Algo asombroso

 

Leo Cómo no te voy a querer y me emociono. Leo Esto se puso serio y me emociono.  Tengo que decir que igual me levanté esta mañana todavía borracho, de goles y hasta de esperanza. Y de trago.

Salí a desayunar a un bar y recordé la mañana del 12 de junio, cuando todo esto arrancó:

En La Timbale, un bar cercano a mi casa me tomé no uno sino dos vasos de jugo de naranja recién exprimido. El precio, exorbitante. Mi actitud, hubiera pagado veinte veces más caro. Sin problema. El sol me pegaba en la cara. No me gusta el sol en la cara. Me gustó. Fui feliz. Leí L’Equipe y discrepé violentamente, en silencio, con ciertas alineaciones. Leí la entrevista a Miralem Pjanic. Su padre, jugador de la tercera división de fútbol yugoeslava, abandonó lo que sería Bosnia pocos meses antes de la guerra, a los 24 años, gracias a un contrato del FC Schifflange 95, club luxemburgués, donde Miralem comenzaría jugar como cadete. Hoy Pjanic tiene 24 años y juega el Mundial para un país que no existía cuando él nació. El fútbol, me dije.

Esa mañana temí las zancadas maravillosas de Yaya Touré.  Ayer ni siquiera tuve pesadillas con el hambre desaforada de ese entrañable loco que es Luis Suarez. Esa mañana, a mi izquierda, en la terraza de La Timbale, en la mesa de al lado, un travesti, ecuatoriano, apuesto, con un chihuahua, peludo, peludísimo. A mi derecha, un viejito que tomaba apuntes en una hoja A4 doblada por la mitad. Apoyaba la hoja en un libro. El lomo del libro me decía el título. Traduzco: Manual del nuevo evangelizador. Editorial Salvador, en mayúsculas. Las notas las tomaba mirando al horizonte (que era una lavandería al otro lado de la calle). Esto debe significar algo, intuí.

Pensé en Xuxa, Xuxa cantando y bailando, Xuxa mirando con ojos brillantes de deseo a Ayrton Senna, Xuxa viviendo durante seis años con Pelé, Xuxa rechazando la proposición de matrimonio de Michael Jackson, Xuxa diciéndonos, con una sonrisota y botas de cuero rojo hasta las rodillas, “Es la hora, es la hora, es la hora de jugar.” Y sí, estamos jugando. Y de qué manera.

Sin transición, pensé que James no había nacido cuando Colombia llegó a octavos por primera vez.

Veinticuatro años, nos decimos. Yo tenía seis años y me acuerdo de ver el partido contra Camerún sentado en la cama con mis papás, los tres en piyama, tomando jugo de mango en leche.

Que veinticuatro años no es nada, qué febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra. Canto. Y sí, sentir, que es un soplo la vida. Un soplo de vida. Como el cuento que Clarice Lispector le contaba a sus hijos y que comenzaba por “Érase una vez un pájaro” y que nunca terminaba porque, Clarice, abrumada por tanta belleza, debía detenerse tras pronunciar esa sola frase.

Le escribí entonces, desbordante de alegre cursilería asumida (que sigue intacta), a unos cuatro o nueve amigos, desperdigados, I believe it is the beginning of a beautiful month, y, a otros tantos, sucederá algo realmente asombroso.

Esa mañana, no paraba de pensar en la celebración de Marco Tardelli en el 82. Pensaba en esa celebración como si fuera el último gesto humano que debiera quedar antes del fin del mundo.

Esta mañana pienso, ahora que empieza la hora de la verdad, que un gesto tan conmovedor también puede ser nuestro. Y hasta con más swing.

Me siento terriblemente humano.