Cine y Fútbol: Segunda Parte

Este Mundial increíble que ya casi termina, nos deja una serie de cortometrajes realizados dentro del proyecto “Pepsi: Beats of the Beautiful Game”, dirigidos por Spike Lee, Diego Luna, Idris Elba, entre otros. En una entrada previa prometí compartir el listado completo de dichos cortos pero debo confesarlo: no logré conseguirlos todos, descubrí que algunos no están disponibles para latinoamérica. Sin embargo, aquí dejo dos videoclips que sí están publicados (y que recomiendo particularmente):

Kicking Down Doors, de Santigold. Cortometraje de Andy Morahan.

http://www.youtube.com/watch?v=DV8TSSiZa2E

Whoever we are, de Timbaland y Rachel Assil. Cortometraje de The Kolton Brothers.

http://www.youtube.com/watch?v=i4UFU3bvJ5Q

Gracias, amigos de Mundo Pelota. Que la fiesta del fútbol nunca se acabe.

Fútbol cuántico

En el minuto 65 de los cuartos de final entre Brasil y Colombia, James cobra para los colombianos una falta desde el lado derecho. La pelota caerá en el centro del área brasileña. Justo en el momento del impacto al balón, dos jugadores colombianos estarán en fuera de lugar. Guarín, quien previo al lanzamiento ha intentado distraer a la defensa rival exagerando una posición adelantada. Ese plan no funcionará. Y Yepes, nuestro héroe en cuestión. La pelota cae y todo es tensión. Desesperados los brasileños tratan de negociar algún despeje urgente. Desesperados tres colombianos tratan de sacar un tiro al arco entre tanta confusión. Al suelo muy pronto ha ido Zapata, el otro defensor colombiano, complicando las circunstancias. Tres segundos o una eternidad después, es Yepes el que le da un final al asunto.

Es gol.

Y luego deja de serlo.

El juez de línea dice que ha visto una violación a la regla del fuera de juego. Un jugador no está cometiendo una infracción simplemente por estar en posición de fuera de juego. Pero hay algunas cosas que no puede hacer. Ésta dualidad hombre en fuera de juego hombre que no ha hecho nada es análoga a la dualidad onda partícula de las vainas elementales. Es y no es pero seguramente es algo. Nadie entiende la mecánica cuántica o el fútbol. La infracción ocurre cuando el jugador en fuera de juego se involucra en la jugada, es lo que dice la regla. Lo uno y lo otro están sujetos a la interpretación de un observador, en este caso el árbitro, y bueno, digamos que las cosas no estuvieron muy bien por ese lado.

Si usted encuentra una máquina del tiempo y puede volver a este momento, éstas son algunas cosas que puede hacer para ayudar: Sugerir a Yepes no intervenir en las circunstancias y ceder el honor a Ramos que de todas maneras está ahí al lado. Proponer al juez de línea que el balón ha tocado a un brasileño primero, antes, mucho antes de todo este drama, invitando a la re-evaluación de lo que es lo que ha sido y lo que será.

Por último, preste atención a la cara de Armero al final, justo antes de ser empujado por el reclamo de un Yepes enardecido. Cómo queremos a Armero.

Tener en casa a tu papá

Yo soy 2% argentino por el lado del esposo de una prima. Además de eso, siento un cariño arbitrario por los argentinos desde que Boca se ganó con Bianchi como tres Copas Libertadores seguidas, desde que anda por ahí Messi, ese futbolista  imposible, desde que me resultó un gusto por los tangos y desde que conocí uno o dos argentinos calurosos y gentiles. Pura arbitrariedad. Pude haberle cogido cariño a los mexicanos o a los chilenos, o ya que estamos en estas a los holandeses, que todos también tienen lo suyo.

Futbolísticamente hablando, este equipo argentino no es que sea de esos que ganan sin discusión y aplastando, pero vean ustedes que llegaron a la final siempre con una chispa de fútbol que sacó alguno de sus magos, como ese golazo de Di María contra Suiza a último minuto; y con algún (mentiras, varios) golpe de arepa, como ese cabezazo suizo que pegó en el palo también a último minuto (de qué tan justa es la así llamada “arepa” podemos escribir sendos tratados). Siempre fútbol, en todo caso. A cuentagotas, pero fútbol al fin y al cabo, sin grandes críticas conspiratorias por la compra de los partidos o juegos sucios en los que salieran a partir a algún rival.

Si de merecimientos se trata, “qué se yo”, hasta depronto merecía más pasar Holanda porque sí, por su historia, porque ya era hora y habían goleado a España, y porque jugaban a matarte. Holanda salió a oler el juego de Argentina metido en la defensa, a temerle, quizá de más, a Messi, y cuando atacó apareció el talento discreto pero mágico de la defensa y la marca argentinas. El Holanda goleador no apareció. Parte del juego también es proponer táctica de desgaste defensivo y sacrificio, aguantar el cero y apostarle a los penales. Se puede perder así o salir a jugar con imprudencia y perder en los 90: se corren riesgos jugando contra un poderoso. En el partido contra Costa Rica Holanda lo supo hacer y ganó ahí, ahora lo hizo Argentina y ganó con su criticado arquero. Los holandeses salieron impasibles, como si no hubieran perdido el paso a la final de la Copa del Mundo. Los jugadores de Argentina celebraron de manera casi extática al dejar de ser jugadores de fútbol y volverse hinchas de sí mismos.

Me gusta el estilo de la hinchada argentina, me gusta verlos cantar y llorar de la alegría, me alegra verlos alegres. Me reflejo en su pasión parcializada por su Selección, que excedida en triunfalismo vende la casa para ir al Mundial y se amanece en una calle brasileña quedándose sin voz con el “decíme, Brasil: qué se siente tener en casa a tu papá”. Estos hermanos argentinos, como los hermanos alemanes, también merecen la copa y el domingo van a ir a que esa decisión sea guerreada en la final. Como dijo un aforista anónimo: “Qué bonito que es el fútbol”.

Se le dan dos tazas

Hoy Dios se volvió a exceder y castigó a los brasileños con una final mundialista en su propia casa con Argentina como contendiente y ellos mientras tanto en la cancha auxiliar luchando el tercer lugar más triste de la historia tras recibir la apaleada de sus vidas.

Argentina jugó más que nada a repeler los ataques de los monstruos goleadores holandeses y a respaldar a Messi en asaltos al arco opuesto, fallidos todos por falta de un clon de Messi que convirtiera en gol las oportunidades (algunas muy buenas) que logró generar (o en su defecto un James Rodríguez). El gran héroe fue mi tocayo Javier Mascherano, que destruyó con una barrida perfecta (desvió la pelota con apenas la punta del pie) la mejor oportunidad que el temible Robben tuvo para anotar en todo el partido. La precisión del movimiento de Mascherano merecería una entrada entera (¡una oda!) sobre el prodigio físico de estos futbolistas profesionales que por desgracia ahora no me puedo permitir.

Otro gran héroe fue el arquero argentino, el barbado Sergio Romero. La estocada final es toda suya.

Holanda, mientras tanto, se vio opaca, incapaz de meterse con propiedad dentro del área argentina. De cierta forma la suya fue una reproducción del estilo de juego muy estructurado pero tal vez demasiado metódico (demasiado cauto) que ya había mostrado con Costa Rica. La conclusión fue similar, salvo que en esta ocasión los penales no los favorecieron. El arquero intimidante entrenado para penales se quedó en la banca: el calculador van Gaal había gastado todos los cambios. Calculó mal.

Aunque suene a obviedad, los holandeses perdieron porque no supieron cómo ganar. Los argentinos, en cambio, ganaron porque resistieron hasta el final. A veces no se necesita mucho más.

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Cabeza caliente

Yo sí es que no sé nada de fútbol. Hubiera apostado una pelota a que Brasil ganaba contra Alemania. Siquiera no apuesto. Debería tatuame o raparme o algo en penitencia, aunque qué pereza. De todas formas creo que la tarea del aficionado no es saber, sino esa cosa que llamamos “hacer fuerza”. Le voy incondicionalmente al Deportivo Pereira y al Cali y cuando juegan entre sí tiro una monedita, en partidos internacionales le voy al vaya ganando o al que tenga un jugador que me caiga bien, así bien arbitrario. Si pierden, volteo la arepa y le empiezo a ir a otro. Basta de confesiones, ese no es el tema. El tema es que Alemania le ganó a Brasil estripándolo contra el piso y que ya se hizo justicia por esas victorias milimétricas inmerecidas que ostentaba un Brasil que jugaba a ver qué, cuándo te lo meto y cuándo el árbitro nos favorece y así vamos de partido a partido hasta que se nos atraviese alguien que de verdad nos deje tirados sin ganas de levantarnos.

Los alemanes celebraron y si hubieran perdido hubieran llorado. Nada de juego robótico y frío, como muchos afirmaron, y más bien mucha valentía al seguir encima todo el partido sin meterse atrás nunca y un juego muy bonito de toque toque preciso, como debe ser. Es un ejemplo para Colombia, que siempre quiere jugar así. Y una lección para Brasil, que nunca debió dejar de jugar así. Los jugadores alemanes me emocionaron: Podolski llenando de elogios al fútbol brasilero y Özil consolando a sus rivales después del partido. Desde que Schweinsteiger lloró después de perder contra España en el mundial pasado quería verlos celebrando y, bueno, la tercera semifinal fue la vencida. Ganó bien y bonito Alemania, qué bacano eso. Y después salió el video de los hinchas alemanes bailando el Ras Tas Tas de salsa choke, con la cabeza caliente por el triunfo y haciendo el trencito y tal: esta hinchada me cae muy bien y merece la copa. Que no se nos olvide que también hay victorias de las que no solamente queda el resultado, sino de las que podemos también rescatar los porqués. Y esta tarde este hogar le va a Argentina.

