiales veinticinco años después de esa tarde en que el mejor arquero de nuestra historia decidiera que era una buena idea usar el bisturí que llevaba oculto en el guante para tratar de engañar a la FIFA y clasificar a través del engaño, la viveza, la pillería, a un mundial de fútbol. Un partido de vida o muerte que va a dejar en descubierto nuestras graves carencias defensivas y nuestro entusiasmo, a veces atolondrado otras veces agresivo, por llegar al arco contrario y conseguir darle la vuelta a los ludópatas alrededor del mundo que seguramente esperan un resultado lógico. No sé qué va a pasar, pero llevo meses pensando en clave de pelotazos cruzados y me cuesta dormir tratando de descubrir la fórmula perfecta de la cobertura a Iniesta. Robben, a propósito de quien anoche me desvelé, nos espera con un cuchillo entre los dientes apenas salgamos de esta ópera feroz. Sin sufrir, no es fútbol.