Cómo no te voy a querer

Dice Javier que ahora sí, esto se puso serio. Ahora que nos dimos cuenta que podemos ganar, la idea de perder espanta más. Cuando el sorteo estuvo, comentábamos que era un grupo mentiroso. Fácil en el papel, en ese sentido arbitrario que usamos para juzgar la viabilidad de una victoria sobre una selección mundialista. No clasificar era entrar en una duda existencial. Clasificar holgadamente era llegar a los octavos de final, el verdadero inicio del mundial, con un convencimiento no del todo sano, a enfrentar a un rival más serio, más potente. Colombia ha clasificado con solvencia, y el rival en la siguiente es Uruguay, un equipo que fútbol más fútbol menos, sabe competir. La posibilidad de perder es más real que nunca.

Otra forma de verlo, es que si no te ilusionas ahora, no te vas a ilusionar nunca.

Me sigue pareciendo que Colombia no tuvo una primera ronda muy exigente. Grecia, un equipo ahí. Costa de Marfil, mucho músculo, mucha improvisación, empujó bastante. Japón pateó mucho, tal vez porque ya estaba todo dicho Colombia lo permitió pero queda la duda si con un equipo con más olfato para estas cosas el resultado hubiera sido distinto. No sabemos cómo reacciona el equipo si se ve en desventaja. O como resuelve con el rival tirado atrás apostándole al contragolpe. Hasta ahora, solo hemos sabido ganar.

Uno que no sabe de estas cosas analiza sin tener idea, se ilusiona con poco, a veces con nada, a veces, como en este caso, con mucho. Se aventura uno en filosofías, en metáforas pretensiosas. Me dicen acá, que lo nuestro es conformismo pero también racionalizar incluso las derrotas como pequeñas victorias. Justificarlo todo y aceptar lo que venga. Yo no sé de estas cosas y vivo en un lugar en el que el fútbol quiere decir a veces poco o casi siempre nada, lejos de compinches con quién celebrar. Pero lo pienso y lo pienso, le doy vueltas a esta ilusión y me doy cuenta que lo que quiero es ganar, este partido que viene, más que todos los demás, este partido que viene, lo quiero ganar.