 

Euforia Colectiva

Tal vez lo que más dice de la semifinal de hoy es que tras el gol brasileño que dejaba las cosas 7-1, Boateng, el último hombre alemán se da la vuelta protestando, exigiendo más atención, más presión. De ese tamaño estuvieron las cosas. El consenso es que este Brasil era menos fútbol y más un sobreviviente corazón. Lo pareció en los primeros minutos, con el impulso del himno logro empujar a Alemania a su campo. Alemania aguantaba cómodo, a decir verdad, con Schweinsteiger haciendo de Makelele en ese 4-1-4-1 que a los suramericanos tanto nos ofende pero que resulta bien pragmático a la hora de plantarse en el juego. Ya luego Brasil empezó a mostrar las fallas, era cuestión de tiempo. Primero Marcelo pierde el balón en campo contrario y tras una frenética carrera hacia atrás logra negociar el tiro de esquina. Luego Luiz, hiperactivo pero muy desamparado sin Silva, pierde de vista a Mueller por medio segundo y con eso bastó para el primer gol. La estadística no recomienda esto de empezar perdiendo. Diez minutos después Alemania atacó tres veces y marcó tres goles. Y, pues, ni modo.

Le preguntaron a Scolari que por qué no hizo algo, cualquier cosa, para detener el desmadre. Y el man, incrédulo, como si la explicación estuviera demás dijo que lo pensó pero que en realidad no hubo tiempo. Íbamos 0-1 y luego entramos en shock, y así. A veces le pide uno demasiado a los técnicos. Alemania ha vuelto a la formación que usó en Surafrica, los experimentos de la fase inicial se presumen atrás. No será invencible, pero lo parece. También parecen saberlo.

Muy emocional todo este asunto hoy. Sigo creyendo que Colombia debió jugar esta semifinal y cada vez me sirven menos las razones que me dan para que no haya sido así. Que el árbitro, que el gol anulado, que la rudeza brasileña, y esa madre de todas las explicaciones: es que no nos dejaron jugar. Qué diablos quiere decir que este Brasil de mentiritas nos haya eliminado. Qué lección hay acá. Dice Hornby que el estado natural del hincha es el de la amarga decepción, qué importa el resultado. Hoy al caer los goles alemanes qué amargo se me volvió todo. Te cambio toda esa justicia divina, el bailecito, el campeonato moral y el diagnóstico féliz por lo que viene y todas estas razones hechas y no hechas en nombre de nuestra social bacanería por esta determinación alemana. Y haber jugado hoy. Ganar no lo es todo: es lo único, dicen acá. Si tan solo.

Bah. Mejor paro ahí. ¿Será la rabia el último paso en el duelo o falta todavía más?

Ni con palo ni con rejo

Y sí, bueno, la ilusión rencorosa era que Alemania derrotara a Brasil pero nadie esperaba que les hundieran siete goles. Creo que Dios se excedió.

El primer gol se sintió reivindicativo. Cuando llegó el segundo pensé “karma”. El tercero lo atribuí a la confusión producida por los dos primeros: el asalto los descompensó. A partir de ahí dejé de entender. Cuando llegaron al sexto ya nadie celebraba. La impotencia defensiva de Brasil aterraba. Los goles eran culposos, casi accidentales, de quien sabe que humilla y no quiere realmente hacerlo pero no puede no hacerlo porque esto es el fútbol y anotar es una exigencia primaria. Alguien me hizo caer en cuenta de que algún director de producción pudoroso decidió descontinuar de la transmisión las caras ocasionales de brasileños descompuestos entre el público, con la pintura verde y amarilla corrida por las lágrimas. Tal vez el dolor cuando se alcanzan los cinco goles se vuelve demasiado íntimo para exponerlo así. Hasta el registro de dramatismo televisivo en vivo tiene límite, igual que el espacio para los nombres de los que anotaron gol debajo del marcador de la transmisión: sólo cabían cuatro.

Después vino el cierre y las tomas de los jugadores acongojados. Probablemente ellos entendían casi tan poco como los espectadores. De nuevo pensé “karma”: Brasil había jugado a no jugar ni dejar jugar contra Colombia respaldados por ese arbitraje licencioso que convirtió el partido en una larga falta con fractura vertebral al cierre. Fue un juego odioso, de un patán mimado y sin dignidad. Ni siquiera era fútbol efectivo. Era solo triste. Cuando ese juego terminó el desvergonzado de David Luiz se acercó a Rodríguez y pidió al público aplausos para el joven mediocampista (que todavía sigue siendo el goleador del mundial). Algunos vieron grandeza en el gesto; yo sólo vi cinismo (o tal vez culpa mal disimulada): David Luiz, al fin y al cabo, fue copartícipe del matoneo deshonroso que Rodríguez recibió durante todo el partido (excusado como marca). Si su respeto por Rodríguez fuera sincero lo primero que debió hacer fue pedirle disculpas a nombre de la desgracia de equipo al que pertenecía. No pasó. Ni de cerca. Por eso cuando lo vi hoy llorando y pidiéndole perdón a los brasileños por la humillación que habían permitido no me dio ni un poquito de pesar. Bien merecido.

Habría dado gusto ver jugar a Colombia (o a Chile) contra los alemanes, un equipo serio que sí quería jugar.

David Luiz llora

Los que tienen que ganar

“Que ganen los que tienen que ganar y no esos equipitos aparecidos y que llegan por pura casualidad o buena suerte a las instancias definitivas”, fue una de las frases que se escucharon antes de que se jugaran los octavos. Por ejemplo, un comentarista deportivo de nacionalidad colombiana dijo que era una afrenta que Costa Rica pasara siquiera de la fase de grupos, que eso perjudicaba al buen fútbol, al espectáculo y sería evidencia de que este mundial no es normal. Bueno, no en esas palabras, pero más o menos eso dijo él y repiten muchos.

Estos reclamos invocan como una “esencia histórica” (?), una tradición que tienen ciertos equipos en virtud de la cual se convierten en los que tienen que ganar. Acá los méritos históricos previos al  partido que se juega dotan a aquellos con historia de una autoridad mayor para ganar. Aquellos que tienen que ganar porque ya han ganado son: Brasil, Italia, Alemania, Argentina, Uruguay, Inglaterra, Francia y España; y Holanda es otro que tiene que ganar porque revolucionó el fútbol en táctica y estrategia y ya ha estado en muchas finales y, bueno, ya es hora de que gane porque pobrecito; y otro que tiene que ganar porque sí es el anfitrión. Y de ahí para abajo que entre el diablo y escoja.

Lo que hicieron Croacia, Turquía, Corea del Sur y Portugal en los mundiales pasados fue una afrenta, así las cosas. Y, bueno, también España hasta hace cuatro años y Francia y cualquier otro hasta que ganó su primer título y entró por lo tanto a la lista arbitraria de quienes se han ganado una copa. “Tienes que ganar una copa del mundo desde que ganas una copa del mundo” es un corolario del llamado a que ganen los que tienen que ganar y a que pierdan los que tienen que perder. Es un principio que, reducido a su forma más simple, se convierte en la siguiente trivialidad vacía, aunque incontestable: “Ganan los que ganan y pierden los que pierden”.

Este fútbol como axiomático decide antes de que se jueguen los partidos, redacta documentos oficiales que presentan los que tienen que ganar e intimidan de paso a los que tienen que perder para que pase lo que tiene que pasar. Este fútbol elimina eso que llaman “pero qué bonito que es el fútbol” y elimina las evidencias de la globalización del deporte que hacen que la competencia sea tan pareja como hemos visto. Pero los cofrades del fútbol axiomático no miran este tipo de cosas y prefieren ostentar el conocimiento del pasado para favorecer conclusiones vestiditas con la seda de la tradición.

El fútbol axiomático es un antídoto (no siempre efectivo) contra la decepción y el fracaso, protege al espectador de convertirse en un aficionado, tranquiliza. Con estas semifinales que nos tocan (Brasil-Alemania y Argentina-Holanda) los creyentes están tranquilos: “la historia pesó y la historia ganó”, me imagino que dirán. Sin la posibilidad de sorpresas no hay emoción y ahora que ganó la tradición, esa cosa arbitraria que le gusta tanto a los melancólicos, que entre el diablo y escoja.

El uruguay del maracanazo.

Toni

Matías Manna escribiendo en Paradigma Guardiola

A Kroos no lo quieren. A lo quieren pocos. Por momentos es apático, no es visible en la presión, no mide en un ningún test más que los otros mediocampistas y no es veloz…En medio del Mundial de la negación del centrocampista, puede haber esperanzas. Toni Kroos logró subsistir en el mediocampo alemán. Equipo histórico que siempre prefirió el músculo, ahora tiene a Kroos que no salta, no corre más rápido que nadie, no cabecea, ni defiende alocado pero interpreta el juego como nadie y genera un orden jugando, dando pases y haciendo mejores a sus compañeros.

