Chile y Brasil

Mi abuelo nació en 1919. En la práctica, pudo ver todos los mundiales de fútbol de la era moderna. Tenía treinta y uno para el Maracanazo, sesenta y tres para cuando Carlos Caszely pierde el penal contra Austria, setenta y dos para la inolvidable noche del 5 de junio de 1991 y setenta y nueve cuando Marcelo Salas jubiló al viejo estadio de Wembley con una zurda inmortal preparándose para el Mundial de Francia, cita a la que volvíamos después de dieciséis terribles y dolorosos años. Noventa y cinco cuando Charles Aránguiz metió el puntazo que mandó de vuelta a casa, en primera ronda, al todavía campeón del mundo.

En Chile son pocas las ocasiones cuando podemos de verdad celebrar. Tanto es así que durante mucho tiempo se ha acuñado el maldito concepto de ‘victoria moral’, que intenta encontrar una forma de celebración desde la derrota cuando ella es injusta, fortuita o derechamente solo respuesta a un destino que pocas veces nos tiene reservadas sonrisas deportivas. Victoria moral es perder por poco, hacernos expulsar un par de minutos antes de conseguir un empate salvador. Victoria moral es jugar bien, como nunca, para perder como siempre.

He buscado estadísticas que muestren a otra selección que en sus tres últimas participaciones en Copas del Mundo le haya tocado jugar contra Brasil en octavos de final. En 1998 implicó un 4-1 inapelable; en 2010 la selección de Bielsa tuvo que rendirse ante un 3-0 irresoluble firmado por Robinho, Luis Fabiano y el ignoto defensa central Juan. Y no es sólo eso. Incluso la multinacional Nike, tan asidua a registrar creativos spots para la tv para los mundiales, ha utilizado a Chile como chivo expiatorio para hacer lucir a los astros brasileños. En alguna parte del mundo, algún creativo publicitario espera con ansias otra vez que la verde amarilla se enfrente a ese país de rojo para poder grabar a ocho cámaras y en 4D las peripecias de los pentacampeones sobre la cancha. Pero desde ahora, no más.

El partido del sábado fue motivo de una tristeza amarga que a muchos nos ha impedido incluso comentar lo que pasó ese mediodía en Belo Horizonte. El resultado es sabido, Brasil está en cuartos de final de la copa que organizaron para ganarla. Pero la diferencia es que Chile tuvo rezando en la cancha a los mismos que graban spots, de rodillas esperando que dios -que, como se ve, a veces es brasileño- se manifieste en forma de penal, golpe en el palo, ceguera arbitral repentina o afortunado rebote en la rodilla. Minutos después, rogando al altísimo algo de favor desde los doce pasos. Los tuvimos de rodillas y durante 120 minutos rezando porque el tiempo pasara rápido, que la pesadilla se termine. Brasil ganó, pero hubo jugadores chilenos que no se equivocaron jamás y fueron figuras jugando con un desgarro de 8 milímetros (Gary Medel) o a tres semanas de ser operados del ligamento de la rodilla (Arturo Vidal). Brasil hoy prepara su partido de cuartos contra Colombia, pero yo jamás me olvidaré de Gary Medel, saliendo del área con balón dominado en el minuto 115 mostrando la pelota en tres cuartos de cancha haciendo evidente la miseria y pobreza del equipo local, que renunció a atacar a este equipo que, donde no tenía más talento que el rival, puso corazón.

En estos días, sobre todo en estos días, he pensado mucho en mi abuelo. Tuvo que escuchar el partido contra España en el hospital del pueblo a través de la radio, teniendo inmovilizado el sector izquierdo de su cuerpo después de un ataque cardiovascular ocurrido justo después de la inauguración del mundial, mientras escuchaba los himnos. Una de sus primeras preguntas estando en recuperación fue que cómo había salido Brasil, lo que llenó de esperanzas a los familiares pese a las contundentes conclusiones del equipo médico. Comenzó a tener sólo intervalos lúcidos a partir del jueves y fue cada vez más evidente su incapacidad para comunicarse. Mi abuelo murió finalmente en la madrugada del domingo, en una noche que recuerdo con imposibilidad de dormir, en parte porque mi corazón estaba pensando en él, en parte con pena, y en parte porque repasé una y otra vez el derechazo de Pinilla que estremeció el horizontal en el último minuto del tiempo suplementario y que nos daba pase a cuartos. Una parte de mi le gustaría pensar que cerró los ojos con una sonrisa, justo centésimas de segundos antes que Alexis le devolviera la pared al nueve. Que murió pensando que después de noventa y cinco años esta vez sí fue posible, que se acabó el tiempo del destino funesto, que se terminaron las victorias morales para siempre.

Ayer estuve un rato en la que era su pieza, llena de fotos de sus hijos y nietos. Cuando cerré la puerta vi que bajo la percha, donde guardaba su bata de levantar, tenía pegado un afiche de la Selección, de esos que regalan en los diarios.

5 comentarios en “Chile y Brasil

  1. Claudio: Qué disfrute leerte. Pero debo decir algo. El tata amaba el fútbol, vibraba con cada partido y ese amor es una de las herencias que más valoro. Estas semanas antes de su muerte coincidieron con el inicio del Mundial Brasil 2014, que prometía tanto y que deja en evidencia además lamentables y confusos episodios. Pero más allá de eso, me quedaré con la dulce sensación de que el tata se fue saboreando los logros, más allá de la poca fortuna y la eliminación temprana, de una selección chilena que hizo historia rompiendo estadísticas amargas. Me quedaré con la tranquilidad de que el amor por el balón rodando en las canchas por parte de nuestro abuelo, fue correspondido con una campaña que pese a tener una muerte temprana, tuvo el éxito necesario para llenar su cara de sonrisas antes de un último suspiro de gol. Un abrazo.

  2. Felicitaciones por tu texto, Claudio. Y ánimo para ti. Ciertamente lo del pasado sábado no se va a olvidar jamás. Sólo con más fútbol, dice la repetida frase. Pero como dijo alguna vez el Bambino Veira: “la baaase está”. Aún este equipo nos puede entregar alegrías. Saludos!

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