Los futbolistas de élite empiezan el camino en la niñez. En ese momento no hay nada decidido, solo el afán por jugar. Ser delantero, defensa, mediocampista, arquero, es algo que vendrá después. Antes hay que machacar el juego. Qué sé yo. El destino ya llegará. A veces llega equivocado, el delantero mediocre que fue reinventado como defensor de poder. Cosas así. Me gusta esa descripción de Kroos porque imagino la situación rondándole la cabeza a algún DT alemán resolviendo el dilema. Tenemos este mediocampista acá, no se parece a nada de lo que tenemos, no es mejor que nadie pero él nos hará mejores a nosotros. El lugar común es que el fútbol es como la vida. El destino nos encuentra y encontramos el destino, y a veces la mejor manera de encajar es ser diferente. Quién lo creyera, que íbamos a estar un día en julio defendiendo el rodillo alemán frente a los inventores del fútbol lírico. Pero en eso vamos.

Lo poco que queda

Los clasificados a semifinales son cuatro equipos que parecen representar muy bien la tradición del deporte pero no tienen mayor encanto para ofrecer.

Los hay que hablan bellezas de Alemania y Holanda pero yo no las veo. Veo equipos que ganan con desgano, como por cumplir una obligación, a punta de fuerza bruta. No me emocionan ni me sorprenden.

Argentina y Brasil, por su parte, languidecen bajo sus respectivas famas, con Argentina sobreviviendo de milagro a cada partido con el apoyo del gran Messi y Brasil, convertido en escuadra mafiosa, empeñado en ganar este torneo cueste lo que cueste, a las malas o a las peores si hace falta.

Quedan cuatro partidos. No es fútbol que me muera por ver.

Para este punto creo que lo único que me importa es que Brasil no gane. De resto todo me da medio igual.

Cábalas

No sé si es algo tan común en otros países, pero en Argentina la cosa con las cábalas es universal.

La gente repite el orden en que se sentaron para ver el partido si Argentina gana y lo cambia si pierde. La ropa, lo que se come, lo que se bebe, si las cortinas están cerradas, entornadas, todo puede convertirse en una cábala. La función de la cábala es permitir la sensación de que hay algo que podemos hacer para contribuir con el resultado deseado. Existe gente que desconoce o desprecia esta noble función de la cábala y elige cosas como que bostece el gato, o que llueva (hoy llovió en Buenos Aires y Argentina pasó a semifinales), con lo cual se instalan voluntariamente en ese universo caótico e insensato del que desesperadamente buscamos escapar los seres humanos desde nuestros principios como especie. Mi estrategia al respecto es más idiota todavía. En lugar de la valentía de despreciar las cábalas como intentos pueriles de contrarrestrar nuestra esencial falta de control sobre lo que sucede en el universo, rehuyo cualquier patrón repetitivo de comportamiento que pueda llegar a ser considerado una cábala. Al punto que siento que si estoy sentándome siempre en el mismo lugar, o con la misma gente, o comiendo lo mismo durante los partidos (es un decir, soy incapaz de comer durante los partidos), eso podría perjudicar seriamente las chances de Argentina de ganar el partido.

Ilusión pero tristeza pero ilusión

La derrota de ayer fue de esas que duelen. No hablemos del arbitraje. Los jugadores colombianos podrían haber entrado desde el primer minuto con la convicción con la que entraron los chilenos a jugarle a Brasil. Carlos Sánchez podría haber estado despierto en ese tiro de esquina para interceptar el balón que en el minuto 7 terminó en gol de Thiago Silva. David Ospina podría haber estado un par de pasos a su izquierda para desviar ese balón que en el minuto 69 terminó siendo un golazo de David Luiz. ¡Casi se lo tapa, hermano! Yo vivo en dos mundos: en un mundo posible en el que se dieron, por lo menos, esas tres posibilidades; y en el mundo real, en el que todo pasó como sabemos que pasó. Me cuento la historia del mundo tal y como fue, pero en esos minutos clave el mundo real se ramifica y se convierte en el mundo posible en el que quiero vivir, con el que soñé los días que pasaron entre el partido contra Uruguay y el de ayer contra Brasil. En ese mundo posible somos hasta campeones mundiales.

Es el problema con el mundo real con respecto al otro posible: no siempre es como uno quiere que sea, sino como una cantidad de eventos ajenos al deseo y control de uno hace que sea. Mientras, repitiéndome la historia que cuentan las estadísticas oficiales, acepto el curso de este mundo que me tiene triste por la derrota y dejo la inestabilidad existencial, vale la pena hacer memoria de varias cosas. Por ejemplo que, aunque en 5 partidos Colombia tuvo 12 goles a favor y apenas 4 en contra, en el partido contra Brasil esa efectividad no apareció: algo tácticamente correcto, así fuera sucio o feo, hizo Brasil; que Colombia supo ganar y perder jugando (casi) siempre bien y limpio; que la generación actual es prometedora; que el equipo ya había hecho más que cualquier equipo colombiano en la historia de los mundiales; que James Rodríguez sigue siendo el goleador del Mundial, con dos goles más que quienes le siguen en la estadística: Müller, Messi y Neymar (¡!); que eventualmente más ilusión borrará esta tristeza, este dolor de hincha, y que en cualquier caso lo importante es que hay salud.

Esta derrota es de esas que duelen porque teníamos con qué, porque unos ajustes (tardíos) bastaron para que Brasil armara esa táctica miedosa conocida como “mete a todo tu equipo atrás”, que es consuelo de tontos, pero consuelo de todas maneras, y consuelo es lo que los tristes necesitamos. Estuvimos muy cerca de la semifinal, aunque las estadísticas digan otra cosa. Nos dieron muy duro porque ya estábamos alto. En este hogar teníamos la celebración preparada y la tuvimos que convertir en rondas alternadas de comentarios justificatorios que evitan con algo de pudor hablar de los errores del equipo. No lo aceptamos explícitamente, pero en medio de ese pudor añoramos el mundo en el que no vivimos: nuestra victoria contra Brasil, contra Alemania, contra cualquier otro y nuestra primera copa del mundo. No lo queremos publicar, pero cada que recordamos ese tiro de esquina del primer gol, esa que Cuadrado casi mete, esa que anularon, esa que casi tapa David Ospina, cada que recordamos una así mordisqueamos con rabia y decimos que estuvimos cerca, que por un pelo podríamos habitar otro mundo.

Dijo James memorablemente luego del partido, con las lágrimas en la cara: “Los hombres también lloran, y más cuando sentís esto como un hijuemadre”. A los tristes nos calma un poco saber que no estamos solos. Y vamos a seguir ilusionados, así eso nos haga caer duro otra vez, porque eso es el compromiso con la Selección y porque si no cómo salimos de esta nosotros que no somos profesionales.

Brasile Colombia

Chicha

Eran los años setenta y en medio del fervor revolucionario la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá estaba fuera de control, tomada por protestas estudiantiles, reuniones de células urbanas de las varias guerrillas y empapelada de pancartas. Todos los días grupos de jóvenes idealistas enruanados se acostaban en la setenta y dos a parar el tráfico y exigir otros mundos. Las batallas con la policía eran frecuentes y sangrientas. El rector estaba desesperado y decidió desalojar la universidad por unos días. Para reforzar el desalojo compró unos perros pastores alemanes gigantes que repelieran cualquier intento de retoma.

Lo que cuenta la leyenda es que en medio de todo eso, una noche, como acto reivindicativo, un estudiante valiente de educación física claramente loco decidió saltar las rejas y entrar a la universidad para reclamarla. Los ladridos le advirtieron que tenía poco tiempo. Intentó correr hacia la seguridad de alguno de los edificios pero los perros lo agarraron y le arrancaron media nalga. Los vigilantes tuvieron que rescatarlo antes de que lo despedazaran. Lo llevaron al hospital. Un testigo presencial me cuenta que el rector recibió una llamada en medio de la noche y tuvo que salir de carrera al hospital a asegurarse de que todo estuviera bien. De regreso en la casa, con la situación aclarada, le contó a sus hijas que un estudiante se había metido a la universidad pero los perros le habían dejado ese rabo hecho chicha. El muchacho por fortuna sobrevivió.

Ese estudiante era el entonces muy joven Jorge Luis Pinto y ese sigue siendo su talante. Tal vez por eso esta tarde vuelve a saltar rejas y romper reglas establecidas (y tradiciones y roscas y demás mierdas) para enfrentar a los monstruos de Holanda con un equipo pequeñito y bizarro que representa a Costa Rica. De pronto lo logren. En este mundial yo ya no descarto nada. Me encantaría verlos ganar.

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Así que esto es perder

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1. Lo que no me gusta del perder es ganar un poco es que niega la derrota, y si la derrota no existe, si es presentada como una forma velada de victoria estética o moral, entonces de paso por ahí mismo se van los errores y defectos que tal vez valdría reconocer si se quiere avanzar hacia mejores resultados y, por qué no, grandes triunfos. La máxima que se convirtió a punta de fracasos de todo tipo en el lema de la selección colombiana de los noventa explicita una mediocridad cómoda: si ganamos así perdamos que para qué ganar.

2. Hace unos meses mi mamá me envió del pueblo una caja que contenía, entre otras cosas, tres camisetas de la selección compradas en algún puesto callejero del mercado. Cuando las recibí le reclamé el regalo porque soy malagradecido y no sé apreciar gestos. Le dije que para qué nos enviaba eso si sabía que nosotros no las íbamos a usar. Ella me apostó que cuando llegara el mundial las usaríamos. Le respondí que lo dudaba mucho.

3. Mi infancia entera fue una larga evasión activa de todo lo relacionado al fútbol. Nunca demostré mayor interés por mundiales o equipos. Nunca intenté llenar un álbum Panini. Los juegos, seré franco, me aburren. Todavía hoy. De viejo, sin embargo, aprendí a fingir para no desencajar. Los tolero como distracción de fondo. Me cuesta sostener la atención. Nunca había logrado desarrollar un vínculo sustancioso con lo que pasaba en la cancha. A veces me emocionaba brevemente con algún partido pero jamás (incluso en los estadios) había sentido esa conexión de los que realmente se sumergen, lloran, gritan y lo viven. A veces envidiaba eso.

4. Lo envidiaba porque en esa conexión había un compromiso: quienes viven el juego disfrutan las victorias pero también aceptan el riesgo de derrumbarse con la derrota. El compromiso requiere aceptar la posibilidad de un golpe duro en el orgullo: caer cuando el equipo cae, no sólo verlo caer.

5. Durante los noventa vi partidos. Una vez en San Andrés le pedí un autógrafo al Chicho Serna que atesoraba en mi billetera hasta hace poco como uno de mis chistes favoritos. Recuerdo el 5-0 y el caos subsiguiente. Recuerdo jugadores y tragedias. Eran héroes naturales: berracos, ambiciosos, enloquecidos por glorias falsas, malditos, perdidos en un campo verde imposible de franquear, de rodillas ante destinos (a veces) horriblemente crueles. Recuerdo goles. También recuerdo el fervor colectivo que aunque no compartía podía percibir, así como el sentimiento de desazón que aumentaba progresivamente con los partidos. Cada mundial era un trauma, a veces con muertos, y arriba de todo eso siempre estaba la frase reiterativa de que no importaba perder porque nuestro juego era fantástico. Éramos unos artistas incomprendidos que en un mundo ideal ganaríamos todos los partidos. Con interés por el fútbol o sin él, sospecho que todo aquel que vivió Colombia entre el 90 y el 99 desarrolló una cautela natural, un cinismo preventivo, ante cualquier aspiración a la grandeza futbolística. Eso no nos correspondía. Ese exceso de entusiasmo era bruto y vulgar, indigno de perdedores refinados, de casta, como nosotros.

6. Así que cuando este mundial empezó, con Colombia de regreso, desempolvé mi cautela y me dispuse a ver los partidos irónicamente, convencido de que el equipo naufragaría en sus inseguridades y finalmente, si acaso, lograría una victoria agónica sobre Japón cuando ya igual la eliminación era un hecho. Jugamos como nunca y perdimos como siempre, diría en broma en Twitter, y me desentendería de la vaina. Ese era el plan.

7. Entonces los vi jugar.

8. Y podría aquí extenderme e intentar explicar, pero yo no sé de fútbol, de verdad no sé, y lo único que alcanzaría a decir sonaría a sentimentalismo vacío mezclado con nostalgia de la tierra distante y cada vez menos mía. De pronto me entusiasmaron su juventud y alegría (la paternidad me ha vuelto sensible). También pudo ser la garra que le metían a cada partido, esa determinación de ganar en equipo inclaudicable. Era inspiradora. Me tocaba hondo. Eran los herederos de los titanes de hace veinte años: una generación nueva que tenía lo que quiera que a esos otros no habían logrado nunca concretar. Empecé, casi sin darme cuenta, a sentir cariño por esos muchachos. Los admiraba, agradecía lo que hacían por mí y me consideraba parte de ellos. Sin querer, sin desearlo, me comprometí. Su juego me hizo creer. La curtida cautela parecía de repente como un irrespeto a su dedicación y entrega.

9. Vi el partido contra Uruguay con la camiseta puesta. Apagué el computador y me concentré. Tenían toda mi atención. Cuando Rodríguez extendió los brazos para celebrar el gol me dieron ganas de saltar a través del televisor, abrazarlo y darle las gracias por toda esa grandeza feliz que nos regalaba. Ganar era ganar y perder era perder, pensé, y eso era ganar. Eso sí.

10. El de hoy también quería ganarlo. Eso es lo que quería. Quería ganar y celebrar con ellos. Ganarlos todos. Contar a detalle otro gran gol. Me senté en el sofá a verlos ganar y lagrimié con el himno nacional. Pensé: hoy vamos a hacer algo inmenso, nos corresponde, es nuestro turno.

11. El primer gol de Brasil me abrió un vacío en la panza. El gol anulado me dolió. Era el gol de Yepes, mi contemporáneo, el del primer y último mundial de su vida. Sufrí cada falta. Odié la prepotencia agresiva de los brasileños. Compartí la indignación ante las decisiones discutibles del árbitro. Celebré el penalti. Todavía había tiempo. Vi los últimos minutos del partido de pie ante el televisor, frustrado, confundido, angustiado, molesto, con ilusión fluctuante. Hasta el pitazo de cierre mantuve la confianza en que el marcador podía cambiar y podíamos ganar, en que íbamos a encontrar la sincronización perdida y remontar. No pudimos. El equipo no funcionó, hoy no. Los muchachos estaban nerviosos. Se dejaron intimidar. Eso pasa. La presión debe ser brutal. Quise abrazarlos de nuevo a todos al final.

12. Entré a este mundial con cinismo y salí muy afectado. No estoy realmente triste, creo que no, pero sí estoy conmovido. Soy un nerd de treinta y siete años, tuve un Naranjito colgante que llevaba al cuello en 1982, y de todos modos siento como si este fuera mi primer mundial. Me siento pequeño y maravillado. Este equipo de niños felices y extraordinarios motivados por el señor Pékerman me ayudó a entender lo que significa disfrutar el fútbol de verdad. Llegué al partido ante Brasil triunfalista y no puedo decir que ese triunfalismo se haya diluido o que esté desengañado. Esta selección me cautivó y pese a la derrota sigo creyendo en ellos, en lo que pueden lograr. El miedo que evidenciaron hoy me hace quererlos todavía más porque me recuerda que apenas arrancan y con la experiencia sólo crecerán.

13. Después del partido, para despejar la cabeza fuimos al parque a ver qué había en el festival de música que organizan en la ciudad cada año por esta época. En la tarima principal encontramos un conjunto vallenato. Todos los músicos llevaban la camiseta roja. Muchísimos colombianos también uniformados esperaban entre el público. Algunos llevaban banderas como capas. Llegamos en el momento justo en que empezaron a tocar. El presentador advirtió que tocarían desde la pena de la derrota fresca, pero esa música que tocaron no sonaba a desolación ni vergüenza sino al canto orgulloso del vencido que sabe que pronto volverá con más. Le daban duro a ese acordeón. Me entraron ganas de bailar. La verdad no me arrepiento un ápice de haberme ilusionado y haber creído que estos pelaos podían llegar hasta el final. Sigo creyéndolo. Este era el mejor equipo del mundial. En cuatro años no nos vamos a dejar.

Baile colombiano

Triunfalismo

Sean triunfalistas si quieren: no se dejen inhibir por los esotéricos que creen que la ilusión intensa es castigada. La gracia de esto es disfrutar. Igual si pierde el equipo van a ponerse tristes no importa lo moderados que hayan sido con sus deseos y aspiraciones. Ciertos llamados a la moderación son comprensibles y hasta necesarios (por ejemplo cuando los políticos anuncian guerras civiles si no son ellos los elegidos), pero exigirle al hincha deportivo moderación en sus ilusiones es pura mezquindad: la gracia de ser hinchas radica en esa desproporción que es posible permitirse en lo que concierne al juego. Quedan muy pocos lugares de la vida social donde sea tolerado el desmadre emocional. No dejen que el fútbol sea tomado por los morrongos muertos-en-vida que sólo aceptan, con mucha racionalidad orgullosa, flojos optimismos cautos.

kowalski

Que la fortaleza se mantenga en Fortaleza

Una vaina bien jodida con esto del mundial es que cuanto más se avanza (cuanto más avanza la selección local, mi selección quiero decir) más grande es el riesgo emocional, más fuerte se sentirá el totazo en el momento en que nos eliminen.

Todas las relaciones, las amorosas, tienen un punto de no retorno, un umbral que una vez atravesado nos deja, sin reversa, expuestos al dolor y al derrumbe emocional. Uno suele saber cuando pasó esa raya o cuando está a salvo todavía, listo para correr en la dirección contraria y así hacerle el quite al dolor.

Es momento de aceptar que ese punto de no retorno lo pasamos hace rato, quizás muy exactamente en el partido del sábado anterior ante Uruguay, es momento también de admitir que La Selección Colombia nos tiene enamorados a todos y que de aquí para allá solo nos espera un corazón roto sin remedio o  un “y fueron felices para siempre”.

Si como dijo mi hermano “el mundo empieza a girar al contrario”, si ganamos este viernes (como de verdad espero que pase), luego la cosa será todavía más difícil de llevar o quien sabe, porque todo ha sido muy bello hasta ahora.  Y no pretendo decir que ya hicimos mucho porque este corazón, como no, quiere más, quiere cantar más goles, ver más bailes, este corazón no quiere dejar de sentirse así: porque la felicidad es el deseo de repetir, dijo Kundera alguna vez.

Me gusta, sobre todo, ver cómo todo esto ha empezado a cambiarnos un poco la cara, el ánimo; hasta en las casas más perdidas de veredas en La Calera, en donde jamás, durante tres años, he visto agitarse una bandera de Colombia, ahora las veo, como si nuestro corazón colombiano acostumbrado a puras porquerías dejara escapar una tímida sonrisa.

Esta tarde en el edificio grande que veo desde la ventana en que trabajo, colgaron dos banderas de Colombia enormes, las veo agitarse con la brisa de la tarde bogotana y ya son para mí un hermoso recuerdo del futuro y hasta me imagino cómo les contaré a otros que viví esto.

Pase lo que pase, venga lo que venga, hay que ponerse mañana la camiseta, alistar el corazón y la garganta, pa’ lo que sea. Es lo más bello que nos ha pasado en mucho tiempo.

Que la fortaleza se mantenga en Fortaleza y que el Castelão nos vea ganar, ante la mirada incrédula de los vaticinadores de tristezas.

Para conjurar agüeros

Cuando llegué al parqueadero del supermercado más o menos reconocí una cara familiar en el tipo que guardaba sus paquetes en la maleta del carro, así que lo saludé con un “quiaaaay… quémaaaas” y una sonrisita, esperando que no quisiera extenderse en una conversación, porque no recordaba muy bien de dónde lo conocía. Él me respondió el saludo con otra sonrisa y un gesto de la cabeza, y siguió en lo suyo mientras yo escudriñaba con insistencia en mi cabeza cuál era la conexión con este conocido. No tardé mucho en caer en cuenta de que había saludado, sintiéndome casi obligada, a Juan Pablo Ángel, un futbolista que nunca en su vida me había visto. Esa anécdota ilustra de forma cercana mi relación con el fútbol. Particularmente con los mundiales de fútbol. A diferencia de cualquier miembro de mi familia, por ejemplo, que cada cuatro años los recibe como al hijo adorado que regresa desde un lugar del mundo diferente cada vez, yo en cambio saludo por cortesía a ese viejo conocido que no me conoce.

Varios factores determinaron esa relación, pero me voy a ocupar de una en particular que me tiene hoy en una encrucijada. A partir de mi ignorancia absoluta sobre el funcionamiento del fútbol como deporte, y ante la imposibilidad de ocuparse de cualquier materia distinta durante las cuatro o cinco semanas que dura un mundial cada cuatro años, abocada sin remedio a ver fútbol, mi único criterio de selección para ver un partido fue siempre la presencia de uno o más guapos en juego. (Excepto, pues, en caso de ser la selección Colombia, que nunca ha tenido mucho para ofrecer en ese terreno, pero en estas circunstancias, valido esa forma de nacionalismo). Y paulatinamente empecé a notar que yo jamás podía celebrar una victoria después de haber visto un partido. Sin excepción, cada vez que le iba a un equipo, este irremediablemente perdía. Los más guapos solo ganaban cuando yo no los veía jugar. Así fue que con harto fundamento se me colgó el agüero de ser “bulto’esal”. Creo que la confirmación definitiva fue la eliminación de Italia en el mundial del 90. La selección italiana de ese año era como el equivalente de un desfile de Victoria’s Secret para chicas, y en especial Roberto Baggio, que encabeza mi listado personal de futbolistas guapos de todos los tiempos. Yo no me quería perder el show, pero por supuesto, los vi perder. Los últimos partidos que recuerdo haber visto en mi vida fueron los dos primeros que jugó Colombia en USA 94, y ya se sabe cómo nos fue.

Ahora, la encrucijada de hoy es que tengo la convicción de que la selección nacional ha podido ganar todos los partidos que ha jugado en Brasil 2014 solo porque yo no los he podido ver. La transmisión en Australia es a unas horas criminales, como las 3:00 a.m., por ejemplo, que no da ni para trasnochar, ni para madrugar. Pero ahora, en un gesto que ellos consideran de solidaridad, mi esposo y algunos amigos, han organizado una mañana colombiana para el próximo sábado a las ¡6:00 a.m.! Quieren que tengamos un desayuno colombiano (!?) mientras vemos el partido. Yo he tratado con insistencia de explicarles los fundamentos de la ciencia agorera y de las terribles consecuencias que puede acarrear este despropósito, pero ellos creen que es simple folclor. Incluso me proponen como solución que esté ahí, aunque no vea el partido –como si fuera posible–, pero ahora, además, estoy segura de que no es suficiente con que no lo vea; también es necesario que yo esté dormida para que ganen.

Como no le veo salida alguna a este compromiso, solo quise dejar constancia por escrito de las disculpas que de antemano tengo que ofrecer a la selección colombiana de fútbol si llego a interrumpir su espectacular ascenso. En lo profundo conservo la esperanza de que manifestando por anticipado mis reservas se logre conjurar ese sino, aunque a quién pretendo engañar; los que sabemos de agüeros entendemos que hace falta mucho más para lavar un bulto de sal.

El antes y el después

José Pekerman

“Después de la guerra, todos somos generales”, escribió Albert Camus en sus interesantes notas sobre fútbol, refiriéndose claramente a que después de un partido es muy fácil contarle a los parceros cómo quedó el partido o a quién expulsaron o quién se lesionó o qué sistema de juego fue superior al otro. La gracia es ser general antes de la guerra o, más bien, acertar decidiendo cómo hacer para que Colombia gane mañana, sin todavía saber cómo va a salir a jugar Brasil, con qué formación, con qué jugadores, si van a salir a desgastarte por las bandas o te van a marear tocándote la pelota en el medio.

También está implícito en la cita de Camus que después de la guerra todos podemos ser generales porque podemos jugar a ser el que dirigió el batallón, pero antes solo Pékerman puede ser el general, porque si las decisiones de dirección de una escuadra fueran colectivas no serían eficaces o algo así. Camus fue un hombre profundo, ciertamente. Entonces, como todos sabemos que en lo que los argentinos llaman “la previa” muchos están jugando a adivinar y solo uno, el general, el profe Pékerman, es quien está tomando la decisión de cómo alinear a sus hombres, se deberían tratar de ajustar a los parámetros mentales de ese profe. El juego es tratar de escrutar la mente del general. “¿Qué está pasando por tu mente, profe?”, es La Pregunta de la previa. Pero nosotros, los hinchas colombianos, debemos abandonar la pretensión que se esconde en La Pregunta y debemos dejarles esa tarea a los argentinos, que así como Camus, son expertos en telepatía, psicoquinesis y precognición y son los que tienen la obligación de responder qué está pasando por la mente de los profes a estas alturas de la previa.

Ellos, además, tienen la obvia empatía ventajosa de tener la misma nacionalidad del profe Pékerman. De hecho, están en un programa hablando de eso en este mismo momento. La sugerencia mía (que no compromete la opinión oficial de mundopelota.com) es que esperemos hasta mañana pensando con el deseo, como nos corresponde a nosotros, los fanáticos, que no somos generales o precogs. Que esperemos nerviosos y triunfalistas o nerviosos y derrotistas, lo mismo da, y que dejemos la corrección, la objetividad y la compostura. Que no durmamos esta noche pensando en qué irá a pasar mañana, si iremos a ganar o a perder, y que nos comamos las uñas y nos desconcentremos del trabajo y descuidemos nuestros deberes y miremos para arriba repensando qué irá a pasar mañana contra Brasil, con ilusión o con miedo, mordiendo el lápiz a destrozarlo, que repasemos mentalmente cómo vamos a celebrar nuestro paso a semifinales, porque vamos a ganar.

¿Cómo va el índice de Huertas? (2)

Cuatro más partidos que pasaron volando y que terminan la fase de octavos de final. Ocho equipos sobrevivieron. De los primeros cuatro partidos ya hablamos. Los siguientes cuatro dejan al índice maltrecho pero todavía en pie. El índice predecía: victoria de Francia sobre Nigeria (sí, angustiosa pero sí), victoria de Alemania sobre Argelia (de nuevo sí, aunque el modelo predecía una victoria contundente que en realidad nunca llegó), victoria de Argentina contra Suiza (otra vez sí, y otra vez casi que no) y, finalmente, una victoria de Estados Unidos sobre Bélgica (que no fue (esta me dolió), pero en el índice sí fue: 0,09 para Estados Unidos y 0,07 para Bélgica — uno de esos partidos atípicos en los que el vencedor es ofensivamente más “débil” (en este sentido preciso que evalúa el índice) que el derrotado). Así, sobre cuatro puntos yo le pondría un 3,7. Sumando el 2,6 de los primeros partidos el modelito sucio e improvisado logra un honroso 6,3 sobre 8. Seguro que le fue mejor que al pato Alberto. La guartinaja de Montelíbano, Córdoba, Colombia, sí nos superó con 7 de 8.

Un dato adicional (para preocuparnos): el equipo con el mejor índice de Huertas fue Colombia (0,3) seguido de Países Bajos (0,2).

Como dije en la anterior entrada, los índices de Huertas de estos partidos contribuyen información a la tabla con la que se calculan los coeficientes ofensivos y defensivos. Para los equipos sobrevivientes estos números son: Brasil (0,457-0,035), Colombia (0,943-0,015), Países Bajos (0,815, 0,046), Costa Rica (0,517-0,019), Francia (0,537-0,016), Alemania (0,618-0,025), Argentina (0,435-0,029) y Bélgica (0,336-0.048). Esto quiere decir que los índices de Huertas que el modelo predice para cuartos de final son:

Equipo A Equipo B Huertas A Huertas B Pronostico
(HA/HB)
Brasil Colombia 0,007 0,033 0,21
Países Bajos Costa Rica 0,015 0,023 0,65
Francia Alemania 0,013 0,009 1,38
Argentina Bélgica 0,021 0,009 2,13

En este caso el modelo no parece predecir ningún empate. El partido más parejo sería Francia – Alemania (con ventaja para Francia). Yo por mi parte me conformo con que la primera predicción se cumpla el viernes a las buenas o a las malas. El resto me valen güevo, pero (contradiciendo al modelo) sospecho que Países Bajos se lleva a Costa Rica sobrado.

Hablemos de lo que no sabemos

Decía que antes del partido de octavos teníamos esta duda sobre la idea de Colombia. Salía a buscarlo desde el principio o salía con precauciones. Yo interpreté el 4-4-2 como lo segundo, pero eso es porque yo no sé de fútbol. La consecuencia del 4-4-2 era que James iba a un extremo de la cancha y Cuadrado al otro. Según me dice internet, James jugaba en esa posición en el Porto pero no lo hace en su club actual, ni lo había hecho con Colombia hasta ahora, en donde ha ido como diez clásico en el medio del campo. La razón de la táctica, según entiendo, era sacar a James de la maraña que Pékerman intuía que le tenían preparado los uruguayos a su hombre clave. Entonces si uno vuelve a ver el partido ve a James haciendo estas diagonales hacia dentro y hacia afuera que resultaron increíblemente desconcertadoras para los uruguayos.

Ese segundo gol es una maravilla. No he podido conseguir algo de mejor calidad pero esta es una vista desde arriba de toda la jugada. El asunto arranca en Ospina en la parte de arriba. Luego la jugada se va al lado izquierdo con Cuadrado y Teo como instigadores. Si mira al lado derecho casi pegado a la línea está James, más atrás Armero. Todo el asunto parece irse por el lado izquierdo, la defensa uruguaya se la juega hacia allá, algo que parece lógico. Preste atención a la carrera de James primero llevándose a la defensa cuando la jugada parece cambiar de lado y luego Armero para recibir de Martínez y centrar. La defensa uruguaya se mueve de un lado a otro sin mucha idea de saber qué hacer. Tremendo gol.

Hablemos de James, pero hablemos de Pékerman.

Eso sí, cuesta entender a qué jugó Uruguay, además de a espesar el juego. El viernes con Brasil el asunto es otro. Será como jugar frente al espejo. ¿Cómo diablos juegas frente a un equipo que juega como tú? ¿cómo te derrotas a ti mismo? Tenemos tres días para jugar a ser técnicos y hablar de lo que no sabemos.

Chile y Brasil

Mi abuelo nació en 1919. En la práctica, pudo ver todos los mundiales de fútbol de la era moderna. Tenía treinta y uno para el Maracanazo, sesenta y tres para cuando Carlos Caszely pierde el penal contra Austria, setenta y dos para la inolvidable noche del 5 de junio de 1991 y setenta y nueve cuando Marcelo Salas jubiló al viejo estadio de Wembley con una zurda inmortal preparándose para el Mundial de Francia, cita a la que volvíamos después de dieciséis terribles y dolorosos años. Noventa y cinco cuando Charles Aránguiz metió el puntazo que mandó de vuelta a casa, en primera ronda, al todavía campeón del mundo.

En Chile son pocas las ocasiones cuando podemos de verdad celebrar. Tanto es así que durante mucho tiempo se ha acuñado el maldito concepto de ‘victoria moral’, que intenta encontrar una forma de celebración desde la derrota cuando ella es injusta, fortuita o derechamente solo respuesta a un destino que pocas veces nos tiene reservadas sonrisas deportivas. Victoria moral es perder por poco, hacernos expulsar un par de minutos antes de conseguir un empate salvador. Victoria moral es jugar bien, como nunca, para perder como siempre.

He buscado estadísticas que muestren a otra selección que en sus tres últimas participaciones en Copas del Mundo le haya tocado jugar contra Brasil en octavos de final. En 1998 implicó un 4-1 inapelable; en 2010 la selección de Bielsa tuvo que rendirse ante un 3-0 irresoluble firmado por Robinho, Luis Fabiano y el ignoto defensa central Juan. Y no es sólo eso. Incluso la multinacional Nike, tan asidua a registrar creativos spots para la tv para los mundiales, ha utilizado a Chile como chivo expiatorio para hacer lucir a los astros brasileños. En alguna parte del mundo, algún creativo publicitario espera con ansias otra vez que la verde amarilla se enfrente a ese país de rojo para poder grabar a ocho cámaras y en 4D las peripecias de los pentacampeones sobre la cancha. Pero desde ahora, no más.

El partido del sábado fue motivo de una tristeza amarga que a muchos nos ha impedido incluso comentar lo que pasó ese mediodía en Belo Horizonte. El resultado es sabido, Brasil está en cuartos de final de la copa que organizaron para ganarla. Pero la diferencia es que Chile tuvo rezando en la cancha a los mismos que graban spots, de rodillas esperando que dios -que, como se ve, a veces es brasileño- se manifieste en forma de penal, golpe en el palo, ceguera arbitral repentina o afortunado rebote en la rodilla. Minutos después, rogando al altísimo algo de favor desde los doce pasos. Los tuvimos de rodillas y durante 120 minutos rezando porque el tiempo pasara rápido, que la pesadilla se termine. Brasil ganó, pero hubo jugadores chilenos que no se equivocaron jamás y fueron figuras jugando con un desgarro de 8 milímetros (Gary Medel) o a tres semanas de ser operados del ligamento de la rodilla (Arturo Vidal). Brasil hoy prepara su partido de cuartos contra Colombia, pero yo jamás me olvidaré de Gary Medel, saliendo del área con balón dominado en el minuto 115 mostrando la pelota en tres cuartos de cancha haciendo evidente la miseria y pobreza del equipo local, que renunció a atacar a este equipo que, donde no tenía más talento que el rival, puso corazón.

En estos días, sobre todo en estos días, he pensado mucho en mi abuelo. Tuvo que escuchar el partido contra España en el hospital del pueblo a través de la radio, teniendo inmovilizado el sector izquierdo de su cuerpo después de un ataque cardiovascular ocurrido justo después de la inauguración del mundial, mientras escuchaba los himnos. Una de sus primeras preguntas estando en recuperación fue que cómo había salido Brasil, lo que llenó de esperanzas a los familiares pese a las contundentes conclusiones del equipo médico. Comenzó a tener sólo intervalos lúcidos a partir del jueves y fue cada vez más evidente su incapacidad para comunicarse. Mi abuelo murió finalmente en la madrugada del domingo, en una noche que recuerdo con imposibilidad de dormir, en parte porque mi corazón estaba pensando en él, en parte con pena, y en parte porque repasé una y otra vez el derechazo de Pinilla que estremeció el horizontal en el último minuto del tiempo suplementario y que nos daba pase a cuartos. Una parte de mi le gustaría pensar que cerró los ojos con una sonrisa, justo centésimas de segundos antes que Alexis le devolviera la pared al nueve. Que murió pensando que después de noventa y cinco años esta vez sí fue posible, que se acabó el tiempo del destino funesto, que se terminaron las victorias morales para siempre.

Ayer estuve un rato en la que era su pieza, llena de fotos de sus hijos y nietos. Cuando cerré la puerta vi que bajo la percha, donde guardaba su bata de levantar, tenía pegado un afiche de la Selección, de esos que regalan en los diarios.

Patrón

Mario Albeiro

Quería ser delantero, quería hacer goles, soy un 9, decía. Pero terminó de 3, evitando los goles de los otros, organizando la defensa, barriéndose con dos piernas como un kamikaze de precisión milimétrica, preparando las salidas, anticipando, imponiéndose en los aires, con el brazalete de capitán en el brazo.

En 1975, Jorge Ben le cantaba, con un cariño memorable, al que nadie le canta: Mas para ser um bom zagueiroNão pode ser muito sentimentalTem que ser sutil e eleganteTer sangue frioAcreditar em siE ser leal. 

La seguridad que nos da Yepes permite que los muchachos que están de la mitad de cancha para arriba hagan su trabajo, hagan lo que saben hacer, se diviertan.

Treinta y nueve años después (uno más que Yepes), sigue cantando Jorge Ben, pidiéndole al defensa central que limpie el área, primero, y que, salga jugando después.

Este tema para Don Mario Alberto Yepes, patrón de la zaga, nuestro Zagueiro. Con sentimiento.

 

 

¿Cómo va el índice de Huertas?

Cuatro del ocho partidos de octavos de final han sido jugados y el modelo predictivo basado en el índice de Huertas ha tenido un desempeño desigual: predecía (es un decir) empate de Brasil y Chile (bien), victoria de Colombia sobre Uruguay (bien), victoria de México sobre Holanda (casi pero no) y victoria de Costa Rica sobre Grecia (empataron y finalmente Costa Rica ganó en serie de penales). Podría decirse que logró algo así como 2.6 sobre 4. Yo lo rajaría.

Algunos detalles:

  • Aunque Brazil y Chile empataron a un gol, el índice de Huertas favoreció a Chile: 0.133 – 0.068. La superioridad de Chile fue evidente durante buena parte del juego pero al borde de la derrota los locales lograron empatar e imponerse en una serie de penales deprimente.
  • El partido de México y Holanda concluyó con un 2-1 por un gol por penalti a ultimísimo minuto (falta discutible a Robben en el área) y sólo hasta el minuto 90 fue empatado por Holanda. Hasta entonces el partido lo ganaba México por un gol. En índice de Huertas el resultado fue 0.235 para Holanda y 0.133 para México. Por experimentar calculé también el que sería el índice si a Holanda no le dan ese penal: 0.111. Eso le hubiera dado a México una pequeñísima ventaja sobre Holanda en el indicador. Dado este detalle, de pronto podríamos despachar este resultado como ruido (si se tratara de defender el índice).
  • Finalmente, pese a que Grecia y Costa Rica empataron a un gol (de nuevo, como en el partido del medio día, el empate llegó en el minuto noventa) el índice de Huertas favorecía ostensiblemente a Costa Rica 0.25 contra 0.064 de los griegos. El resultado de los penaltis, podría decirse, fue justo. De todas maneras siento que esta es la predicción más descachada del índice hasta ahora, pues el cálculo del viernes le daba una ventaja inmensa a Costa Rica. El partido fue lamentable.

Estos nuevos números se pueden añadir a la matriz de resultados para recalcular coeficientes ofensivos y defensivos para todos los equipo contando con más información. Cuando terminen los siguientes cuatro partidos publicaré, por jugar, pronósticos para los cuartos de final. Por lo pronto adelanto que pese al empate Costa Rica parecería tener una ligera ventaja sobre Holanda, pero si juegan como jugaron hoy contra los griegos dudo mucho que el índice de Huertas los ampare. Ese fútbol flojo no lo aprueba Dios.

Chilenos llorando

El equipo maravilla

Lo que más me gusta de ese primer gol colombiano es que James y la pelota se mueven en sincronía, primero se encuentran en el pecho de él y luego se mudan a la izquierda, se mueven los dos, contentos, como dos novios, diría Guardiola. Es un enorme recurso técnico de James, por supuesto, pero la pelota lo entiende, cómplice, como queriendo decir sé lo que tienes en mente y no para de gustarme.

Qué cosa maravillosa este partido y este equipo y este momento.

Lo comentábamos acá que había una incógnita colombiana en estos octavos. Lo sale a ganar o sale preocupado por el contragolpe de un rival más curtido en estos niveles. Que si esa vuelta colombiana al 4-4-2 era un poco tener la cabeza en lo que hace Uruguay, y menos en el talento propio. Pero qué absurda se ve ahora esa duda. Impecable Colombia, incuestionable, feliz, haciendo de un segundo gol una declaración de intenciones, una pequeña sonata para esa pueril garra charrúa.

Cómo no te voy a querer Pekerman si nos tienes en cuartos de final, invictos, felices, orgullosos. Orgullosos. Orgullosos de este man James, ¿sabe lo que dijo James en rueda de prensa, así todavía en el uniforme y en chancletas? que jugar un mundial era lo que soñaba desde niño. Desde niño. 22 años tiene James y se está jugando uno para la historia. Orgullosos de Zuñiga y Cuadrado que como se dice esto qué forma de inclinar el campo hacia lo que te venga en gana. Y mejor paro. Mejor paro y me emociono con esta emoción que no me dejará dormir. Mejor así, mejor estar despiertos para este grito de gol.

Y estas ganas de ganar, estas ganas de ganar no se me quitan.

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Así que esto es ganar

James Rodríguez ad infinitum

Y ahora qué se hace con esto. Ahora que sabemos lo que se siente ganar y se empiezan a acumular partidos en la etapa seria de este torneo al que esta vez entramos con timidez excepcional, cómo se supone que debemos procesar lo que está pasando.

De pronto ya llegamos al punto en el que necesitamos dejar de excusarnos en la suerte y pasar a reconocer que este equipo funciona genuinamente y se comporta a la altura de sus gigantescos jugadores. Es todo lo que pensábamos/soñábamos que eran los equipos fallidos de los noventa y más. Tienen el tipo de genialidades que reverenciábamos (Cuadrado, por ejemplo, es un estratega finísimo) pero también tiene una fuerza ofensiva salvaje, que nos pasma todavía como si fuera imposible de aceptar proviniendo de un muchacho nacido en Cúcuta y criado en Ibagué, y la disciplina que se suponía incompatible con nuestro estilo sabrosón y tropical.

El chiste de que somos favoritos para ganar (o al menos llegar lejos) empieza a transformarse en un augurio serio que asusta e intimida. El siguiente rival es un monstruo de verdad.

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Por el poder del índice de Huertas

Álvaro Huertas

En la antesala de la siguiente ronda de partidos (serán ocho) aprovechemos para seguir dando vueltas alrededor del índice de Huertas (el señor sonriente aquí a la derecha que no se ha visto ni un partido de este mundial).

Advertencia: esta entrada es estrictamente for the lulz y le va la madre al que la tome en serio y empiece a decir imbecilidades obvias sobre las debilidades evidentes del modelo predictivo que vamos a proponer (las sabemos, pero nos parece divertido jugar con los números — no hay pecado alguno en eso; aquí no creemos en la sal).

Arranquemos con la tabla de partido a partido con el índice de Huertas relativo para los equipos correspondientes (o sea calculado usando los tiros y goles del partido para cada equipo).

Noten que en la mayoría de los partidos el radio entre el número de goles y el radio de los índices de Huertas son similares: cuando el índice de Huertas de A es mayor que el índice de Huertas de B, A le gana a B. Hay dos tipos de excepciones: en rojo marco los partidos donde el equipo victorioso tuvo menor índice de Huertas que el derrotado. Estos fueron partidos apretados donde hasta el último minuto no era del todo claro quién ganaría. En amarillo marco los partidos empatados a más de cero goles donde la diferencia de índice de Huertas es notoria en alguna dirección: o sea partidos en los que la aparente ventaja en fuerza ofensiva por alguna razón no alcanzó a imponerse lo suficiente como para superar el empate (el ejemplo más memorable, a mi parecer, es el 2 – 2 de Estados Unidos – Portugal). Espero que no se me haya volado ninguna otra rareza.

Equipo A Equipo B Goles A Goles B Huertas A Huertas B
Brazil Croatia 3 1 0.3000 0.1429
Mexico Cameroon 1 0 0.1538 0.0000
Netherlands Spain 5 1 0.4167 0.1429
Chile Australia 3 1 0.4000 0.1176
Colombia Greece 3 0 0.3158 0.0000
Costa Rica Uruguay 3 1 0.3529 0.1667
Italy England 2 1 0.2353 0.0870
Ivory Coast Japan 2 1 0.1538 0.2222
Switzerland Ecuador 2 1 0.1739 0.1429
France Honduras 3 0 0.2400 0.0000
Argentina Bosnia-Herzegovina 2 1 0.2857 0.0909
Germany Portugal 4 0 0.4211 0.0000
Iran Nigeria 0 0 0.0000 0.0000
USA Ghana 2 1 0.3333 0.0833
Belgium Algeria 2 1 0.1600 0.5000
Russia South Korea 1 1 0.0870 0.1333
Mexico Brazil 0 0 0.0000 0.0000
Netherlands Australia 3 2 0.2609 0.2857
Chile Spain 2 0 0.3333 0.0000
Croatia Cameroon 4 0 0.2963 0.0000
Colombia Ivory Coast 2 1 0.2353 0.1250
Uruguay England 2 1 0.4000 0.1111
Greece Japan 0 0 0.0000 0.0000
Costa Rica Italy 1 0 0.1250 0.0000
France Switzerland 5 2 0.2941 0.1905
Ecuador Honduras 2 1 0.2857 0.0909
Argentina Iran 1 0 0.0800 0.0000
Germany Ghana 2 2 0.2500 0.1600
Nigeria Bosnia-Herzegovina 1 0 0.0690 0.0000
Belgium Russia 1 0 0.1429 0.0000
Algeria South Korea 4 2 0.4000 0.3333
USA Portugal 2 2 0.2000 0.1429
Netherlands Chile 2 0 0.2353 0.0000
Spain Australia 3 0 0.4286 0.0000
Brazil Cameroon 4 1 0.2759 0.1538
Mexico Croatia 3 1 0.4000 0.1538
Uruguay Italy 1 0 0.1053 0.0000
Costa Rica England 0 0 0.0000 0.0000
Colombia Japan 4 1 0.4706 0.0645
Greece Ivory Coast 2 1 0.2222 0.1176
Argentina Nigeria 3 2 0.1935 0.2667
Bosnia-Herzegovina Iran 3 1 0.3529 0.2222
Switzerland Honduras 3 0 0.2308 0.0000
Ecuador France 0 0 0.0000 0.0000
Germany USA 1 0 0.1053 0.0000
Portugal Ghana 2 1 0.1600 0.0952
Belgium South Korea 1 0 0.1000 0.0000
Algeria Russia 1 1 0.1429 0.1538

Aquí viene la magia: existe un procedimiento en álgebra lineal (Huertas en persona lo sugirió) que permite, dada una configuración como esta, obtener para cada país dos números positivos, llamémoslos Coeficiente Ofensivo (CO) y Coeficiente Defensivo (CD) tal que los índices de Huertas del partido del equipo A y el equipo B son aproximadamente (y hay que enfatizar que en este caso es entendiendo el aproximadamente de una forma bastante laxa) CO(A) x CD(B) (Huertas de A) y CO(B) x CD(A) (Huertas de B).

El CO de un equipo mide su capacidad ofensiva, digamos, base (entre más alta mejor) y el CD de un equipo es un número que mide cómo es afectada la CO de un oponente cuando se enfrenta al equipo en cuestión (0 sería el que aniquila la capacidad ofensiva del oponente siempre).

A continuación la tabla de CO y CD para cada país de acuerdo a los cuarenta y ocho partidos de la primera fase:

Equipo CO CD
Brazil 0.4398 0.0254
Croatia 0.4529 0.0598
Mexico 0.4230 0.0131
Cameroon 0.1175 0.0620
Netherlands 0.6971 0.0366
Spain 0.4364 0.0641
Chile 0.5600 0.0302
Australia 0.3080 0.0931
Colombia 0.7802 0.0162
Greece 0.1697 0.0370
Ivory Coast 0.3028 0.0581
Japan 0.2190 0.0534
Costa Rica 0.3650 0.0142
Uruguay 0.5131 0.0397
Italy 0.1797 0.0271
England 0.1513 0.0543
Switzerland 0.4545 0.0373
Ecuador 0.3273 0.0226
France 0.4079 0.0163
Honduras 0.0694 0.0647
Argentina 0.4271 0.0306
Bosnia-Herzegovina 0.3390 0.0493
Iran 0.1697 0.0370
Nigeria 0.2563 0.0165
Germany 0.5929 0.0137
Portugal 0.2313 0.0612
USA 0.4073 0.0283
Ghana 0.2586 0.0635
Belgium 0.3077 0.0427
Algeria 0.7964 0.0553
Russia 0.1839 0.0358
South Korea 0.3564 0.0502

Observación breve: el equipo con el mayor CO es Algeria (seguido de Colombia) y el equipo con el menor CD es México (seguido de Costa Rica).

Ahora empieza la especulación absurda: como notamos en la primera tabla, dado un partido entre A y B, los índices de Huertas de A y B para ese partido parecen ser un buen indicador del resultado. Pero ahora los CD y CO de cada equipo nos permiten predecir índices de Huertas de A y B para equipos que no se han enfrentado: basta multiplicar los correspondientes coeficientes de forma cruzada, como explicaba más arriba.

Por supuesto, todo esto es ridículo porque en realidad contamos con apenas tres partidos para cada equipo (o sea nada), pero imaginémonos por un momento que los CD y CO que obtuvimos son medidas más o menos serias. Si esto fuera así, entonces lo siguiente que deberíamos hacer es calcular los índices de Huertas de los partidos programados para la fase que viene:

Equipo A Equipo B Huertas A Huertas B Pronostico
(HA/HB)
Brazil Chile 0.0133 0.0142 0.9341
Colombia Uruguay 0.0309 0.0083 3.7231
France Nigeria 0.0067 0.0042 1.6170
Germany Algeria 0.0328 0.0109 3.0111
Netherlands Mexico 0.0092 0.0155 0.5916
Costa Rica Greece 0.0135 0.0024 5.5932
Argentina Switzerland 0.0160 0.0139 1.1483
Belgium USA 0.0087 0.0174 0.5007

Quien llegue hasta acá merece un premio: además de calcular los pronósticos del índice de Huertas para cada partido, añadí una columna llamada Pronóstico con la razón entre el Huertas del primer equipo y el Huertas del segundo. Si le creemos a lo que sugiere la primera tabla, una razón muy cerca de 1 diagnosticaría un empate (ese sería nuestro pronóstico incauto para Chile – Brasil); una razón menor a 1 diría que el segundo equipo gana y una razón sobre 1 querría decir que el primer equipo gana. Hagan ustedes sus estimaciones. La magnitud de la razón indicaría algo así como la contundencia de la victoria, pero creo que ya estamos sobrepasando los niveles de abuso cuantitativo tolerables incluso para un blog de aficionados ignorantes como este.

Lo mejor, en cualquier caso, es no confiar en ningún modelo predictivo (todos son horriblemente imprecisos sobre todo en lo que respecta a mundiales — este corresponsal no apostaría ni un peso por ninguna de esas dizque predicciones) y más bien disfrutar del fútbol, que siempre es más edificante que cualquier tabla de números, especialmente en lo que va de este torneo.

Que mañana ganen los mejores, o sea Colombia y Chile.

El demonio de Uruguay

Es un viejo decir, un lugar común, que el fútbol es un juego de caballeros jugado por rufianes. Es un decir muy viejo para estos tiempos.

En lo que va de su carrera de futbolista profesional, Luis Suárez, héroe nacional en Uruguay, demonio en todas las otras partes, agredió a tres rivales via, bueno, mordisco. El primer incidente fue en Holanda y por ello su club de entonces, Ajax, lo sancionó con dos partidos y una multa. El segundo incidente fue en Inglaterra, por el que fue sancionado con diez partidos sin jugar y una multa. El tercer incidente, por supuesto, acaba de ocurrir y la FIFA lo castiga con nueve juegos sin poder jugar con su selección y cuatro meses sin poder contacto alguno con el fútbol, ni visitar estadios, ni jugar.

Lo ominoso en los tres casos es la arbitrariedad de la agresión. Un momento todo anda normal, y de repente Suárez agrede. No hay agresión mutua, no hay altercado previo, si acaso alguna discusión, pero la cosa no se ve venir. Las víctimas reaccionan acorde, con más sorpresa que dolor. Ciertamente peores cosas se han visto en un campo de fútbol, con consecuencias más serias, con algún jugador gravemente lesionado, y que se descartan como gajes del oficio, cosas del juego, es que es un juego de contacto ¿recuerda?, esto es para hombres ¿no le decíamos?.

El castigo es ejemplar, por supuesto. Y la FIFA entiende que el comportamiento antideportivo hay que sancionarlo por el bien del juego, por el ejemplo a los que apenas empiezan, por el ejemplo para los que lo ven. O quién sabe. Tal vez hay un tono de persecución en este asunto, algo falso en las explicaciones hechas desde ese tercer piso moral de las autoridades, que parece un castigo por lo que pudo ser, por lo amplio que se pone el panorama cuando alguien pierde el control.

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Messi o No

Andrés Neuman, el escritor, habla de lo que Messi no es, en dos partes muy buenas.

No me engaño con la fábula pueril de que Messi es tan humilde que desprecia el poder […] Pienso más bien que a Messi le interesa un tipo específico de poder: el de jugar como le da la gana sin que nadie le pida explicaciones. Desde su estatus de estrella, no parece esperar tanto que los demás hagan lo que él dice, como que los demás le permitan hacer lo que a él le da la gana.

(…)

Al terminar [Argentina – Irán], Romero lo resumió con esa tensa capacidad observadora de los arqueros. «El enano frotó la lámpara», dijo. Así se lo espera a Messi: como una providencia casi externa al equipo. Más como un fugaz milagro que como una actitud contagiosa. ¿Por qué en el Mundial anterior, pese a llegar en mejor forma, Messi no fue tan decisivo como en este? Quizá porque su entrenador se empeñó en hacerle de espejo.

No creo que me falle la memoria en esto, que la cosa hace cuatro años no fue muy diferente. El entrenador en cuestión era, como no, Diego Maradona, el eterno diez, D10S. Decir que Maradona tenía un plan para el equipo sería darle demasiado crédito. Lo que había era, como ahora, un equipo construido para Messi, a su gusto, a su comodidad. Cambian los nombres, claro. No cambia mucho la desazón del resultado. Messi juega como quiere pero no logra lo que queremos. Frota la lámpara pero la magia se parece más a la suerte que a la autoridad. Qué habla más de nosotros, este anhelo insaciable por un héroe o lo mal que andamos porque nos tocó el último héroe hedonista.

La imagen la tenemos en la cabeza. Messi toma el balón, lo ata al botín y arranca a correr, en el camino atrayendo defensas crédulos confiados que lo que aquí falta es el rechazo estándar, la traba de siempre, pasa el balón o el jugador pero no ambos. Lo de siempre. Pero lo de siempre no funciona nunca, así todos decidan tratar, y en esta acumulación de defensas estamos todos hasta que Messi se inventa algún pase a encontrar a algún compañero, ya en lo que vamos, libre y preparado mentalmente para marcar. O a veces patea el mismo, como por no dejar. Esas carreras, dónde están esas carreras.

Menos mal que esto es un blog indie fácilmente olvidable. Me arriesgo a decir que este no es el mundial de Messi. No parece serlo. Como no lo fue el anterior. Y ya no quedan muchos. Messi nos sigue debiendo a Messi y ya no sabemos de qué manera cobrarle.